México no tiene presidente
Conocí a Sebastián Lazos Morán en noviembre de 2024. Coincidimos como jurados de un concurso infantil organizado por la Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y el Arte A.C., que en el mes de Octubre del 2026, cumplirá 35 años apoyando al arte y artistas en todo el país. Aquel encuentro, más el amor a la pintura inició una amistad y una conversación que, tiempo después, llegaría hasta Contepec.
Sebastián nació el 17 de febrero de 1995 en la Ciudad de México y es originario del barrio de La Merced. Curiosamente, no pensaba ser pintor. Quería estudiar arquitectura ó física. Pero a los 15 años en la preparatoria, en una clase de historia del arte, descubrió a los surrealistas: Dalí, Leonora Carrington y Remedios Varo. Una obra lo detuvo especialmente: Papilla estelar, de Varo. “Se me hizo muy romántica y me encantó”, recuerda.
También estaba enamorado. Sebastián cuenta que aquella combinación entre el descubrimiento del arte y el enamoramiento terminó por impulsarlo. Un día de 2010, al salir de la preparatoria, compró acuarelas y pinceles y comenzó a pintar. Después llegó a su casa con una decisión tomada: ya no sería arquitecto. Sería pintor.
“La pintura es mi vida. O sea, lo es todo”.
Hay algo revelador en su manera de contar ese momento. Sebastián encontró en la pintura no solamente una profesión, sino un territorio de libertad. Un lugar donde podía construir sus propias reglas. Esa rebeldía lo acompañaría después en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, donde su experiencia no siempre fue sencilla. “Yo odié las escuelas de artes”. Sentía que buscaban encasillarlo cuando él quería encontrar una identidad propia.
Durante sus primeros años se consideró surrealista. Pero hacia 2016 comenzó a hacerse una pregunta fundamental: ¿por qué seguir pintando desde el contexto de otros artistas y de otro tiempo?, de ahí nació el Ciencismo.
“Yo ya estoy en otro contexto, entonces tengo que pintar lo que me está pasando en mi contexto”. Por lo cual, Sebastián comenzó a mirar hacia la genética, la biología, las matemáticas, la astronomía y la tecnología. Para él, los avances científicos no son asuntos alejados de nuestra vida cotidiana: forman parte de aquello que está definiendo nuestra época.
“La ciencia y la tecnología son lo que realmente define esta época”.
Ese diálogo también ha llegado a los muros de la UNAM. Sebastián recuerda haber realizado tres murales dentro de la Universidad. Uno se encuentra en el Instituto de Investigaciones en Materiales y mide dos por cuatro metros y medio; utilizó arena, vidrio, óleo, acrílico y ceras, buscando que los propios materiales formaran parte del lenguaje de la obra. Otro está en la Secretaría de Difusión Cultural de la Escuela Nacional Preparatoria y aborda la relación entre técnica, tecnología, ciencia y desarrollo humano. El tercero lo realizó para la Preparatoria 7 “Ezequiel A. Chávez”, la misma escuela donde comenzó a pintar.

Hay algo circular y profundamente humano en regresar con una pintura al lugar donde comenzó todo. Sebastián recuerda que en la preparatoria encontró maestros que le permitieron entrar como oyente a distintas clases y experimentar. El artista, afirma “Aprendí más en la prepa a pintar”.
Su búsqueda tiene también raíces familiares. Su bisabuelo, Rodolfo Lazos, fue pintor. Su abuelo, Roberto Lazos Velázquez, pintor y grabador, desarrolló obra relacionada con temas mexicanos, tradiciones, personajes y oficios. Su hermana, la doctora Alexis Talía Lazos Morán, ha sido fundamental en su acercamiento a la ciencia. Sebastián conversa con ella sobre anatomía, enfermedades y otros temas que después pueden convertirse en detonantes para sus pinturas. “Mi hermana es mi todo”.

Pero hay otra característica de Sebastián que reconozco, es un artista que comparte. Comparte lo que pinta, pero también aquello que investiga y aprende. Su trabajo no termina cuando coloca la última pincelada sobre una obra. Ha llevado sus ideas a conferencias y espacios donde el arte puede encontrarse con otras disciplinas. Para él, hablar de ciencia, pintura, tecnología o creatividad también significa abrir una puerta para que otros entren, pregunten y construyan sus propias respuestas.
Sebastián presentó en 2025 en el Museo Coronel Rivera, en Contepec, su exposición individual “En el país de las maravillas: Alicia o de la ciencia”, durante dos meses, celebrando sus más de quince años de trayectoria. Habló con los niños, explicó su trabajo, respondió preguntas y compartió con ellos su universo. Y quizá eso sea tan importante como una exposición: lograr que un niño descubra que la imaginación también es una manera de acercarse al conocimiento.
Sebastián conserva mucho de aquel niño que se describe a sí mismo como curioso, preguntón, rebelde, terco y necio. Con los años, aquellas características que alguna vez pudo considerar defectos terminaron convirtiéndose en herramientas para permanecer en el arte.

Cuando le pregunté qué consejo daría a los jóvenes que quieren convertirse en artistas, su respuesta fue natural: ser tercos, necios y obstinados. No abandonar los ideales y saber escuchar. Recomienda, investigar economía, política, ciencia, religión y otras disciplinas; ampliar la mirada y, sobre todo, practicar. “Es mejor tener una perspectiva más amplia que una limitada”.
Tal vez por eso Sebastián no entiende la creación como un territorio cerrado. El conocimiento que permanece guardado termina aislándose; cuando se comparte, puede despertar otras preguntas, otras imágenes y quizá nuevas vocaciones.
Sebastián Lazos Morán, pintor y artista, se autoafirma como él mismo y, al mismo tiempo, observa y forma parte de su época: tiempos de rápidos y desbordantes avances científicos, espaciales y genéticos, a los que el artista da voz a través del color y de universos donde los límites parecen extenderse hasta formar parte de las galaxias.
Porque un artista puede dejar cuadros, murales, exposiciones, largas trayectorias, pero también puede dejar algo menos visible y acaso más duradero: la curiosidad sembrada en otro ser humano.
Quizá algún niño de los que aquella tarde estuvieron frente a sus pinturas en el Museo Coronel Rivera vuelva algún día a preguntarse cómo funciona una estrella, qué secretos guarda el cuerpo humano o de qué manera podría pintar el universo.
Y entonces, sin saberlo, Sebastián habrá comenzado otra obra.




