Pide Morena Michoacán esclarecer contratos y proveedores del INE
MORELIA, Mich., 29 de octubre de 2026.- Cuando aquella tarde de junio de 2018, Andrés Manuel López Obrador cerró su campaña en la avenida Madero, llamó al voto lineal: todos por Morena.
Cinco por cinco, le llamó. Presidencia, Senado de la República, San Lázaro, Congreso local y Morelia, para el caso.
Fue un llamado que cimbró y modificó la ruta del obradorismo en Michoacán y el país.
El tabasqueño cerraba su campaña con 20 puntos de ventaja en las encuestas, muy por delante de Ricardo Anaya y de José Antonio Meade, a quien le aventajaba por un promedio de 30 puntos.
En Morelia, ese llamado se convirtió en fiebre y tumbó la encuesta que daba la reelección a Alfonso Martínez frente a un Raúl Morón cuya victoria fue apalancada más por el triunfo obradorista que por un ascendiente propio.
A partir de ahí, inició la reconfiguración del escenario político en Michoacán.
Iniciaron las migraciones a la nueva fuerza política. Comenzó la sangría en la izquierda de Michoacán, en ese entonces PRD, y desde el Ayuntamiento de Morelia, Raúl Morón comenzó a construir el proyecto por la gubernatura hacia 2021.
Detrás de él, Godoy. Al frente, un viejo contrincante de ese grupo político: Cristóbal Arias, senador en ese entonces.
Morón llegó con Morena. Pero gobernó sin Morena.
Despreció el movimiento, a sus fundadores y pateó las causas que le dieron origen.
Los relegó y transitó con un equipo propio que, a la postre, se convirtió en parte de su tragedia.
A finales de diciembre de 2020, Cristóbal Arias presumía más de 30 encuestas que lo ponían a la cabeza.
Daba por sentado que era el candidato natural; solo faltaba el último trámite: el palomeo de Palacio Nacional.
El dedo divino no le favoreció. Morón se volvió a imponer por la vía de la encuesta, esa que hoy condena y maldice por no favorecerle.
Cristóbal se rebeló, arremetió contra Morena y contra el godoyismo y su alfil. Migró con Pedro Haces a su partido, Fuerza por México. Perdió el registro.
Morón nunca asumió. El INE lo bajó; el TEPJF lo remató. En marzo de 2021, el resolutivo de la máxima autoridad así lo asentó.
Con el Toro, fue depuesto. Había violado la ley de gastos de campaña.
En el aire rondó la sospecha de que el golpe se fraguó desde el corazón del poder. Por 12 mil pesos, perdió la gubernatura.
A principios de abril, arropado por la primera línea, Morón llegó a Camilas.
Estaba en trámite la impugnación.
Este reportero le preguntó: si el fallo es en contra, ¿hay algún plan B?
—No, no hay plan B —rechazó categórico—.
La frase se acuñó.
Al final, sí había plan B. Cogobernar con Ramírez Bedolla si la victoria se alcanzaba.
Con un mes de campaña avanzada, la orden presidencial fue por Alfredo Ramírez Bedolla. Ramírez Bedolla también había jugado la encuesta que ganó Morón.
Transitaron la campaña juntos.
Eran los tiempos de la confrontación abierta entre el centro y Michoacán, entre Andrés Manuel y Silvano.
Silvano se atrincheró. Ya había un perredismo minado, sangrado, acotado. Y un presidente fuerte, muy fuerte. Y revanchista al extremo.
En Casa de Gobierno, Silvano afirmaba que tenía 10 puntos de ventaja con su candidato, Carlos Herrera.
Era una elección entre el gobernador y el presidente. Así fue la de 2021.
Silvano buscó gallo. Impidió a Adrián López Solís y a su hermano, Antonio García Conejo, la candidatura. Caló con Alfonso Martínez y no le dio.
