Atlético Morelia-UMSNH va por su segundo triunfo en Copa Promesas
OAXACA, Oax. 10 de junio de 2026.- En 1986 falló el sonido en el Estadio Azteca. Era el partido inaugural, México contra Bélgica. Las altavoces no funcionaban. Tomás Boy, el capitán, se acercó a Bora ¿qué hacemos?. El técnico pensó un segundo y respondió: vamos a cantar el himno nacional y con ellos, los 11, 120 mil almas cantando como una sola, sin música, sin sonido, un país entero con la esperanza de salir a ganar.
El estadio Azteca sigue retumbando casi cuatro décadas después y entonces, como ahora, “así no puedes perder un partido”.
Un día antes de la inauguración del Mundial FIFA 2026, en la sala del ITAM, Bora recordó su mejor lección: No hay presión, solo interpretación de lo que va a pasar. Y es que en su trayectoria, lo ha vivido así.
Velibor “Bora” Milutinović tiene 81 años y sigue siendo el único entrenador en la historia del fútbol que dirigió a cinco selecciones distintas en cinco Copas del Mundo consecutivas, llevando a cuatro de ellas a la fase de eliminación directa en condiciones complejas.

La sesión de este miércoles en el ITAM, parte del programa Visión 5.0 del ITAM y moderada por el periodista deportivo y economista José Pablo Coello, el doctor Juan Carlos Belausteguigoitia —director del Centro de Energía del instituto— y Alejandra Peralta, llevaba por título “Liderar lo imposible: Lecciones de 5 Mundiales y 5 culturas”.
Era una promesa que Bora cumplió con creces, porque él nunca ha necesitado un tema oficial para decir lo que piensa, ni un cargo impresionante para ocupar el centro de cualquier sala, incluso ni contratos, porque para él “la palabra es lo que vale”.
Durante más de una hora repasó México 86, Costa Rica 90, Estados Unidos 94, Nigeria 98 y China 2002 con la misma naturalidad con que cualquier persona repasa su semana. Habló de penaltis que nadie entrenó, de jugadores que iban a la discoteca antes de ganar, de una ola que nació en Monterrey y hoy recorre estadios del mundo entero, y de una verdad que ha construido en cinco décadas de fútbol y que la tarde del martes quedó flotando en el auditorio del ITAM como si fuera nueva: no hay presión. Solo hay interpretación de lo que va a pasar.
Llegó a México por primera vez en 1964, como jugador del Partizán de Belgrado para un torneo hexagonal. Tenía 19 años y ya sabía quién era México: la historia del país, su cultura, la frase “México lindo y querido”. “Siempre había sido un sueño”, dijo. Años después regresó, esta vez para quedarse. Aprendió español viendo la televisión mexicana, con un personaje llamado Madaleno —el cómico Francisco Fuentes, alma del programa El Club del Hogar, uno de los más populares de la televisión mexicana de los años 60 y 70— como maestro involuntario. “Era mi héroe”, contó, "porque me enseñó palabras y a entender cuando alguien me decía 'pinche Bora'.”
Su sueño, confesó, siempre fue ir a la universidad. No pudo. Lo dijo sin amargura, como quien reconoce que la escuela que le tocó fue mejor que cualquier salón de clases. La ironía no pasó desapercibida en el auditorio del ITAM: el hombre que nunca pudo estudiar daba una clase magistral en una de las universidades más prestigiadas de México.
Bora dirigió a la selección mexicana en dos etapas —de 1983 a 1986 y de 1995 a 1997— acumulando 270 partidos en suelo mexicano entre clubes y selección, una cifra que lo convierte en una figura única en la historia del fútbol nacional. “En México soy serbio. Para los demás países, soy mexicano”, dijo, y la frase resumió medio siglo de vida repartida entre dos identidades. Está casado con una mexicana y vive en el país desde hace décadas. En 1986, cuando México le ofreció la nacionalidad como reconocimiento por llevar al Tri a los cuartos de final, la rechazó. No necesitaba un papel para saber a dónde pertenecía.
Lo que encontró en los Pumas de la UNAM, primero como jugador desde 1972 y luego como entrenador desde 1977, fue el laboratorio donde construyó todo lo que vendría. Ganó la liga, la Copa de Campeones de la CONCACAF y la Copa Interamericana. Pero más que los títulos, en Pumas aprendió a leer vestuarios, a motivar sin imponer, a convertir jugadores en equipo. "Ahí fue donde me hice entrenador", dijo en el ITAM, recordándolo con la calidez de quien habla de su primer amor.
