Indicador político
El pasado 17 de octubre se conmemoraron 73 años del reconocimiento constitucional del derecho de las mujeres mexicanas a votar y ser votadas. Una conquista histórica que no fue una concesión generosa del poder, sino el resultado de décadas de lucha, perseverancia y exigencia de igualdad.
Siete décadas después, México vive una circunstancia histórica: por primera vez una mujer ocupa la Presidencia de la República. Claudia Sheinbaum ha hecho de la expresión «Es tiempo de mujeres» una de las definiciones políticas más representativas de nuestro tiempo.
Sin embargo, cuando dirigimos la mirada hacia Michoacán y observamos el proceso sucesorio de 2027, surge una pregunta inevitable: ¿ese tiempo también ha llegado para las mujeres michoacanas?
La realidad política ofrece motivos para reflexionar.
En Morena, Carlos Torres Piña es ya Coordinador de la Defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía Nacional, una responsabilidad que lo coloca en el centro de la organización política del movimiento rumbo al próximo proceso electoral. En el PAN y el PRI, buena parte de las conversaciones sucesorias también parece desarrollarse alrededor de liderazgos masculinos.
Y, sin embargo, Michoacán cuenta con mujeres cuyas trayectorias merecen ser conocidas, reconocidas y consideradas con toda seriedad en cualquier discusión sobre el futuro del estado.
Un ejemplo particularmente relevante es Fabiola Alanís Sámano.
Economista formada en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, maestra en Ciencia Política por la Universidad Laval, de Canadá, y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma Metropolitana, Fabiola reúne una sólida preparación académica con una extensa experiencia en la vida pública.
Su trayectoria comprende la dirigencia partidista, la construcción de organizaciones políticas, la actividad legislativa y responsabilidades de alcance nacional.
Fue presidenta del PRD en Michoacán y participó en la fundación de Morena. En el Gobierno de México encabezó la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, después de desempeñar responsabilidades en el Instituto Nacional de las Mujeres.
Desde el Congreso michoacano ha ejercido la coordinación del grupo parlamentario de Morena y la presidencia de la Junta de Coordinación Política, espacios que demandan conocimiento legislativo, interlocución política, capacidad de negociación y conducción institucional.
No estamos frente a una trayectoria improvisada ni construida al amparo de una coyuntura electoral. Hablamos de una mujer que ha dedicado décadas a la actividad pública, que ha transitado por responsabilidades partidistas, legislativas y administrativas, y que ha vinculado una parte fundamental de su trabajo con la defensa de los derechos de las mujeres.
Su preparación, experiencia y responsabilidades constituyen credenciales que merecen reconocimiento, con independencia de las preferencias o definiciones que adopten las organizaciones políticas.
El caso de Fabiola invita a una reflexión más amplia: ¿qué lugar conceden los partidos a la experiencia acumulada por las mujeres cuando llega el momento de definir sus principales liderazgos?
La discusión, desde luego, no debe reducirse a una confrontación entre hombres y mujeres. El género no sustituye la preparación, ni la experiencia garantiza por sí sola el buen gobierno. Pero resulta igualmente equivocado ignorar las credenciales de las mujeres o someterlas a exigencias que no siempre se aplican con el mismo rigor a sus compañeros.
Hay, además, otra realidad que merece atención.
No todos los liderazgos femeninos provienen de los partidos políticos, de las universidades o de una larga carrera administrativa. Algunos han surgido desde la vida comunitaria, la defensa de causas sociales y, en ocasiones, de circunstancias personales profundamente dolorosas.
Son trayectorias distintas, que merecen ser comprendidas en sus propios términos.
La experiencia institucional aporta conocimientos y herramientas; la cercanía con las comunidades puede ofrecer otras perspectivas sobre los problemas públicos. Ninguna de esas cualidades debería idealizarse ni descartarse de antemano.
Michoacán necesita una conversación política capaz de superar los prejuicios, los intereses de grupo y las descalificaciones personales.
La inseguridad, la pobreza, las desigualdades regionales y la desconfianza hacia las instituciones requieren propuestas serias y liderazgos sometidos al escrutinio público, independientemente de su origen o género.
A 73 años del reconocimiento constitucional de los derechos políticos de las mujeres, la pregunta ya no es si tienen derecho a participar. Ese debate quedó resuelto hace mucho tiempo.
La cuestión es si las organizaciones políticas están dispuestas a reconocer plenamente sus trayectorias, abrir condiciones de competencia equitativas y comprender que los liderazgos no siempre nacen en los espacios tradicionales del poder.
Porque la historia tiene maneras inesperadas de abrirse camino. Y a veces los cambios que una sociedad espera llegan desde lugares y circunstancias que pocos habían imaginado.
¿Será que en Michoacán el tiempo de las mujeres terminará llegando con un sombrero puesto?
El tiempo lo dirá.




