MORELIA, Mich., 25 de noviembre de 2020.- Sathya, Gissela, María del Rosario, María Guadalupe, Jazmín, María Teresa, Neyda, Bertha, Jessica, Anabel, María Guadalupe, Gabriela, Maricela, Alejandra, Jannette. Sus nombres quedaron inscritos en las canteras donde el pueblo escribe su historia.

En la plaza de la Paz se dejan oír los discursos de funcionarias estatales y municipales, palabras sobre la necesidad de erradicar la violencia de género, de dar justicia a las familias de las víctimas de este flagelo, de no olvidar.

Sin embargo, lo que verdaderamente se escucha entre los muros que rodean el sitio son los llantos entrecortados de las madres, se deja ver la mirada de la hija, se deja sentir el dolor de los deudos, para formar un solo grito, justicia.

“Yo no pido, yo exijo justicia, y no descansaré hasta tenerla”, dice Verónica Villaseñor, madre de Jessica González, mientras cuestiona “el nombre de mi hija está en esas piedras, a costa de qué”. 

Llantos, los llantos no es posible aguantarlos más, porque quiebran hasta los corazones más duros, aquellos que han vivido las experiencias más difíciles, más dolorosas.

En cantera rosa, en un rincón al Norte del Centro Histórico de Morelia, los nombres de 15 mujeres víctimas de feminicidio, entre 2016 y 2020, quedan grabados para la posteridad, una posteridad que no se llevará las ausencias ni mitigará la tristeza.

“En las piedras el pueblo escribe su historia”, recuerda Cardiela Amezcua, secretaria de Cultura de Morelia, mientras llegan los ecos de la marcha que colectivos feministas realizan a escasas cuadras, para reclamar el cese de la violencia feminicida.

No son todas, advierte Cristina Cortés, titular de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (Ceav), sólo aquellas cuyos familiares autorizaron la inscripción en la pequeña losa de cantera, rodeada por incipiente vegetación.

“Ni una menos”, repite Lavinia Ortega, síndica municipal, y de fondo se escuchan las lágrimas de los deudos de las mujeres muertas.

“Ella no se ha ido, ella está aquí, con nosotros”, asegura Verónica Villaseñor, y las otras madres toman sus cabezas entre sus manos.