Indicador político
Todo es un engaño, siempre lo ha sido, pero cada vez resulta más sofisticado transgredir las leyes electorales. Ahora las llamadas corcholatas implementaron un mecanismo para hacer lo que la ley electoral dice que no se puede hacer, pero llamándolo con otro nombre, violando la norma, engañando. Se hace lo indebido, pero como no se especifica esa particular forma en la ley, entonces se burla y se hace lo prohibido sin que se sancione. Más grave cuando esto sucede desde el mismo poder, orquestado con el ejecutivo federal. Y todavía es peor quebrantar la ley precisamente para pretender convertirse en la o el funcionario de más alto rango del país, quien tendría que “guardar y hacer guardar la constitución y todas las leyes que de ella emanen”. Mentir desde el poder ya se convirtió en una perversión institucional.
¿A poco no lo sabe el presidente? ¿Los aspirantes “oficiales” no saben que están burlando la ley? ¿Aquellos que pretenden algún cargo y se promueven creen que nadie se va a dar cuenta? Es increíble que los mexicanos (obviamente no todos) nos hemos especializado en ser creativos para hacer lo que no se debe hacer, pero sin que podamos ser sancionados. Es como decir: sí cometí ese delito, pero no me puedes hacer nada porque lo que hice lo hice de otra manera. Está prohibido promoverse anticipadamente, pero si promociona un “medio de comunicación” entonces es “información” y no promoción. Están sancionados los gastos de campaña no comprobables, pero si quien los gasta es “alguien más” entonces sí se gastó, pero no me lo puedes comprobar a mí. Es pretender engañarnos todos y aceptar el engaño. Como si fuera prohibido comer duraznos, pero como los que yo me como en su empaque dice “melocotón” entonces quedo libre de delito.
Así vemos a las ahora llamadas “corcholatas” en franca campaña política de promoción nacional para alcanzar la candidatura presidencial del partido oficial, diciendo que buscan ganar la “coordinación de la defensa de la cuarta transformación”, que nadie entiende qué es eso pero que sirve de pantalla, cuando lo que todos (incluyéndolos a ellos, al INE y al mismísimo presidente) sabemos que es campaña política para la elección que será en un año. Y esto comienza por el oficialismo pero incluye a todos, partidos y aspirantes de todos los orígenes. Un vil engaño, pero enarbolando la falsa honestidad. ¿No es una burla?
Si es así lo nacional, lo local se pone peor. Ya hay bardas pintadas con nombres de precoces “aspirantes”, encuestas de fantasía que hablan de que todos apoyan a quien las mandó a hacer, espectaculares con los rostros y emblemas de personajes relevantes, camiones paseando caras sonrientes, redes sociales que circulan una y otra vez las “grandes hazañas” de los pretendientes de futuros cargos y entrevistas por doquier hablando de lo que sea para “salir en la foto”. Eso sí, todos dicen claramente que están concentrados en sus responsabilidades, que no piensan en el futuro cargo ni en la próxima elección, que nada de lo que hacen es promoción sino “información” y deseos espontáneos de la muy respetable ciudadanía. Aunque todos y ellos conozcamos claramente las intenciones, pero aceptemos el engaño. Lo que René Magrite llamaba “percepción precondicionada de la realidad” y que intentó expresar en sus maravillosas obras.
No hay forma de cambiar el país si no cambia la integridad cívica de los mexicanos. Eso pasa por que lo que parece un delito o una falta sea sancionado como tal. Que todas las instituciones respeten la ley sin crear argucias, aunque existan formas de engañarla. Que quienes aspiren a cualquier cargo de representación o responsabilidad pública comiencen por no intentar tergiversar la norma y solo aparentar cumplirla. Que todas y todos los ciudadanos actuemos severamente ante un evidente, público y oficial engaño. Que las faltas tengan consecuencias, que los engaños sean sancionados y que se dignifique el quehacer público.
Una frase se repitió hasta el cansancio cuando inició este sexenio y ahora resulta más que claro que no solamente no se cumplió, sino que en esta complacencia electorera incluso se promueve y se financia la burla: “No mentir, no robar y no traicionar”. Nada cambió.
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