Más equipo para el alto rendimiento
SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 12 de junio de 2026.- San Luis Potosí despertó con una sensación extraña, difícil de explicar para quien no ha vivido un Mundial con la Selección Mexicana como protagonista. La ciudad abrió los ojos como cualquier otro jueves: los despertadores sonaron temprano, las cafeteras comenzaron a hervir, las madres prepararon desayunos apresurados y miles de personas se alistaron para salir a cumplir con sus responsabilidades. Sin embargo, detrás de esa aparente normalidad, existía una emoción contenida que se reflejaba en pequeños detalles.
Los niños no tuvieron clases y muchos aprovecharon para permanecer en casa esperando la hora del partido. Los adultos, en cambio, no tuvieron opción ya que había que trabajar, abrir negocios, atender oficinas o presentarse a las fábricas.
Algunos escondieron debajo del uniforme la camiseta verde de la Selección Mexicana, esperando el momento exacto para quitárselo y sumarse a la fiesta, pero otros decidieron no ocultar nada y acudieron orgullosos con la playera bien puesta, convencidos de que un Mundial no se vive todos los días y mucho menos uno que arrancaba con México jugando en casa.

A las ocho de la mañana, la Alameda Juan Sarabia mostraba una imagen distinta a la habitual. El movimiento existía, pero parecía reducido. Había personas caminando con paso apresurado hacia sus centros de trabajo y comerciantes preparando el inicio de la jornada, aunque el tráfico no era el mismo de otros días. Las interminables filas de automóviles parecían haberse tomado un respiro.
Tal vez muchos decidieron pedir permiso. Tal vez reorganizaron horarios. Quizá simplemente optaron por quedarse en casa para ver el partido. Lo cierto es que el ritmo acelerado de la ciudad había disminuido ligeramente, como si San Luis Potosí entero estuviera guardando energía para lo que ocurriría horas más tarde.

Los aficionados que sí podían identificarse a simple vista destacaban entre la rutina. Un niño cargaba una pequeña bandera mexicana mientras caminaba de la mano de su madre. Un adulto mayor lucía una gorra desgastada con el escudo nacional bordado al frente. Un joven llevaba en la espalda el nombre de Julián Quiñones. Otro presumía el número de Raúl Jiménez. No eran multitudes ni escenas exageradas; eran señales discretas de que el país entero estaba conectado por una misma expectativa.
Porque si algo ha enseñado la historia de la Selección Mexicana es a ilusionarse con cautela.
El aficionado mexicano ha aprendido a convivir con la esperanza y la decepción. Ha celebrado goles inolvidables y sufrido derrotas dolorosas. Ha repetido el famoso "ahora sí" aun cuando la realidad termine golpeando. Y precisamente por eso el ambiente previo no era solamente festivo. También estaba cargado de nerviosismo porque México nunca había ganado un partido inaugural de Copa del Mundo.
La expectativa comenzó a trasladarse hacia el Estadio Libertad Financiera, antes conocido como Alfonso Lastras, conforme avanzaba la mañana, los alrededores del inmueble comenzaron a poblarse de familias enteras que llegaban con la intención de vivir juntas el debut del Tricolor.
Padres de familia sostenían matracas bajo el brazo mientras trataban de mantener unidos a sus hijos entre la multitud. Madres acomodaban gorras y aplicaban protector solar antes de entrar. Los niños, ajenos a la carga histórica del encuentro, corrían emocionados haciendo sonar pequeñas trompetas de plástico. Los abuelos caminaban con una sonrisa serena, como quien sabe que el futbol tiene la capacidad de devolverlos a su propia juventud.
Los vendedores aprovecharon el momento, ya que a las afueras del estadio aparecieron puestos improvisados repletos de banderas, sombreros gigantes, pelucas verdes, trompetas, pulseras, peluches vestidos con el uniforme nacional y espuma para celebrar. Algunos ofrecían playeras con los nombres de Hugo Sánchez, Rafael Márquez o Javier Hernández; otros ya vendían las de las nuevas figuras mexicanas.
Cada objeto representaba una oportunidad para sentirse un poco más cerca de la Selección.
El calor comenzó a hacerse presente desde temprano, los intensos rayos del sol caían sobre el concreto y obligaban a buscar cualquier sombra disponible, pero ni siquiera las altas temperaturas lograron desanimar a quienes habían decidido asistir. Habían esperado demasiado para renunciar ahora. En las filas de acceso se repetían las mismas conversaciones.
"¿Cómo crees que queden?"
"Dos a uno."
"No, tres a cero."
"Con que ganen."
"Ya nos toca una alegría."
Porque más allá del resultado, lo que estaba en juego era una vieja deuda con la historia.
México había disputado partidos inaugurales en Uruguay 1930, Brasil 1950, Suiza 1954, Suecia 1958, Chile 1962, México 1970 y Sudáfrica 2010. Cinco derrotas y dos empates acompañaban ese expediente. Nunca una victoria. Nunca la posibilidad de comenzar una Copa del Mundo con los tres puntos en el bolsillo.
Dentro del Estadio Libertad Financiera la atmósfera terminó de transformarse, las gradas lucían teñidas de verde, blanco y rojo. La pantalla gigante dominaba el escenario mientras los mariachis amenizaban la espera.
Familias completas aprovechaban para tomarse fotografías que, probablemente, terminarían enmarcadas o convertidas en recuerdos compartidos durante años. Algunos realizaban videollamadas con familiares que se encontraban en otros estados o incluso fuera del país. Otros simplemente observaban el entorno tratando de guardar cada detalle en la memoria.
