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MORELIA, Mich., 27 de julio de 2018.- El artesano dice tener poca experiencia, que realmente se dedica a esto desde hace poco. Daniel Dimas lleva trabajando la piedra desde hace 10 años. Explica que su suegro le enseñó el oficio de hacer molcajetes.
Su casa es su propio taller. En la parte posterior, bajo un tejabán improvisado de madera, el artesano tiene sus instrumentos de trabajo; una sierra eléctrica, una pulidora, unos martillos de punta, y agua. El lugar está rodeado de pequeños fragmentos de piedra y polvo, mucho polvo gris.
A un costado, hay al menos unas 20 piedras listas para trabajarse. Un poco más alejados se encuentran 18 molcajetes ya terminados, listos para una entrega que Daniel debe hacer a un vendedor de Quiroga, "me encargó dos docenas", aclara.
"Hay que salir temprano por la piedra", dice al explicar el proceso artesanal. Detiene su trabajo para señalar a un burro que se encuentra comiendo, "él me ayuda", dice, "el Ferrari, el todoterreno, ese es el culpable", asegura.
Daniel indica que no trae muchas piedras cuando va al cerro para no cargar a su burro. Aclara que lo cuida, lo debe procurar porque le ayuda también a él, para poder sacar su trabajo.
Tiene que buscar la piedra adecuada. Sabe cuál es la indicada porque tiene "tecatillas" amarillas, "la tecata lo dice todo, que no esté lista, debe ser porosa", explica mientras muestra algunas piedras que sí le sirven y otras que no.
Una vez que tiene la piedra cortada, algo que hace desde el cerro, se lleva de una hora y media a dos en dejarlo listo. Utiliza la sierra para hacerle unos cortes al centro y con eso facilitar el trabajo de martilleo. Reconoce que el uso de sierras ha hecho el trabajo menos pesado, "antes era a puro golpe, hasta hacerle la forma", dice.
De ahí solo queda dar una pulida y empezar a darle la forma final a las patas, pero debe hacerse con cuidado porque un error, un corte de más, echa a perder el trabajo de horas, que incluye la búsqueda de la piedra.
Pero no solo hace molcajetes, Daniel es músico; toca las tarolas, "hace rato me acaban de hablar; tocamos el miércoles en Santiaguito, en Morelia", explica y asegura que le dedica el mismo tiempo a la música que a lo artesanal.
Cuenta a Quadratín que usualmente la gente que le compra los molcajetes le regatea; "me dicen: 'bájame 10, bájame 20', pero pues a veces no sale", reconoce. Pero hay ocasiones en que no puede evitar venderlos más abajo de su costo porque necesita el dinero.
A Daniel le parece lamentable que en unas tiendas de Morelia puedan vender los molcajetes como el que hace, que estén más caros, y que además la gente los compre. "No...pos tan caros", dice cuando se entera que cuestan 300 pesos.
"Hay que ver la piedra, a ver si sirven, como esos de Toluca que son de cantera, no, esos no sirven", explica, "esos son blancos, yo creo que no están ni pesados".
Daniel expone que en mayoreo vende sus molcajetes en 95 pesos, para que los revendedores lo den entre 120 y 150.





