Recortó Congreso de Michoacán 40% de gasto a investigación legislativa
MORELIA, Mich., 23 de octubre de 2026.- De la hegemonía priista a la aparición del Frente Democrático Nacional, Michoacán se enroló en un ecosistema político marcado por la disputa abierta, el canibalismo intergrupal y la lucha encarnizada por el poder y el control.
Aunque el cisma fue en el 86, con la renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros, las repercusiones de esa reconfiguración hoy cobran más fuerza, de cara a la sucesión de 2027.
El parto de la transición en Michoacán fue doloroso, pues no solo la izquierda puso los muertos, sino que usufructuó ese dolor para transitar y colocarse en ruta para ocupar el poder tres lustros después de la odisea.
Hubo dos intentos con Cristóbal Arias: en el 92 y en el 95. En ambas sucumbió ante Eduardo Villaseñor y Víctor Tinoco.
Ambas elecciones se vieron matizadas por los conflictos internos en ambos bandos. Al nativo de La Piedad le cerraron el paso los grupos locales y Michoacán fue incendiado por una fuerte rebelión del PRD, con Cristóbal Arias a la cabeza.
Salinas, desde el centro, dio el famoso espaldarazo: «Gobernaré contigo hasta el final del sexenio».
21 días después, el empresario porcicultor fue depuesto. Se habían impuesto los grupos locales, liderados en ese tiempo por Genovévo Figueroa y Ausencio Chávez, el candidato natural y sucesor del primero, y quien, curiosamente, ocupó ese interinato de cuatro años.
Era la segunda gran victoria política de la izquierda en Michoacán; victoria, narran las crónicas de esos tiempos, fraguada con base en las traiciones, las perversidades políticas y los acuerdos en las cañerías del poder.
Igual sucedió en el 95, cuando Víctor Tinoco fue ungido como candidato del PRI.
El entonces senador también fue rechazado por los grupos locales, que en ese tiempo lideraba Ausencio Chávez, aunque siempre se mencionó que la cabeza era el exgobernador Genovévo Figueroa.
El desencuentro fue de tal grado que Tinoco no solo ganó la elección, sino que cerró el paso a los grupos locales y gobernó con un equipo construido desde el Gobierno de la Ciudad de México, con Juan Benito Coquet a la cabeza de uno de ellos y los hermanos García Torres por el otro.
También dentro del tinoquismo se darían sus propios polvorines, pero logró cogobernar y concluir un mandato en estabilidad y orden.
El priista mandó el mensaje de la apertura con la integración de Roberto Robles Garnica, un cuauhtemista de cepa pura, que llegó a la Secretaría de Salud.
Él y Leonel Godoy, que acompañaron a Cuauhtémoc Cárdenas desde su gobierno en Michoacán, ya tenían una disputa abierta con Arias Solís.
Eran los albores del nuevo milenio y desde ahí Michoacán fue un referente como laboratorio político y un bastión de la izquierda mexicana, que venía abriendo paso con la asunción de Cuauhtémoc Cárdenas en el Gobierno de la Ciudad de México en el 97 y la de su vástago, Lázaro Cárdenas Batel, en Michoacán, en el 2002.
La sucesión de Lázaro Cárdenas, en el 2008, fue un punto de quiebre, pues Arias Solís fue despojado de un derecho que se había ganado en la lucha política 20 años atrás.
En su lugar, Cuauhtémoc Cárdenas impuso a Leonel Godoy y se abrió un boquete entre los cristobalistas y los cuauhtemistas.
La izquierda en México veía otros derroteros, mientras el PRD iniciaba una ruta hacia la inanición por la ambición interna y la constante e intensa guerra sucia entre sus tribus.
Hacia el 2012, el PRD pierde el gobierno, tras un accidentado gobierno godoyista que sufrió el embate presidencial de Felipe Calderón.
La IA revela que, para esos tiempos, la ideología del FDN quedó sepultada por el pragmatismo de las tribus: Foro Sol, Nueva Izquierda, ADN e Izquierda Democrática Nacional. Atrás quedó el proyecto de nación y las disputas eran por presupuestos, candidaturas, espacios de poder, contratos y notarías.
Michoacán entra a una nueva etapa, reconfigurado en un marcado tripartidismo por la llegada del PAN al poder y la irrupción de la delincuencia organizada, que comenzó a tomar parte protagónica y un papel activo en la vida política de Michoacán.
Del silvanismo al ocaso perredista
Hacia el 2015, la crisis del peñismo y un acuerdo del Pacto por México abrieron la ventana para el regreso del PRD.
Silvano logra consolidar una alianza con el peñismo, con el que pudo transitar su primer tramo.
Esa relación y la suma al Pacto por México, con Peña Nieto, tuvieron su costo. Abrieron boquetes e iniciaron las sangrías en las filas perredistas, que migraron hacia la propuesta de López Obrador. Esas hordas habían agotado el modelo de la izquierda progresista.
El silvanismo había cerrado el paso al moronismo y se registró un gran éxodo hacia Morena entre el 2017 y el 2021.
Para entonces, también el PAN sucumbía internamente. Luisa María Calderón, la dos veces candidata a la gubernatura, abandonaba las filas panistas, donde nació.
El golpismo de Marko Cortés cobraba la factura.
Fue la guerra del panismo tradicional, encabezado por el calderonismo, y el neopanismo de Marko Cortés.
Las crónicas de esos días narran las traiciones y los desencuentros que se dieron en la elección del 2015, donde Luisa María Calderón, ya sin el poder presidencial, sucumbió ante el ajuste de cuentas que se dio desde el propio PAN.
Se operó de brazos caídos, denunció la candidata.
Hacia el 2017, Cocoa Calderón ya no tenía espacios ni capacidad de maniobra. Fue acotada en todos sentidos y obligada, prácticamente, a renunciar.
López Obrador llegó al poder y la correlación cambió. También los intereses.
Un nuevo ajuste de cuentas estaba en puerta.
Las posiciones se endurecieron en el país y en Michoacán se preparaba la noche de los cuchillos largos.
Morón ya había ganado la alcaldía. Se erigió como el líder de Morena, por encima de fundadores y de los neomorenistas.
Cayó. Entró Bedolla. Heridas abiertas se mantendrían hasta estos días.
La oposición, en un trance de colapso, se reagrupó.
Pagaban las cuentas de la ambición, de sus propias disputas y tradiciones.
Venía la madre de todas las batallas.
Silvano, arrinconado por López Obrador, se atrincheró. Echó toda la carne al asador con Carlos Herrera Tello.
«¡Un error!», calificaría después Silvano, en pleno arrepentimiento.
La derrota del 21 no solo fue por el tema del crimen organizado. También fue por las traiciones internas. Le cobraron la factura al novel zitacuarense. Nunca lo quisieron en el PRD. Hoy, en la cobija de MC.




