La opción
Hablar de Independencia nacional y de su “conquista todos los días” en estas fechas de “festejos patrios”, de los que nos sentimos orgullosos, es algo irrelevante si no se le vincula, en el mismo sentido, con la soberanía. Ello, porque un Estado Nacional es libre e independiente cuando se rige a sí mismo, conforme a sus propios ordenamientos jurídicos, sin imposiciones extranjeras indebidas; es decir, cuando ejerce su soberanía en todo el territorio nacional de acuerdo con lo establecido en la Constitución General de la República y sus leyes reglamentarias.
¿Y todo esto qué significa? Por una parte, que, “en virtud de lo dispuesto por el artículo 133 (constitucional) el estado mexicano es soberano… desde el momento en que gracias a ese precepto, hay una primacía del derecho nacional sobre el internacional”, mientras que por otra parte “tal concepto está estrechamente vinculado al de poder político: …la soberanía pretende ser una racionalización jurídica del poder, en el sentido de transformar la fuerza en poder legítimo, el poder de hecho en poder de derecho”; es decir, "el Estado es un sujeto de derecho… que se impone regularmente a todos los poderes, organizados o no, que existen en el territorio… tiene que ser un poder de ordenación territorial de carácter supremo y exclusivo. El Estado es la organización normalmente más poderosa dentro de su territorio” (Elisur Arteaga en su excelente libro “Derecho Constitucional”, páginas 12 y 13, quien a su vez cita a Nicola Matteucci y a Herman Heller).
A la luz de los anteriores principios básicos de Derecho, cabe preguntarnos si el Estado Mexicano es realmente soberano y se está actuando con independencia, más allá del discurso oficialista, formalmente muy radical frente a las presiones del gobierno estadunidense, tradicionalmente muy intervencionista en nuestro país.
Lo cierto es que nuestra soberanía nacional está muy lastimada y severamente deteriorada porque durante todo el sexenio pasado, al mando de López Obrador, el Estado Nacional cedió a los grupos criminales el control de grandes franjas del territorio en importantes estados de la república. Con la estúpida divisa de “abrazos, no balazos”, el gobierno anterior compartió el monopolio de la fuerza y de la violencia legítima, así como el cobro de impuestos, con la delincuencia organizada, a cambio de recursos económicos y apoyo para ganar elecciones a favor de los candidatos de Morena en gubernaturas, presidencias municipales y diputaciones.
Esa es una traición a nuestra soberanía nacional que ha deteriorado el Estado de Derecho y nos ha colocado en una situación de peligrosa vulnerabilidad como país ante el gobierno de Trump, el cual acusa al gobierno mexicano de “alianzas intolerables” con las bandas criminales.
Los últimos escándalos de corrupción que involucran a altos mandos de la Marina en varias aduanas, así como a importantes políticos del partido gobernante, Morena, y a los hijos del expresidente, evidencian el tamaño y profundidad de la descomposición a la que nos llevaron quienes se ostentaron como los nuevos salvadores de la patria.
Los reconocibles golpes que recientemente ha dado el gobierno de Sheinbaum contra la delincuencia parecieran más una respuesta a las exigencias del gobierno de Estados Unidos y a una insoslayable demanda social que obedecer a una convicción de la presidenta, porque ella ha sido parte del obradorato, está convencida de ese proyecto y lo defiende, como lo hemos visto con la reforma judicial y lo seguimos viendo con su pretendida reforma electoral de carácter autoritario.
Veremos en los próximos días hasta dónde está dispuesta a llegar Claudia Sheinbaum en defensa de la independencia y la soberanía nacional para hacer valer el Estado de Derecho y fortalecernos internamente frente a las presiones de Trump.
Lo cierto es que con la captura del exsecretario de Seguridad Pública del entonces gobernador de Tabasco Adán Augusto López, en Paraguay, quedó claro ante el mundo entero que no hubo ni abrazos ni balazos, sino inteligencia policiaca y cooperación internacional. Es decir, lo que no se quiso hacer en el anterior sexenio.
Porque lo que está en juego seriamente es nuestra independencia y soberanía como Estado Nacional, que parece cada día más un Estado Fallido, un Estado corrupto, ya que, como dice Mauricio Merino en El Universal del 15 de septiembre, “la corrupción es la captura del Estado… y se expresa en el reparto de puestos… en el dinero y en el usufructo del poder político”. Todos deseamos que este infernal y degradante proceso termine ya.
Por lo pronto, no perdamos la fe.




