USO DE RAZÓN

                Para aprovechar un gran momento             

Pablo Hiriart

                La disputa comercial entre Estados Unidos y China convierte a México en el lugar ideal para las empresas que están expuestas a los riesgos que implica invertir en el país asiático y necesitan diversificarse.

                Estas son las coyunturas favorables que raramente se presentan y hay que tomarlas al vuelo.

                Hacerlo o no, depende de la visión del gobernante que ocupe la silla de Palacio Nacional.

                 ¿Qué necesitamos para atraer la inversión productiva y desplazar a China en el mercado estadounidense?

                Promoción de México en el exterior. Pero estamos cerrando oficinas comerciales en lugares clave de mundo, además de que al inicio del gobierno desaparecieron Proméxico.

                 La oferta de México como país idóneo para el comercio y la inversión, recibió un segundo golpe del gobierno al anunciar el cierre de nuestras representaciones comerciales en China, Japón, Bélgica, Canadá, Uruguay y Francia.

                Se esgrimen razones de “austeridad”.

                Por esa misma “austeridad” en diciembre cerró Proméxico.

                Son autogoles.

                La lógica indica que necesitamos promover, ahora como nunca, a nuestro país en el exterior para atraer empresas que inviertan y se desarrollen aquí.

                 Requerimos que más empresas se vengan a México para aumentar nuestras exportaciones a Estados Unidos y desplazar a los competidores en ese gran mercado que tenemos al lado.

                Sí, la coyuntura, el TLCAN y las políticas de apoyo a las exportaciones de los sexenios recientes nos han puesto como el principal socio comercial de Estados Unidos, pero el pedazo más grande del mercado de ese país lo sigue teniendo China.

                Es indispensable exportar más, tener más fábricas, industrias, dinamizar la actividad económica para que el país crezca.

                Si se quiere distribuir riqueza, primero hay que generarla.

                Ahora es el momento. Y estas oportunidades se dan, quizá, una vez en cada generación. El TLCAN es un buen ejemplo de ello.

                El presidente López Obrador puso en el presupuesto como principal prioridad “el rescate del sector energético”.

                Pinta bien si eso significa hacer de México un fuerte país productor de petróleo y gas, para exportar y aumentar el consumo interno y ofrecerlo como ventaja al sector industrial.

                Sería excelente ofrecer abundante disponibilidad de gas natural barato que podemos producir aquí, pues hay, y bastante. Y de un suministro abundante desde Texas, donde está el gas más económico del mundo. Ya no más trabas a los gasoductos.

                Esperemos que en ese rescate del sector energético esté quitar obstáculos para que el sector privado extraiga gas.

                 Que dejemos de lado la prohibición del fracking, pues importamos gas extraído por ese método

                Si la idea en el gobierno es que sólo Pemex se haga cargo de toda la cadena de exploración, extracción y comercialización, estaremos cometiendo un doble error: nuestra empresa petrolera no tiene la fuerza para hacerlo todo, como no la tiene ninguna compañía monopólica en el mundo.

                 Y desviaremos recursos que deberían ir a infraestructura para conectar a nuestro sur subdesarrollado con el mercado de América del norte.

                Necesitamos, también, ofrecer certeza jurídica a los inversionistas.

                Frenaron la reforma energética en la que habían comprometidas inversiones extraordinariamente elevadas, y clausuraron un aeropuerto en el que ya había miles de millones de dólares en inversión privada.

                Cambiar las reglas del juego por caprichos o razones ideológicas, no ayuda en nada.

                ¿Se puede rectificar? Sí, se puede. Ojalá también se quiera corregir. Nos beneficia a todos.

                Pero si el gobierno, concretamente el presidente, se amarra a atavismos ideológicos que carga desde hace muchos años, caeremos en la economía medieval que le fascina: la economía popular.

                 Me refiero al caballo que le da vueltas a la palangana de un trapiche para que salga jugo de caña y se llena un vaso, como ya referimos en esta columna hace algún tiempo.

               La revolución industrial, que comenzó hace algunos siglos, le da la oportunidad de combinar: en lugar de un caballo (existen derechos de los animales) dándole vueltas todo el día al trapiche, mejor poner un motor.

Y en lugar de un vaso, se van llenando envases que se sellan de inmediato. Ese campesino se une a otros y llenan muchos envases, que certifican y exportan con el apoyo del gobierno: jugo de caña 100 por ciento natural.

Para que sea un éxito, el gobierno debe invertir en infraestructura: carreteras, puertos, líneas marítimas que pongan ese jugo en la mesa de los consumidores del este de Estados Unidos.

Y que a esos campesinos nadie les bloquee la carretera por ser empresarios “transnacionales” ni se permita que partidas de delincuentes les cobren derecho de piso y derecho de tránsito.

 Es un gran momento. Ojalá haya visión.