Recuerda Zambrano a un Cárdenas afable, firme y sin sectarismos
MORELIA, Mich., 28 de octubre de 2026.- Si alguien fue cercano al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en Michoacán, fue Jesús Garibay.
Cada gira, cada visita, como candidato, como conferencista, como invitado. Como fuera, Cárdenas Solórzano aprovechaba para compartir espacio con Jesús Garibay.
Del otro lado de la línea telefónica, se le escucha con la voz quebrada, conmovido.
Han pasado 50 minutos desde que se publicó el primer post sobre la muerte del fundador del Frente Democrático Nacional y tres veces candidato presidencial.
Los mismos 50 años de amistad unieron a Garibay con el ingeniero.
Aunque ya sabía de su padecimiento, Garibay no se imaginó el desenlace de este miércoles.
“Íbamos a vernos el 13, 14 y 15 en Jiquilpan. Íbamos a comer. Nos íbamos a ver para lo de las Jornadas de la Revolución. Ya solo nos veremos en otras circunstancias”, me comenta.
No hay entrevista como tal. Solo una plática informal.
Me atrevo a redactarla porque Garibay conocía a Cuauhtémoc Cárdenas de pe a pa. A sus hijos, a su esposa. Transitó con él por las diversas etapas de su vida. La familia Cárdenas también le profesó amistad, una amistad que iba más allá de la coincidencia política y del proyecto de país.
Jesús Garibay recordó que la última vez que lo vio fue el pasado 10 de julio, en el Congreso del Estado, durante la inscripción en letras de oro del nombre de su madre, Amalia Solórzano, en los muros del recinto legislativo.
“Lo vi bien, aunque sabía cositas. Solo tenía un problema en su rodilla. Lo vi de muy buen ánimo”.
Y de muy buen ánimo debió haber partido.
Estoicamente, esperó lo que llegó...
Recordó que el ingeniero habría cumplido 92 años el 1 de mayo de 2027.
Jesús Garibay apuntó que se le vio muy tranquilo. No se quejó de su padecimiento ni se le vio convaleciente.
Siempre firme, igual que su padre, el general Lázaro Cárdenas, quien, cuando enfermó en Oaxaca, aún tuvo, tras seis meses, la energía, el valor y la fortaleza para seguir luchando por el país.
“Traía raíces profundas, igual que el general”.
“Hasta el último momento, se mantuvo firme, estoicamente. Era un gran hombre, con mucha fortaleza y consciente de lo que había que hacer por este país”.
Hace una pausa y reflexiona sobre los hijos del ingeniero: Camila, Cuate y Lázaro.
“¡Camila! ¡Camila! ¡Camila! ¡Cómo le va a doler todo esto!
“¡Cuate! ¡Cuate! ¡Híjole! ¡Cuate! De Cuate hay que esperar relatorías, grandes relatorías.
“¡Lázaro! ¡Lázaro! Que haya aprendido más, mucho más de su señor padre...”.
Garibay hace una pausa. Pide esperar. Promete dedicar más tiempo a recordar otras andanzas con el ingeniero.
Por lo pronto, habla de honores, honores de Estado para un hombre de Estado, para un hombre con una amplia y profunda vocación democrática.