¿A quién pegan las tomas de la ciudad?
La permacultura es una palabra resultado de la contracción: “agricultura permanente”, o “cultura permanente”, fue en la década de los años setenta del siglo XX que David Holmgren y Bill Mollison utilizaron la palabra como concepto. Desde aquellos años, la permacultura se ha considerado como una de las posibles soluciones a las diversas crisis medioambientales, sociales y personales que vivimos (Guattari), por lo tanto, el concepto transita por varias vías, desde la agricultura sostenible, hasta la construcción de casas ecológicas y verdes, así como el aprovechamiento integral de los recursos naturales como fuente de energía.
La permacultura tiene tres principios éticos básicos, el cuidado de la tierra (Boff, Guattari), el cuidado de las personas (Toro, Boff, de Sousa) y la distribución de la riqueza justa. De esta manera, se logrará conservar el suelo, el bosque y el agua, además del cuidado de la persona y de los otros (los cercanos, los lejanos y los extraños y la tierra), por lo que se ha de procurar satisfacer las necesidades básicas a partir de los recursos existentes, es decir, una redistribución de la riqueza con justicia; una repartición justa, redistribuyen los excedentes, y los residuos deben reciclarse en el ecosistema.
La permacultura tiene doce principios, destacan el observar y actuar; captar y almacenar energía; obtener un rendimiento; aplicar la autorregulación y aceptar la retroalimentación; utilizar y valorar los recursos y servicios naturales; dejar de producir residuos; planificar desde los diseños hasta los detalles; integrar en vez de segregar; recurrir a soluciones lentas; valorar la diversidad; utilizar los bordes; así como, poner en valor lo marginal y responder adecuadamente al cambio.
Pero, cómo interactúa el sujeto permacultural y su derecho a un medio ambiente sano, ya que se conecta el sujeto y el derecho, ya que la permacultura no solo es un sistema de diseño ecológico sino constituye una filosofía que va en busca de la justicia social, la equidad y el bienestar colectivo.
La permacultura y los derechos humanos se basan en tres éticas; la primera ética es cuidar la tierra (el derecho a un medio ambiente sano) posicionamientos teóricos de Leonardo Boff, Félix Guattari, Irene Comins; la segunda ética es cuidar a las personas (derechos sociales; agua, salud, educación, alimentación, vivienda) en donde teóricos como Shiva Vandana, Leonardo Boff, Aldo Leopold, así como Humberto Toro; la tercera ética nos plantea la repartición justa, es decir limites al consumo y la redistribución justa (derecho al trabajo, a la propiedad, al uso responsable de los recursos) posiciones teóricas Boaventura de Sousa Santos, Guille Lopovertsky.
El sujeto permacultural es un defensor de derechos humanos, y es que, seamos claros, no solo cultiva la tierra, sino que promueve la soberanía alimentaria (derecho a alimentación sana y autónoma) cultivando sus semillas criollas y en muchos casos procesos agrícolas de saberes ancestrales; de igual manera resiste al extractivismo que viola derechos de comunidades indígenas y campesinas (Cherán y en general las comunidades originarias); por otro lado, realiza acciones vinculadas con la economía solidaria, evitando explotación laboral (DDHH laborales); pero además a través de la educación popular educa en sostenibilidad, garantizando el derecho a un futuro habitable, es decir, trabajar para esta generación y para las próximas generaciones.
La permacultura reviste un carácter interesante, derivado de los ejemplos que se pueden evaluar, entre ellos destaca, la agroecología como un derecho humano, a través de huertos comunitarios en ciudades para combatir el hambre; tecnologías apropiadas, como el contar con un sistema de captación de agua en zonas marginadas para contar con agua limpia; además de los movimientos sociales y sus luchas para conseguir nuevos derechos y positivarlos como derechoso humanos como lo plantea Enrique Dussel, un ejemplo de ello, la Red de Permacultura Latinoamericana trabaja con comunidades en resistencia a megaproyectos que violan los derechos humanos de las poblaciones originarias.
Pese a ello, nos debe quedar claro que, la permacultura encuentra conflictos y desafíos del modelo neoliberal y de hiperconsumo que vivimos, señalamos cuando menos algunos de estos desafíos: la permacultura cuestiona modelos que privatizan bienes comunes (agua, semillas, agroquímicos), en conflicto con corporaciones; algunos gobiernos criminalizan prácticas permaculturales, por ejemplo, la cosecha de agua de lluvia en zonas con legislación restrictiva. No obstante, también la permacultura rescata saberes ancestrales, vinculados a los derechos de los pueblos originarios.
A manera de conclusión, se busca en todo momento conseguir un hábitat afín a los principios de la permacultura y sus tipos, es decir, donde los seres humanos convivan en armonía con otras especies animales y vegetales. Las relaciones entre los diferentes elementos han de encontrarse también plenamente aseguradas, a modo de simbiosis. Los sistemas productivos deben igualmente nacer de esa interacción. Por eso, resultan fundamentales la planificación previa, la posterior implementación y el constante mantenimiento. Con el diseño permacultural, se busca no solo la productividad actual, sino también la del futuro.
Es así que, el sujeto permacultural se constituye como un actor político-ecológico que, al regenerar la Tierra y tejer comunidades resilientes, defiende derechos humanos fundamentales. Su enfoque demuestra que la crisis climática y social son inseparables, y que la sostenibilidad debe ser justa e inclusiva.