Un severo revés se avecinaba. A solicitud presidencial, Carlos Torres Piña y su estructura, ADN, abandonaron las filas perredistas. Mario Delgado les abrió las puertas y los recibió.
Fueron 23 alcaldes, diputados, operadores y militantes. Un boquete que rompió la aritmética silvanista.
A López Obrador le urgía ganar, como fuera. Sabía de la capacidad de Silvano.
La margarita se siguió deshojando.
Traiciones, muchas traiciones; insidias, muchas insidias, tocaban, asomaban a la puerta silvanista.
Las más condenadas, las de Giulianna, Barragán y Claudio Méndez.
Se llegó a la elección. Por la mañana, el modelo silvanista avanzó conforme a lo planeado. Al mediodía, inició la rudeza. Los números de Silvano se cayeron por la operación en todo el centro de Tierra Caliente.
«Nos lanzaron una bola baja», dijo concluido el cómputo.
Silvano no cedió. Acusó participación del crimen organizado y se apostó en el banquito verde, en la calle de Moneda, a un costado de Palacio Nacional. Quería ver a López Obrador, llevarle las pruebas. Lo batearon.
Mientras Silvano se aventuraba en su cruzada, en Michoacán, Ramírez Bedolla trazaba la ruta del nuevo gobierno en una entidad incendiada en varios de sus frentes.
Con la victoria en bolsa y un litigio a cuestas, se dibujaban el gabinete y el modelo.
El tablero dentro de Morena había cambiado. También los actores y la toma de decisiones.
El nuevo gobierno iba por dos pistas: el litigio que pedía la anulación de la elección y la conformación del gabinete.
Afloraron los diferendos con el moronismo.
Demandaba el 50 por ciento del gabinete para su equipo. Las áreas más estratégicas: Segob, Tesorería, SSP...
Alfredo Ramírez no cedió. Se asumió como el jefe del Ejecutivo y delineó su gabinete y su proyecto, sin Raúl Morón, sin Leonel Godoy.
Se vino la ruptura, viva hasta hoy día. Y con ella, la mayor confrontación política del nuevo milenio.
En más de cinco años de bedollismo, apenas dos fotografías. En ambas, más a huevo que de ganas. Una, forzada por Adán Augusto, cuando era el brazo derecho, el carnal de López Obrador.
En la narrativa pública, la confrontación abierta.
Así transitaron, entre la disputa política y los ataques.
Para 2024, en la intermedia de Michoacán, a Morón se le repone el adeudo histórico de aquel 2021. Le dieron la senaduría, otra vez, a través de la encuesta que, dicen, no ganó.
Toma aire, se reagrupa, coloca posiciones y gana terreno. Tiene el picaporte en Palacio, más que Alfredo, incluso.
Aprovecha las coyunturas y grietas del bedollismo para fortalecer su proyecto. Está en el ánimo presidencial y con los números a su favor.
Navega viento en popa y espera los tiempos.
Fragua la revancha y el retorno.
Lo grillan aquí y allá; persisten los agravios.
Promueven el interinato de Bedolla y lo difunden. Lo mandan al exilio diplomático.
2024 es una nueva guerra en Morena. No hacia afuera. Hacia adentro, donde la izquierda siempre ha tenido su talón de Aquiles.
La disputa, de nueva cuenta, es Bedolla-Torres Piña vs. Godoy-Morón.
Nadie ve Uruapan. O sí, pero no lo redimensionaron ni lo visibilizaron.
Carlos Manzo ganó la encuesta. Cuatro a uno a Nacho Campos.
Morón no cedió. Exigió en la mesa Uruapan para Nacho.
Se la dieron. También una paliza de tres a uno en las urnas.
Perdieron la plaza y se ganaron un enemigo político muy rudo, indomable, listo, también grillo. Alguien de su horma.
Se fraguaba el 27. Con un nuevo jugador y un nuevo frente para el régimen de Claudia Sheinbaum.




