Al derecho y al revés
Desde los tiempos más remotos, mitos, leyendas y reflexiones filosóficas dan cuenta del incesante afán de nuestros antepasados por hallar la fórmula para vivir con plenitud.
La obra literaria más antigua de la que se tiene registro no solo refleja la importancia que esta búsqueda ha tenido en la mente humana, sino también la imperiosa necesidad de transmitirla en beneficio de generaciones futuras. Así, hace más de cuatro mil años, los sumerios expresaron, a través de la Epopeya de Gilgamesh, que ante nuestra inevitable mortalidad son la amistad, la contribución a la comunidad y el goce de la vida cotidiana el camino posible hacia la plenitud.
Buda legó invaluables reflexiones sobre la impermanencia de cuanto nos rodea, la inutilidad y el sufrimiento que genera aferrarse a ello, así como la importancia de vivir cultivando la compasión hacia todo ser viviente.
Sócrates y Aristóteles profundizaron en el concepto de eudaimonía, destacando la importancia de alcanzar el florecimiento del alma mediante una vida virtuosa y consciente.
Podríamos continuar así, recorriendo la vasta sabiduría contenida en la Biblia y en posteriores obras literarias, en las enseñanzas de los estoicos —Epicteto, Séneca, Marco Aurelio— y en una incontable sucesión de filósofos que les sucedieron.
Sin embargo, pese al acceso a tanta sabiduría, esta suele convertirse con frecuencia en letra muerta. El ser humano persiste en la búsqueda irreflexiva de bienes materiales, anhelando fama y poder para satisfacer un ego que, tarde o temprano, se ve forzado a volver la mirada y descubrir, con tristeza y arrepentimiento, que el camino recorrido ha conducido a una meta insatisfactoria.
Hoy, al celebrar ocho décadas de vida de mi padre, quiero compartir con ustedes una certeza nacida del testimonio vivo de su ejemplo: la sabiduría milenaria a la que he aludido no ha sido en él una idea abstracta, sino la base misma de su existencia. En su juventud, persiguió con perseverancia y determinación metas profesionales legítimas, guiado por ambiciones sanas. Pero el verdadero triunfo no reside únicamente en la meta alcanzada, sino en la manera de hacerlo: siempre con respeto, cordialidad y equilibrio. Esa forma de conducirse evitó que el éxito nublara su mirada y que en su camino sembrara rencores que endurecieran su corazón.
Hoy cosecha lo que sembró con sabiduría. No solo reconocimiento profesional, sino algo mucho más valioso: el afecto sincero de quienes lo conocen, la gratitud de su familia, y la paz de quien mira atrás sin rencor y adelante sin miedo. Hoy mi padre posee ese privilegio, cada vez más raro, de disfrutar con serenidad profunda la compañía de los suyos, y de transitar por la vida con la frente alta y el corazón ligero.
Por eso jefe, en este día quiero destacar tres facetas en las que tu presencia ha dejado huella en mi vida:
Por tu paciencia infinita y tu comprensión incondicional, le doy las gracias a mi amigo.
Por la integridad en tu actuar, y el respeto que con tu ejemplo me transmites y que hoy tengo la fortuna de legar a mis propios hijos, reconozco a mi maestro.
Y por el don inconmensurable de la vida, por mostrarme cómo vivir con dignidad y bondad, felicito, honro y expreso la mayor gratitud y cariño a mi padre, deseando que cumpla muchos años más con esa luz serena y sabia que me guía.Felices ochenta años.