A las 12:00 horas, el gobernador Ricardo Gallardo Cardona encabezó la inauguración oficial de la transmisión del encuentro. Un verdadero espectáculo estaba en las tribunas improvisadas por miles de potosinos que entendían perfectamente que aquel partido significaba mucho más que un simple debut mundialista. Era la oportunidad de volver a creer.
El momento más solemne llegó cuando comenzaron a sonar las primeras notas del Himno Nacional Mexicano. Miles de personas se pusieron de pie. Algunos colocaron la mano sobre el pecho. Otros abrazaron a sus hijos. Varios cerraron los ojos mientras cantaban con fuerza. Por unos instantes desaparecieron las diferencias sociales, políticas o generacionales. Todos compartían el mismo orgullo. Todos estaban ahí por México.
El balón comenzó a rodar y los nervios reaparecieron de inmediato, cada recuperación del Tricolor era celebrada con aplausos.
Cada aproximación de Sudáfrica provocaba suspiros y silencios incómodos, incluso los minutos avanzaban lentamente hasta que, apenas al minuto ocho, ocurrió lo inesperado. Julián Quiñones encontró el espacio y definió para abrir el marcador.
El Estadio Libertad Financiera explotó.
El grito de gol retumbó con una fuerza imposible de describir. Desconocidos se abrazaron sin importar quiénes eran ni de dónde venían. Los niños brincaron sobre sus asientos. Las matracas sonaron al mismo tiempo. Algunos aficionados derramaron la bebida que sostenían entre las manos. Más de uno dejó escapar lágrimas que llevaba años conteniendo. No porque el partido estuviera resuelto, sino porque por primera vez parecía posible escribir una historia distinta.
Los cánticos comenzaron a bajar desde las tribunas.
"¡México, México!"
"¡Sí se puede!"
La esperanza derrotaba al miedo.
Sudáfrica intentó reaccionar. Los Bafana Bafana buscaron el empate, pero México mantuvo el control del encuentro. El equipo africano comenzó a desesperarse y terminó condicionado por las expulsiones de Sithole y Zwane, que dejaron a su selección con nueve futbolistas sobre el terreno de juego. Sin embargo, ni siquiera la ventaja numérica permitía relajarse. El aficionado mexicano conoce demasiado bien el sufrimiento. Sabe que la tranquilidad sólo llega cuando el árbitro señala el final.
Cada despeje era celebrado. Cada recuperación se aplaudía como si fuera un gol. El reloj parecía avanzar más lento de lo normal.
Hasta que apareció Raúl Jiménez.
Corría el minuto 66 cuando el delantero mexicano marcó el segundo tanto de la tarde.
Ahora sí. La explosión fue todavía mayor.
Padres levantaron a sus hijos sobre los hombros para que pudieran ver mejor. Mujeres se abrazaron llorando. Jóvenes saltaron hasta quedarse sin aliento. Los adultos mayores levantaron los brazos al cielo como si agradecieran haber vivido lo suficiente para presenciar ese instante.
Ni siquiera la expulsión del capitán César Montes en los minutos finales logró alterar el ánimo de una afición que comenzaba a entender la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
El silbatazo final confirmó lo impensable.
México 2.
Sudáfrica 0.
Por primera vez en la historia, la Selección Mexicana ganó un partido inaugural de Copa del Mundo.
El dato adquirió una dimensión especial entre quienes conocían el pasado. Tuvieron que transcurrir años, ocho intentos y generaciones enteras de aficionados para romper una maldición que parecía eterna.
La fiesta abandonó el estadio y salió a conquistar la ciudad.
Los automóviles comenzaron a circular haciendo sonar el claxon sin descanso, las banderas aparecieron por las ventanillas, familias enteras recorrieron las calles todavía con la camiseta puesta.
La avenida Carranza se llenó de vehículos avanzando lentamente mientras sus ocupantes gritaban y celebraban.
La Glorieta González Bocanegra terminó convertida en el gran punto de reunión. También las inmediaciones del Parque de Morales recibieron a decenas de aficionados que decidieron prolongar el festejo.
El tránsito tuvo que detenerse ante la presencia de personas caminando por la zona, ondeando banderas y cantando al unísono.
"Cielito lindo" comenzó a escucharse entre la multitud.
Después llegaron los gritos de "México, México".
La espuma voló por los aires.
Los niños corrían entre los adultos.
Los jóvenes se subían a los camellones para liderar los cánticos.
Los abuelos observaban sonriendo, quizá recordando todos aquellos mundiales en los que la ilusión terminó demasiado pronto.
Pero esta vez era diferente.
Porque esa tarde San Luis Potosí no celebraba únicamente un marcador. Celebraba haber visto caer una vieja maldición. Celebraba los abrazos entre desconocidos que durante noventa minutos se convirtieron en familia. Celebraba la oportunidad de construir un recuerdo nuevo, uno que los niños de hoy podrán contar dentro de varias décadas cuando alguien les pregunte dónde estaban el día en que México ganó por primera vez un partido inaugural de Copa del Mundo.
Y entonces responderán que estaban en San Luis Potosí, acompañados de sus padres, de sus hijos o de sus amigos; que vieron a Julián Quiñones abrir el camino y a Raúl Jiménez confirmar la victoria; que cantaron el Himno Nacional hasta quedarse sin voz y que terminaron la tarde gritando "Cielito lindo" entre espuma, banderas y cláxones.
Porque el futbol siempre será un juego.
Pero hay días en los que consigue detener el tiempo, reconciliar generaciones enteras y recordarle a un país que todavía vale la pena ilusionarse.
Y este jueves fue uno de esos días.