Palabras y juicios irredentes
A simple vista, un peso parece poco, casi una diferencia imperceptible al momento de subir a una combi o a un autobús; sin embargo, Fabiola Alanís ha puesto sobre la mesa una realidad que conocen miles de familias michoacanas: ese peso no se paga una sola vez, se repite todos los días para ir al trabajo, llevar a los hijos a la escuela, acudir a una consulta médica, hacer compras o simplemente regresar a casa. Por eso su rechazo al incremento de 11 a 12 pesos en la tarifa del transporte público no parte únicamente de una discusión sobre números, sino de una preocupación concreta por el dinero que queda disponible en los hogares después de cubrir una necesidad tan básica como trasladarse.
La postura de Fabiola Alanís resulta especialmente relevante porque devuelve el debate a donde verdaderamente importa, al bolsillo de la gente; mientras un aumento de un peso puede parecer menor visto desde una oficina o desde una cifra aislada, para quien depende diariamente del transporte público significa sumar gastos una y otra vez durante el mes. Alanís se manifestó totalmente en contra del incremento y advirtió que el transporte puede absorber una parte importante de la economía familiar, una preocupación que adquiere todavía mayor sentido cuando en una misma casa son dos, tres o cuatro personas las que necesitan pagar pasaje todos los días.
El ejemplo es sencillo y permite entender la dimensión del problema sin recurrir a cálculos complicados: una persona que utiliza una unidad para ir a trabajar y otra para regresar paga ahora dos pesos adicionales cada día; si realiza esos trayectos durante 26 días al mes, son 52 pesos más, pero si en una familia cuatro integrantes tienen una rutina semejante, el aumento representa alrededor de 208 pesos mensuales. Si alguno de ellos necesita tomar dos transportes para llegar a su destino y otros dos para volver, el impacto crece todavía más; entonces ese peso que parecía pequeño comienza a competir con gastos de comida, medicamentos, útiles escolares, recargas telefónicas o servicios del hogar.
Ese es precisamente el valor de la posición asumida por Fabiola Alanís: mirar la tarifa no como una cantidad aislada, sino como parte de la vida cotidiana de quienes cuentan cada peso para hacer rendir su ingreso. Su planteamiento coloca en el centro a las familias que no pueden elegir entre utilizar automóvil, taxi o transporte colectivo, porque para ellas moverse no es un lujo ni una decisión opcional, es la condición necesaria para conservar un empleo, estudiar, cuidar a un familiar, acudir al médico o acceder a los servicios de la ciudad.
Por supuesto, mantener unidades, comprar refacciones, pagar combustible y garantizar la operación del servicio también implica costos, pero reconocer esa realidad no significa que el usuario deba convertirse siempre en la salida más sencilla para equilibrar las cuentas. El señalamiento de Fabiola Alanís abre una discusión necesaria sobre cómo construir una movilidad que sea sostenible para quienes prestan el servicio, pero también accesible para quienes dependen de él; elevar una tarifa sin colocar al mismo nivel la calidad, la seguridad, la frecuencia de las rutas y la capacidad económica de las familias deja incompleta cualquier política de transporte.
Su postura recuerda que las grandes decisiones públicas también se miden en pequeñas cantidades que, repetidas durante semanas y meses, terminan teniendo consecuencias reales; el debate no debería reducirse a determinar si un peso es mucho o poco, sino a preguntarnos cuánto pesa ese peso para quien tiene que pagarlo todos los días y qué puede hacerse para que moverse por Michoacán no se convierta en una carga cada vez mayor para quienes menos margen tienen en su presupuesto.




