Indicador político
Los pueblos originarios son la raíz profunda de nuestras sociedades. Mucho antes de la llegada de los genocidas colonizadores, ellos ya habitaban estas tierras, desarrollando culturas, lenguas, cosmovisiones y formas de vida que se sostenían en el respeto por la naturaleza, la llamada espiritualidad, la comunidad y el equilibrio, el modelo del buen vivir de los pueblos mesoamericanos. Hoy, a pesar de siglos de mecanismos de opresión, donde fueron sometidos, controlados y disciplinados, siguen existiendo, resistiendo y ofreciendo una visión distinta, rica y necesaria del mundo para la sostenibilidad del planeta, para esta generación y las próximas generaciones.
Durante la historia, las poblaciones originarias han sido sometidas a través de mecanismos de opresión, entre ellos, han sido invisibilizadas, despojadas de sus territorios, silenciadas en sus lenguas y negadas en sus derechos, aun y con las reformas de este siglo XXI a nuestra Constitución, continúan viviendo en procesos de exclusión y discriminación. Se les impuso una historia ajena, se les arrancó de sus raíces (ser, saber, el poder y el reconocerse como naturaleza) y muchas veces se las redujo a símbolos del pasado, cuando en realidad son parte activa del presente, porque están aquí, entre nosotros, son nuestros hermanos, pese a los actos que aún se viven de clasismo y racismo.
Su lucha por el reconocimiento de sus derechos no es una demanda aislada, sino una exigencia de justicia, dignidad y reparación de los daños que ha causado el modelo histórico del capitalismo, justamente expresaba el día de ayer entre mis alumnos maestrantes de la Maestría de Gestión Política, cuando revisamos la cuestión del poder en la reflexión de Enrique Dussel y su texto de las “20 políticas del poder”, la ética del poder y el proceso de liberación del Ejercito Zapatista de 1994.
Desde una mirada con sentido humano, es urgente cambiar la forma en que miramos a los pueblos originarios, una mirada como expresa Levinas en su libro Totalidad e infinito, hay que mirar el rostro y desde ahí construir el diálogo para atender las necesidades y es que, es importante que nos quede claro, no se trata solo de conmemorar un día al año, sino de escucharlos verdaderamente, de darles espacio en los medios, en la educación, en la salud, en su seguridad, en la política, en los espacios donde se decide el rumbo de nuestras sociedades, donde se toman las decisiones. Porque sus voces no solo traen memoria, también traen futuro y le dan sostenibilidad a ese futuro. Son guardianes del territorio, del agua, de los saberes ancestrales, y de formas de vivir que dialogan con la vida y no con la destrucción, porque ellos, no han permitido el individualismo ni el egoísmo que promueve el hiperconsumo y una vida líquida y si han trabajo en los procesos de comunalidad como lo expresa el antropólogo Jaime Martínez Luna, a quien tengo el gusto de conocer desde hace algunos años en la comunidad de Cheran, cuando ambos fuimos invitados por Rogelio Durán.
Con la reforma de 2024, se reconoce la pluriculturalidad, se reconoce a los pueblos originarios y su posicionamiento como sujetos de derecho público, de la gran diversidad, la pluralidad y la riqueza de nuestra identidad. Es admitir que no hay una sola manera de ver el mundo, y que el respeto a esa diversidad nos hace mejores como sociedad. También es una forma de sanar heridas históricas que todavía hoy se sienten: en la discriminación, en la pobreza, en la exclusión que muchos pueblos siguen enfrentando. Por eso, reitero como lo hacen pensadores críticos del giro decolonial: Enrique Dussel, Aníbal Quijano, Ramón Grosfogel, María Lugones, Boaventura de Sousa Santos, Rita Segato, que visibilizar el Día de los Pueblos Originarios no debe ser solo un acto simbólico, sino un compromiso con la verdad, la justicia y la transformación social. Debemos educarnos, sensibilizarnos y actuar para que sus derechos no sigan siendo vulnerados, y para que su existencia no solo sea reconocida, sino celebrada como parte esencial de lo que somos.
Agradezco a personas que tienen un mandato de paz y construcción de diálogo en la maestra Verónica Reyes, Edith Landa, Sergio Omar García que se encuentran al pendiente de nuestras realidad y atendiendo y trabajando con personas originarias y afromexicanas en la región Sierra-Costa de Michoacán, o bien en la zona Lacustre del Lago de Pátzcuaro como es el caso de Sandra Simón de San Andrés Purenchecuaro, Quiroga, pero igualmente a la maestra Elia Macario de la isla de Jarácuaro, así como a Reinaldo Lucas, de la población de Santa Fe de la Laguna, todos ellos, líderes sociales. También a mis amigos defensores de derechos humanos de población originaria de San Francisco Pichátaro, Rosauro Arriaga, así como a Mago; además de Levi Cortes y Elsy Cortes, de Erongarícuaro. En el oriente de Michoacán mi amiga la licenciada Alberta, trabajando con comunidades originarias en Zitácuaro.
También como lo viene realizando Nayeli Leonardo, siempre abanderando causas de la disidencia sexual en la zona de la meseta Purépecha, principalmente en el municipio de los Reyes. Así como a mis amigos Pedro Cantú, y desde luego mi estimada amiga Queta Cerano, quienes de manera frontal siempre están en la defensa y reconocimiento de los derechos humanos de las personas originarias.
Desde el servicio público, también observo el trabajo realizado por la senadora Celeste Ascencio, quien es la presidenta de la comisión legislativa de Derechos Humanos del Senado de la República y esta trabajando para fortalecer las estrategias de atención para una vida libre de violencia de las mujeres y niñas y adolescentes de las comunidades originarias. Foto Casa Mazot, en Zitácuaro, mujeres Mazahuas y Otomís.