Niega Scaloni conocer sanciones por pancarta de las Malvinas
MORELIA, Mich., 20 de julio de 2026.- La resaca mundialista llegó puntual. Argentina despertó este lunes sin la Copa del Mundo, sin el sueño del bicampeonato y con la incómoda sensación de que el futbol, ese refugio nacional capaz de poner en pausa cualquier discusión, finalmente entregó el balón de regreso a la política, a la economía… y a la realidad.
Durante un mes, la Albiceleste había conseguido algo que pocos gobiernos logran: hacer que millones de argentinos hablaran más de alineaciones que de inflación. Pero el silbatazo final en Nueva Jersey devolvió el país a su estado natural. Las conversaciones cambiaron de “¿quién marca a Yamal?” por “¿y ahora qué sigue?”.
El gobierno de Javier Milei tampoco llegó a la final con una relación tersa con el plantel. Las diferencias con la Asociación del Futbol Argentino por el futuro del balompié profesional ya eran públicas, y algunas declaraciones posteriores a la semifinal alimentaron un intercambio de mensajes que nunca alcanzó el rompimiento, pero sí dejó claro que ni siquiera una Copa del Mundo alcanza para decretar tregua permanente entre la política y el futbol.
La bandera con la leyenda Las Malvinas son argentinas, exhibida por jugadores tras eliminar a Inglaterra, añadió otro ingrediente. Lo que para millones de argentinos representa una causa nacional irrenunciable, fuera del país fue interpretado como una manifestación política dentro de un torneo que busca mantenerse ajeno a ese tipo de expresiones. La discusión terminó trasladándose de la cancha a los escritorios.
Mientras tanto, en las calles, la derrota pasó rápidamente del silencio al desahogo.
En Buenos Aires, de acuerdo con imágenes transmitida en vivo y reportes presenciales de periodistas, miles de aficionados acudieron al Obelisco para despedir a una selección que volvió a colocar al país entre los gigantes del futbol. Sin embargo, conforme avanzó la noche aparecieron grupos que convirtieron la frustración en violencia. Piedras, botellas, destrozos y enfrentamientos obligaron a intervenir a las fuerzas de seguridad con carros hidrantes, gases y balas de goma para dispersar a los más violentos. Hubo detenidos y también hechos lamentables que dejaron víctimas fatales durante las celebraciones.
Escenas similares, aunque de menor intensidad, se registraron en algunos puntos de concentración de aficionados en ciudades del extranjero. En los alrededores del MetLife Stadium hubo empujones, discusiones y algunos altercados que obligaron a reforzar la presencia policial antes y después de la final. La fiesta terminó necesitando más silbatos de policía que de árbitro.
Ni siquiera el interior del estadio escapó al ambiente caldeado. Apenas concluyó el tiempo extra, varios futbolistas protagonizaron una trifulca que rápidamente dio la vuelta al mundo. Hubo empujones, reclamos y un cierre impropio para una final de Copa del Mundo. España levantaba el trofeo mientras algunos argentinos todavía seguían jugando… aunque ya sin balón.
Las redes sociales hicieron el resto. Entre memes, bromas y montajes, el ingenio volvió a demostrar que internet procesa una derrota mucho más rápido que cualquier comité de disciplina. Circularon comparaciones entre la inflación y el marcador, chistes sobre el regreso anticipado de la calculadora económica y hasta quienes aseguraban que en Argentina el lunes había amanecido “con más terapeutas ocupados que entrenadores”. El humor, una vez más, funcionó como mecanismo de defensa nacional.
El capitán disputó, muy probablemente, el último Mundial de su extraordinaria carrera. No pudo despedirse con el bicampeonato, tampoco consiguió terminar como máximo goleador del torneo y, por primera vez en muchos años, abandonó un estadio sabiendo que ni siquiera él podía cambiar el destino.
Su legado, por supuesto, quedó intacto. Ya había conquistado el Mundial, la Copa América, prácticamente todos los títulos imaginables y un sitio reservado entre los más grandes de la historia. Pero el deporte suele ser cruel con los finales perfectos. Esta vez no hubo última asistencia milagrosa, ni zurdazo salvador, ni fotografía levantando otra Copa.
Argentina perdió una final. Messi cerró una época. Y el país despertó recordando una vieja enseñanza del futbol: los mundiales duran un mes; las discusiones nacionales, esas sí, juegan tiempo extra… y nunca parecen terminar.