Cuartos de final. México contra Alemania Federal en el Estadio Universitario de Monterrey. Noventa minutos, prórroga, empate sin goles. Penaltis. Bora fue directo: no habían entrenado penaltis. El primero en tirar fue Manuel Negrete, que anotó. Después fallaron Fernando Quirarte y Raúl Servín. Javier Aguirre había sido expulsado en la prórroga. Hugo Sánchez —que días antes había fallado un penal crucial ante Paraguay— no llegó a tirar, aquejado de calambres que el propio vestuario nunca terminó de creer del todo. Alemania fue perfecta: cuatro cobros, cuatro goles. Eliminación.

“En el penalti, ¿en qué debes pensar? En nada. Justo eso, en nada. Pero el problema es que no habíamos entrenado eso. Nos faltó controlar las emociones.” La frase condensa la única autocrítica real que Bora se permitió durante toda la charla. No sobre las jugadas, no sobre los jugadores, sino sobre la preparación mental. Una lección que llegó demasiado tarde en 1986 y que cuatro décadas después sigue siendo el gran pendiente del fútbol mexicano, que mañana vuelve a jugar en casa con el peso de aquel quinto partido sobre los hombros: préparate para un penal porque no sabes cuándo lo vas a tirar.
Terminó el Mundial 86 y llegó la oferta más improbable: Costa Rica, setenta días antes del inicio de Italia 90, sin dinero, sin tiempo, sin un solo partido de preparación. La prensa costarricense lo recibió con entusiasmo acotado: "ese payaso mexicano llegó como entrenador", escribieron. Bora sonrió al recordarlo. Costa Rica venció a Escocia y Suecia en la fase de grupos y avanzó a los octavos de final en su debut mundialista.
Sus jugadores, dijo, pasaban tiempo en la discoteca. No era un problema. "Mis jugadores sabían que iban a disfrutar, no a pensar en cosas que no deben controlar. Pero sin dejar de hacer lo necesario. Nosotros nos debemos educar para disfrutar y siempre dar lo mejor." Cuando el equipo aterrizó en Roma, había una multitud esperando en el aeropuerto. Bora preguntó extrañado. Le dijeron que venían a recibir a Maradona. "Pero nosotros llegamos primero. Y tomamos ese ánimo." Es el método Bora en una sola anécdota: apropiarse del momento que no te estaba destinado.
Bora guarda un afecto especial por el Estadio Universitario de Monterrey, donde en septiembre de 1984 dirigió a México en un amistoso contra Argentina. El marcador terminó 1-1, con gol de Jorge Burruchaga y respuesta mexicana de córner directo. En algún momento de aquel partido, la afición regiomontana comenzó a ponerse de pie en oleadas sucesivas, de un extremo al otro de las gradas. Era la primera vez en la historia que aquello sucedía en un estadio de fútbol. El mundo lo llamaría después simplemente "la ola". "Ahora, cuando estoy en estadios en el mundo y veo la ola, siempre me recuerda a la afición del norte", dijo.
De Argentina aprendió otra lección distinta, ya como técnico del San Lorenzo de Alvarado. Cuando llegó al estadio y se sentó en el banquillo, alguien le avisó que debía saludar al público antes de que comenzara el partido. Saludó a la izquierda, a la derecha, y la afición respondió desbordada. “Así entendí qué es la pasión en Argentina. Y esa pasión se imprime en el comportamiento de los jugadores”.
Sobre el Mundial que inicia este jueves 11 de junio, Bora habló con la autoridad de quien ha visto cinco desde adentro y decenas más desde afuera. Señaló a Marruecos como la selección que más le llama la atención, con una afición que desborda estadios y más de sesenta partidos disputados en Catar 2022. Cuestionó, con respeto pero sin rodeos, el poco tiempo que Carlo Ancelotti ha tenido para trabajar con Brasil: los jugadores están repartidos por el mundo y la cohesión de un equipo no se construye en semanas. Para México tuvo palabras de cariño y un mensaje preciso: no pensar en el quinto partido, sino en la siguiente jugada. Recordó con afecto a Javier Aguirre —“podía empezar a vestirse con toda calma, tiene una preparación mental excepcional”— y a Rafael Márquez, a quien describió como “el espíritu del equipo”.
Hacia el final de la sesión, soltó la frase que quizás define mejor su filosofía de vida y de trabajo, tan sencilla que resulta difícil de creer que haga falta decirla: “Hay que saber dónde estás y a dónde quieres llegar.” Lo dijo sin énfasis, como si fuera lo más obvio del mundo. Para un hombre que aprendió español con un cómico de televisión, que nunca firmó un contrato en su vida porque su palabra siempre fue suficiente, que llegó tarde a cinco Mundiales y salió airoso de todos, y que a los 81 años sigue siendo recibido con la ola en estadios de todo el planeta como si la hubieran inventado para él.




