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MORELIA, Mich., 3 de diciembre de 2025.- Infancias y adolescencias bajo el asedio del crimen organizado relataron a Reinserta su experiencia en el reclutamiento forzado. No es un estudio que pudiéramos llamar bonito. Es todo lo que los padres no quieren leer de sus hijos.
“Soy Matías (...). Me aceptaron en el cártel y eso me puso muy feliz, le agarré mucho cariño al patrón, al grado de olvidarme de mi verdadera familia, yo sentía que mi familia era el jefe y el cártel, era lo único que me importaba. El patrón me explicó los riesgos de pertenecer al cártel, pero a mí no me importó, estaba motivado por la idea de ser como aquel señor fuerte y poderoso, sentía tanta admiración por él que lo llegué a ver como el padre que nunca tuve”, relató Matías a las activistas de Reinserta.
Matías era hijo de un padre ausente y una madre que trabajaba casi todo el día. Nunca estuvo en casa y él y sus hermanos crecieron solos, en un contexto de violencia en el Estado de México, específicamente en Ixtapaluca.
Una historia muy parecida a la de los adolescentes sicarios del caso Carlos Manzo, que desde que nacieron en Michoacán ha ido en incremento el crimen organizado, que pasó de tener un cartel dominante a 14 diversos carteles y células.
El adolescente creció con carencias económicas, materiales y emocionales por parte de su padre, ausente y que no aportaba para el sostenimiento de los menores; y, una madre que con el tiempo se volvió agresiva, quizás producto del cansancio físico de trabajar y hacerse cargo sola de sus tres hijos.
“Mi mamá trabajaba casi todo el día limpiando casas, ella era la que sostenía la casa; de mi papá tengo pocos recuerdos, me acuerdo que hubo un tiempo en el que estuvo con nosotros, pero se la pasaba engañando a mi mamá con otras mujeres y comparándola con ellas, por eso mejor se separaron”, señala uno de los tantos relatos de menores en internamiento por conflicto con la ley penal a los que entrevistaron los expertos de Reinserta.
Como Fernando Josué y Víctor Manuel N, acusados de matar a Carlos Manzo, el joven experimentó problemas de adicciones y comenzó a pasar tiempo con adultos que estaban vinculados también al uso de sustancias ilegales y directamente a grupos delictivos.
Pero el crimen organizado no le tenía el afecto que él percibía. Era un instrumento y nada más. No una persona. No había lealtad ni lo veían como un agente que pertenece a la estructura del crimen organizado.
En su relato, Matías cuenta cómo fue reclutado para asesinar a un hombre, objetivo que logró, con la esperanza de crecer dentro del grupo delictivo, pero luego de cumplir con las instrucciones del criminal, fue resguardado para evitar que lo encontraran, y después fue agredido.
El adolescente se encontraba con otra persona de la misma edad, cómplice del homicidio. Luego de unos días de estar en una casa de seguridad los dejaron salir y fue entonces que los balearon. Fue así que descubrió que todo era una farsa.
El crimen organizado no era una familia. Les dispararon a ambos en plena vía pública y los dejaron tirados en el lugar, con la idea de que habían muerto... pero ambos sobrevivieron, aunque quedaron con una discapacidad permanente.
Con auxilio de los paramédicos fueron ingresados al hospital. Fue entonces que Matías confesó su homicidio y fue sentenciado a cinco años por lesiones y homicidio.
Luego del baño de realidad, la perspectiva de Matías cambió en torno a él y a su madre, a su verdadera familia.
“Yo me involucré con este grupo porque me daban dinero, poder, se siente chido tener poder, decir: 'tengo un arma en el carro', y que todos te tengan miedo. También me gustaba poder mandar a los demás. Pero la forma en la que vivo ahora no se la deseo a nadie”, dice en su relato.
Junto a Matías, otros adolescentes del norte y sur de México expresaron sus experiencias con el reclutamiento forzado. De ello la organización halló coincidencias, pero también las diferencias, según la región.
Por ejemplo, en el caso de Guerrero, “una vez que ingresan al sistema de justicia, la tendencia es romper lazos. En Guerrero, la mayoría de los adolescentes pierden contacto con el grupo de delincuencia organizada una vez que ingresan al centro de internamiento”.
En cambio, “en el Estado de México no se muestra una tendencia estable, por el contrario, es muy difusa, porque algunos dicen no tener ninguna relación, mientras que otras y otros cuentan que sí mantienen contacto”, incluso algunos que viven en el centro de internamiento reciben dinero y algunos otros dicen estar amenazados por los grupos criminales.




