De frente y de perfil
En septiembre pasado, un investigador generó gran polémica a nivel mundial al advertir que la inteligencia artificial podría provocar la extinción de la humanidad en menos de diez años. ¿Cómo podría esta tecnología representar una amenaza de tal magnitud? Existen dos escenarios particularmente preocupantes. El primero consiste en que personas, organizaciones o gobiernos utilicen modelos avanzados para facilitar el desarrollo de armas biológicas, virus peligrosamente infecciosos o ataques informáticos de gran escala. El segundo sería dotar a sistemas de inteligencia artificial de autonomía y acceso a internet, permitiéndoles ejecutar acciones sin supervisión humana constante. Conforme aumenten sus capacidades, estos agentes podrían llegar a comprometer infraestructuras críticas, sistemas financieros o redes de seguridad, siguiendo procesos de decisión difíciles de comprender y controlar por seres humanos. Sin minimizar estas advertencias, considero que existen otros riesgos mucho más cercanos, menos evidentes y de crítica importancia.
El primero consiste en la manera en que la tecnología modifica nuestros hábitos y debilita nuestra disposición a realizar actividades que requieren concentración y esfuerzo intelectual. Basta observar la interacción de las personas, particularmente niños y jóvenes, con los dispositivos electrónicos conectados a internet. En todas partes encontramos personas absortas en sus teléfonos celulares, recorriendo interminables secuencias de videos y publicaciones, en ocasiones con intensidad obsesiva. Las plataformas conocen perfectamente los mecanismos para fomentar su consumo compulsivo. TikTok, YouTube e Instagram, entre otras, utilizan algoritmos que identifican nuestras preferencias para ofrecernos contenidos capaces de retener nuestra atención durante el mayor tiempo posible. La preocupación tiene sustento científico: diversas investigaciones han encontrado asociaciones entre el uso excesivo de dispositivos digitales y las dificultades de atención, regulación emocional, aprendizaje y rendimiento académico.
Ahora imaginemos lo que ocurrirá cuando estas plataformas no solamente seleccionen contenidos según nuestros intereses, sino que puedan crearlos mediante inteligencia artificial en tiempo real. Videos, música e historias diseñados específicamente para satisfacer nuestras preferencias podrían perfeccionar todavía más los mecanismos que actualmente utilizan las empresas para mantenernos conectados. Una tecnología extraordinaria puesta al servicio de una actividad comercial cuyo éxito depende, precisamente, de consumir la mayor cantidad posible de nuestro tiempo y atención.
Existe otra consecuencia de la inteligencia artificial que considero todavía más preocupante: la posibilidad de que terminemos perdiendo el interés por desarrollar nuestras propias capacidades intelectuales. Y esto puede ocurrir por dos razones fundamentales: la conveniencia y el desánimo.
Hoy una persona sin los conocimientos que anteriormente resultaban indispensables puede obtener resultados de calidad profesional en las más diversas áreas del conocimiento y las artes. Actividades que antes requerían años de preparación pueden realizarse en una fracción del tiempo, con resultados sorprendentes, mediante instrucciones formuladas en lenguaje ordinario. En campos como el diseño gráfico, la producción musical, el análisis de documentos, la redacción y la investigación científica comienzan a reducirse las barreras que anteriormente hacían indispensable la intervención de especialistas. Tener acceso a herramientas que incrementan nuestra productividad o ayudan a mejorar nuestras capacidades es verdaderamente conveniente.
El peligro comienza cuando dejamos de razonar en el proceso. La programación, por ejemplo, puede terminar convirtiéndose en una sucesión de instrucciones a la inteligencia artificial y operaciones de copiar y pegar código que ni siquiera comprendemos. Algo semejante puede ocurrir cuando un abogado presenta una demanda sin verificar los argumentos jurídicos y los precedentes que la sustentan, o cuando un analista elabora un informe financiero sin comprender los cálculos ni los supuestos de los que parten sus conclusiones.
En todos estos casos podemos obtener un resultado sin haber realizado el esfuerzo intelectual necesario para comprenderlo. Aprender exige enfrentar dificultades, equivocarse, buscar alternativas y descubrir por qué algunas soluciones funcionan mientras otras fracasan. Ese proceso desarrolla nuestra capacidad de razonamiento. Si podemos evitarlo mediante una sencilla instrucción, ¿cuántos estaremos dispuestos a continuar realizándolo?
El segundo factor es el desánimo. Grandes realizaciones humanas han nacido del deseo de descubrir, crear y obtener el reconocimiento de nuestros semejantes. Recientemente, un galardonado matemático francés manifestó su frustración después de que un modelo de inteligencia artificial presentara soluciones a problemas matemáticos relacionados con investigaciones a las que había dedicado años de trabajo. Su reacción permite comprender una preocupación que trasciende las matemáticas: ¿qué motivación encontrará un investigador para dedicar años a resolver un problema que una máquina puede solucionar en minutos? ¿Qué ocurrirá con quienes han dedicado su vida a perfeccionar habilidades que ahora pueden ser reproducidas por sistemas artificiales en cuestión de segundos? La pérdida de empleos especializados es una preocupación legítima, pero también deberíamos preguntarnos qué sucede con la motivación de las personas cuando el conocimiento que tanto esfuerzo les costó adquirir comienza a perder su valor. Y más allá, ¿qué motivación tendrá quien pretenda prepararse profesionalmente si considera que deberá competir contra una inteligencia artificial cuyas capacidades difícilmente podrá igualar?
La conveniencia de obtener resultados sin necesidad de comprenderlos y el desaliento de considerar inútil nuestro esfuerzo podrían terminar conduciendo al mismo resultado: una sociedad progresivamente menos interesada en desarrollar sus propias capacidades. La inteligencia artificial es uno de los instrumentos más extraordinarios que haya creado la humanidad, pero su verdadero valor debería consistir en ayudarnos a pensar mejor, no en acostumbrarnos a que algo piense en nuestro lugar.
El mayor riesgo que presenta la inteligencia artificial no consiste en que algún día las máquinas desarrollen una inteligencia superior a la nuestra, sino en que los seres humanos terminemos perdiendo el interés por utilizar la propia.
Soy ingeniero en electrónica y comunicaciones egresado del Tecnológico de Monterrey, con maestría en administración de negocios y finanzas por la Universidad de Georgetown en Washington, DC. Trabajé en la Secretaría de Agricultura y en la Embajada de México en Estados Unidos. Fui director de empresas del sector financiero y socio fundador de la franquicia Quadratín Querétaro.




