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MORELIA, Mich., 7 de marzo de 2026.- En la política mexicana existe un método aparentemente infalible para limpiar reputaciones: reunir a los amigos, redactar un desplegado solemne y declarar que todo está en orden. Si además se agregan firmas de compañeros de generación y viejos camaradas, el efecto pretendido es casi notarial: la honorabilidad queda, supuestamente, certificada por unanimidad afectiva.
Algo así ocurrió con el documento difundido este fin de semana por un grupo de egresados de la Facultad de Derecho de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, que decidió de manera espontánea salir en defensa del exgobernador Leonel Godoy Rangel.
En el desplegado, fechado en Morelia el 6 de marzo, los cuates aseguran conocer desde hace más de medio siglo al exmandatario y, por lo tanto, se consideran testigos suficientes de su ética, su conducta y su trayectoria pública. Dicho de otro modo: si alguien lo ha tratado durante décadas, entonces cualquier crítica o cuestionamiento público debería considerarse automáticamente injustificado.
La lógica es tan sencilla como entrañable: si los amigos dicen que es honorable, pues honorable será.
El documento afirma que la imagen del exgobernador que recientemente se ha difundido “no corresponde con la realidad”, y sostiene que Godoy siempre se ha conducido “con honestidad y dentro del marco de la ley”.
La defensa, por supuesto, es respetable. Lo curioso es el método: convertir una reunión de conocidos en una especie de tribunal moral donde la amistad funciona como prueba pericial.
Porque si la historia política se midiera únicamente por la opinión de los amigos, muchos episodios incómodos podrían desaparecer por decreto de simpatía.
Por ejemplo, aquel septiembre de 2008 cuando Morelia se convirtió en escenario de uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente: los granadazos lanzados en plena celebración del Grito de Independencia, un ataque que marcó para siempre la memoria colectiva de la ciudad y que ocurrió durante el polémico gobierno estatal encabezado por Godoy.
O los distintos episodios de escándalos que acompañaron su carrera política en los años posteriores.
Más recientemente, en su etapa como delegado político de Morena en Baja California, el propio partido decidió amonestarlo públicamente tras acusaciones internas relacionadas con su actuación en el proceso político de esa entidad.
Y ahora se suma una controversia aún más delicada y vigente. En vida, el asesinado alcalde de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez, lo acusó en diversas ocasiones de formar parte de lo que llamó la narco política en Michoacán. Tras su homicidio, la viuda Grecia Quiroz ha insistido públicamente en que se investigue a fondo el caso y ha señalado que el exgobernador debería ser incluido en las indagatorias.
A esa exigencia se ha sumado el dirigente estatal del PRI, Guillermo Valencia Reyes, quien ha solicitado que la Fiscalía General de la República investigue cualquier posible vínculo político relacionado con el asesinato del edil.
Nada de eso aparece en el desplegado.
Ahí, en cambio, la narrativa es más sencilla: los amigos lo conocen desde hace décadas y, por lo tanto, la discusión debería quedar saldada.
Es una vieja tradición política mexicana: cuando la realidad incomoda, se convoca a la nostalgia, a la generación universitaria, a la amistad de medio siglo. Y si el documento además se redacta con tono solemne y párrafos con pretensión jurídica, mejor.
Porque, al parecer, en ciertos círculos la ética pública no se mide por los hechos, ni por las responsabilidades políticas, ni por la memoria colectiva.
Se mide por el número de firmas de los cuates…





