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MORELIA, Michoacán., 2 de noviembre de 2026.- Para los antiguos mexicas, la muerte no significaba el final de la existencia, sino el comienzo de un viaje hacia otro mundo. Según su cosmovisión, las personas que fallecían por causas naturales debían emprender un largo recorrido hacia el Mictlán, el inframundo gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, considerados los señores de los muertos.
De acuerdo con información del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), este recorrido duraba cuatro años y comprendía nueve niveles que las almas debían atravesar para alcanzar su destino final. La travesía incluía obstáculos como ríos, montañas que chocaban entre sí, terrenos cubiertos de obsidiana, temperaturas extremas y fuertes corrientes de viento.
Según una de las versiones más conocidas de esta tradición, el inframundo estaba compuesto por nueve etapas, cada una con dificultades que las almas debían superar antes de llegar a la morada de los muertos.
El primer obstáculo era un río que separaba el mundo de los vivos del camino hacia el inframundo. Para atravesarlo, los difuntos contaban con la ayuda de un xoloitzcuintle, perro originario de México que, según la tradición, los transportaba sobre su lomo hasta la otra orilla.
Este animal tenía un papel especial en las creencias funerarias, pues era considerado un acompañante de las almas durante su recorrido. Su importancia también se refleja en las representaciones de perros encontradas en contextos funerarios de distintas culturas mesoamericanas.
En el segundo nivel, las almas se encontraban con dos enormes montañas que se movían y chocaban constantemente entre sí. Para continuar su camino, debían encontrar el momento adecuado para atravesarlas sin quedar atrapadas entre ellas.
Las montañas tenían un significado importante en la cosmovisión mesoamericana, pues eran consideradas espacios sagrados relacionados con el agua, la fertilidad y el origen de la vida.
El tercer nivel era una montaña cubierta de filos de obsidiana, una piedra volcánica de gran importancia para los antiguos pueblos mesoamericanos, utilizada para fabricar herramientas, cuchillos y armas.
Las almas debían atravesar este terreno lleno de superficies cortantes, que representaban otro peligro durante su camino hacia el inframundo.
En este nivel, los difuntos enfrentaban temperaturas muy bajas y un ambiente helado que dificultaba su avance. El frío representaba una prueba más dentro del recorrido y obligaba a las almas a continuar a pesar de las condiciones adversas.
El quinto nivel estaba dominado por fuertes corrientes de aire que transportaban filos de obsidiana. Estos vientos golpeaban a las almas y podían herirlas mientras intentaban continuar su camino.
La obsidiana, además de su utilidad cotidiana, tenía un importante significado simbólico y ritual para los pueblos mesoamericanos, por lo que aparece relacionada con distintos elementos de sus representaciones del inframundo.
En el sexto nivel aparecía un jaguar que, según esta versión del relato, devoraba el corazón de los difuntos. Este animal ocupaba un lugar especial en la cosmovisión mesoamericana, donde estaba relacionado con la fuerza, la oscuridad y el mundo nocturno.
Su presencia en el recorrido representaba uno de los encuentros más peligrosos para las almas.
Las almas llegaban después a un lago de aguas negras donde habitaba una criatura llamada Xochitónal, descrita como una especie de lagartija. Su presencia representaba otro impedimento para quienes buscaban avanzar hacia el destino final.
En el octavo nivel, los difuntos encontraban un río que debían atravesar antes de llegar a su destino. Era una de las últimas pruebas de un recorrido que, de acuerdo con la tradición, se extendía durante cuatro años.
Después de superar los obstáculos, las almas finalmente llegaban al Mictlán, el lugar gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. En esta región concluía el largo viaje de quienes habían fallecido por causas naturales, de acuerdo con las creencias mexicas.
El recorrido hacia el Mictlán no era únicamente una creencia relacionada con el destino de las almas, también tenía una expresión en las prácticas funerarias de los antiguos pueblos nahuas.
Cuando una persona fallecía, sus familiares realizaban ceremonias y preparaban los elementos que acompañarían al difunto. Entre ellos podían encontrarse alimentos, agua, objetos personales y figuras de perros, considerados importantes para ayudarlo durante su travesía.
Estas prácticas muestran que la muerte también involucraba a quienes permanecían en el mundo de los vivos, pues los familiares tenían la responsabilidad de despedir y acompañar simbólicamente a sus seres queridos.
Aunque en ocasiones se compara con el infierno de la tradición cristiana, el Mictlán tenía un significado diferente. Para los antiguos mexicas no era simplemente un lugar de castigo al que llegaban las personas que habían tenido un mal comportamiento, sino una región del universo relacionada con la muerte y el destino de determinadas almas.
Esta diferencia es importante para comprender su cosmovisión, en la que la muerte formaba parte de un ciclo relacionado con la naturaleza, la transformación y la existencia.
Las creencias sobre el Mictlán constituyen una de las representaciones más interesantes de la cultura mexica y permiten conocer cómo los antiguos habitantes de México explicaban el destino de las personas después de morir.




