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Foto: Especial

Vivo prisionera del dolor: confesión de una víctima de Los Granadazos

Otto Rojas/Quadratín/II de VI
 
| 13 de septiembre de 2018 | 12:27
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MORELIA, Mich, 13 de septiembre de 2018.- Es una prisionera sin haber cometido ningún delito. Se convirtió en una esclava del dolor sin opción de emanciparse. La granada fragmentaria no la mató, pero la condenó de por vida al dolor. Aquellos cuerpos extraños incrustados abruptamente en sus pies, llamados esquirlas, se quedaron alojados dentro de sus tejidos en un callejón sin salida. Las diminutas, casi microscópicas astillas de metal de ese explosivo que usó La Familia Michoacana para causar tragedia le ocasionan un sufrimiento, un tormento y una tortura con la cual Aurora Bravo aprendió tristemente a convivir.

Ella dice haber sobrevivido para poder contar, de generación en generación, y mientras respire, la historia en primera persona del atentado terrorista más sangriento que se haya escrito en la historia de Morelia. Ese 15 de septiembre de 2008, en el que el Grito de la Independencia se disipó entre los alaridos de desesperación y auxilio. Aquella noche en que el cielo se tiñó de los más oscuros colores llenos de sangre. Las secuelas en su cuerpo que dejó el acto de odio no le permiten olvidar. Está prohibido para ella, pasar la página no es una opción, y el perdón tampoco.

Cada vez que camina revive el dolor. Sus pies son la prueba más fidedigna de que pertenece a la centena de heridos de El Granadazo. Una especie de herida abierta en el interior de sus talones que diez años después no ha podido ser curada y mucho menos cicatrizada.  Los restos de la explosión, los vestigios de tanta maldad se convirtieron como en un órgano más de su cuerpo. Ella no lo eligió así, la vida lo decidió por ella.

Le agradece a la Virgen de Guadalupe por haberla salvado y de no haber corrido con la desdicha del sufrimiento de una mutilación de cualquiera de sus extremidades. Prefiere peregrinar con astillas de metal en sus talones que perpetuarse en una silla de ruedas. “Siento punzadas y una picazón. Es como un dolor de muela que está allí sigiloso. A veces aparece, otras veces está quieto. Es molesto, pero convivo con el”, describe su calvario para Quadratín.

Como un perro que se esconde cuando estallan los fuegos artificiales, Aurora busca refugiarse cada vez que un cohete es lanzado en su colonia. Le ocasionan el mismo temor y estrés que a un can. La fobia se remonta a hace diez años, cuando la multitud congregada en la plaza Melchor Ocampo confundió el estallido de las granadas con la pirotecnia típica de las Fiestas Patrias.

“Los truenos y los cohetes me hacen volver a vivir esos escasos pero eternos segundos de dolor”, confiesa la víctima. Al igual que los pies, su sistema auditivo cambió. Los oídos se sumergieron en una sensibilidad que con cualquier sonido abrupto hace que sus tímpanos no lo resistan. “Cualquier ruido fuerte hace que brinque, me molestan los sonidos estruendosos; me hacen tener zumbidos dentro de las orejas”.

Recuerda con exactitud cada detalle de lo que ocurrió la noche en la que perdió trágicamente a su suegra y a uno de sus sobrinos adolescentes. Conserva una fotografía de aquel dantesco escenario que se registró, pasadas las 23:30 horas, en el Casco Histórico de Morelia, inmortalizada en su memoria.

Aurora se encontraba festejando junto a su esposo, cuñada y tres de sus sobrinos, uno de ellos de solo un añito, en la jardinería de la plaza Melchor Ocampo, a los pies de Catedral, donde se detonó la primera granada fragmentaria. Tenían banderitas mexicanas y sombreros que guardaban todo el año y los desempolvaban para usarlos en las Fiestas Patrias.

“Se escuchó una fuerte explosión, similar a la de los fuegos artificiales. Luego caímos como en cámara lenta al piso, en ese instante sentí como si el cabello se me fuera a explotar, miraba a todos lados buscando a mis familiares. No entendía lo que pasaba, mi instinto por salvarme y proteger a mi familia prevaleció”.

Por un instante perdió la vista. Al abrir los ojos de nuevo, la primera imagen que observó fue un río de sangre frente a ella, confusión y el orgullo fracturado de un pueblo. “No sabía qué hacer, por momentos gritaba auxilio mientras mi aliento me lo permitía.  Los pies me dejaron de responder, entonces comencé a arrastrarme”.

Había un descontrol en el lugar, toda la gente quería ayudar, pero desordenadamente.  La confusión reinó en el ambiente. “Mi esposo salvó a la sobrinita de un año, la acobijó entre sus brazos como un escudo para que nada le pasara”.

Septiembre significa luto para la familia. La noche del atentado falleció la suegra de Aurora antes de que los médicos pudieran atenderla; las esquirlas en ella fueron letales, perdió la vida en la ambulancia. Cinco días después, el 20 de septiembre, murió el sobrino adolescente, de 14 años, a causa también de la explosión, justo cuando ella cumplía 41 años.

“No se olviden de nosotros”, es la plegaria que hace Aurora a las autoridades. Han pasado diez largos años y ella busca con su esposo levantarse y vencer los temores. Confiesa que estaba en “total abandono” por parte del Gobierno, pese al decreto del gobernador de Michoacán para ese entonces, Leonel Godoy Rangel, en pro de las víctimas de El Granadazo. “Desde hace dos años vimos un cambio”, asegura.

Pasito a pasito, despacio por el dolor de las esquirlas, Aurora sale a vender los dulces que fabrica todos los días en las oficinas cercanas a la colonia donde reside. Aparte de la pensión mensual de 4 mil pesos que obtiene, recibió el beneficio de ayuda para emprender su negocio de repostería. Fue dotada con un horno, una batidora profesional y una vitrina. De esa forma se gana el sustento.

“Mi vida dio un giro drástico. Mi esposo quedó afectado psicológicamente, jamás volvió a ser el mismo. Ambos vivimos con mucho miedo, más nunca volvimos a ir a un evento de ese tipo. No olvidamos, y tampoco perdonamos”.