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MORELIA, Mich., 9 de octubre de 2026.- Arrancarse el cabello para agrandar la frente, utilizar pigmentos con plomo para blanquear el rostro y recurrir a preparados que podían intoxicar la piel. Durante la Edad Media, alcanzar los ideales de belleza podía llevar a las mujeres a prácticas tan extremas como peligrosas. Entre peinados elaborados, dientes cuidados, perfumes y recetas insólitas, los rituales estéticos medievales revelan una faceta sorprendente de una época que todavía guarda muchas curiosidades.
El artículo Cuidado corporal e ideales de belleza en la Edad Media, ideales y práctica, publicado por Battle-Merchant, describe algunos de los rasgos físicos y hábitos de arreglo personal valorados en determinados contextos medievales. La frente alta, la piel clara, el cabello largo y ciertas proporciones corporales figuraban entre los ideales de belleza de algunas sociedades europeas. Sin embargo, las tendencias cambiaban según el siglo, la región y la posición social.
Una de las prácticas más llamativas consistía en retirar el cabello de la línea frontal para hacer que la frente pareciera más amplia. Algunas mujeres también se depilaban las cejas para modificar la expresión del rostro. Los tocados altos acentuaban todavía más esta zona, mientras que los peinados recogidos y las trenzas ayudaban a mantener el cabello bajo control. En determinadas cortes europeas, una frente despejada podía convertirse en un elemento importante de la apariencia femenina.
La sonrisa también tenía sus exigencias. Los dientes blancos aparecían en descripciones literarias de mujeres hermosas y existían preparados para limpiar la boca y refrescar el aliento. Algunos recetarios medievales incluían fórmulas elaboradas con hierbas y otros ingredientes domésticos. Sin embargo, no todos los remedios eran eficaces y ciertas sustancias podían resultar abrasivas o perjudiciales para los dientes y las encías. El cuidado bucal formaba parte de una preocupación más amplia por la limpieza y el aspecto personal.
El cabello era otro protagonista de la belleza medieval. En algunas regiones se apreciaba especialmente el rubio, por lo que se utilizaban ingredientes vegetales, como la manzanilla o el azafrán, en preparados destinados a modificar su tono. También se buscaban melenas largas, suaves y onduladas, que podían adornarse con cintas, trenzas y tocados. El peinado no solo contribuía a la apariencia, sino que podía comunicar riqueza, estado civil y posición social.
Los cosméticos tampoco faltaban. Existían recetas para dar color a los labios y las mejillas, suavizar la piel, disimular manchas y perfumar el cuerpo. Entre los ingredientes utilizados en diferentes fórmulas figuraban el agua de rosas, la miel, los aceites y las grasas animales. Los perfumes podían elaborarse con plantas aromáticas y flores, mientras que algunos objetos personales se perfumaban para conservar un olor agradable. La cosmética medieval combinaba conocimientos heredados, experimentación y creencias médicas de la época.
Pero algunos tratamientos podían resultar mucho más peligrosos. El albayalde, un pigmento blanco compuesto por plomo, se utilizó históricamente para aclarar el rostro y conseguir una piel uniforme. La exposición al plomo puede causar daños neurológicos y renales, además de otros efectos graves. También existían preparados que incorporaban plantas tóxicas o irritantes. No todas las mujeres utilizaban estas sustancias ni todos los cosméticos eran dañinos, pero determinadas recetas demuestran que perseguir un ideal de belleza podía tener consecuencias para la salud.
La higiene medieval tampoco se reducía a la imagen popular de personas que nunca se lavaban. Existían jabones, baños, peines y utensilios para cuidar las uñas y otras partes del cuerpo, aunque el acceso al agua, los recursos económicos y las costumbres variaban enormemente. Los perfumes, los peinados y los cuidados corporales formaban parte de la vida cotidiana de distintos sectores sociales.
Entre frentes ampliadas, tintes vegetales, sonrisas cuidadas y pigmentos tóxicos, los estándares de belleza medievales muestran hasta qué punto la apariencia podía influir en las costumbres y decisiones de una sociedad.




