Descomplicado
La reforma electoral en la que insisten la presidenta Sheinbaum y la cúpula de Morena tiene el mismo sello que las realizadas por Nicolás Maduro como presidente de Venezuela para mantenerse en el poder indefinidamente: dirigir el poder legislativo, primero, asaltar después el poder judicial para imponer incondicionales, y culminar con el control directo de los órganos electorales, al mismo tiempo que se paraliza al máximo posible a las oposiciones.
Los dos primeros pasos ya los efectuaron y ahora van decididamente a concretar el tercero para que en el 2027 y 2030, pase lo que pase, gane o pierda la actual coalición gobernante, salgan declarando que triunfaron contundentemente, como lo hizo Nicolás Maduro en la última elección presidencial en la que la oposición demostró con actas que obtuvo el 75% de los votos.
Cierto que así lo hizo el viejo PRI durante varios años, pero desde 1977 y destacadamente a partir de la reforma electoral de 1996 (de la que yo forme parte) y que contó con la aprobación unánime de todas las fuerzas políticas (incluido el PRI en el poder), se pudo contar con un órgano electoral autónomo e independiente del gobierno, dando así pasos decisivos en la transición a la democracia, misma que trajo certeza en los resultados y acabó con los fraudes electorales. Como resultado de ese proceso, Fox ganó las elecciones del año 2000 y, 18 años después, López Obrador llegó a la Presidencia de la República.
Sin un órgano electoral autónomo e independiente, como lo fue el IFE (ahora INE), eso jamás hubiera sucedido, pero ese era el sentido en el que México anhelaba caminar y transitaba, no sin sobresaltos.
Sin embargo, precisamente desde el 2018, estamos padeciendo preocupantes regresiones autoritarias, las que, bajo el argumento de “combatir el neoliberalismo” y de “evitar el regreso de la derecha al poder”, han significado el desmantelamiento de todas las instituciones propias de una república democrática, procediendo a la concentración del poder en una sola persona (López Obrador primero y Claudia Sheinbaum ahora), alimentando un clima político de abierta y peligrosa confrontación y descalificación contra todos los opositores, sean partidos políticos, opinadores o medios de comunicación críticos al oficialismo.
Por si eso fuera poco, tenemos una creciente presión estadounidense para que el gobierno de Sheinbaum le entregue a Trump “cabezas mayores” de los narcopolíticos de Morena que se han aliado con los grupos del crimen organizado para ganar elecciones, léase Sinaloa, Michoacán, Guerrero, Zacatecas y Tamaulipas (para no mencionar a AMLO como jefe de esa pandilla delictiva).
Después de lo sucedido en Venezuela, la presión de Trump se ha acrecentado, en medio de lo cual surgen voces desde Morena que claman “por la unidad nacional en torno a Claudia para defender a México”. Sheinbaum, en lugar de entender que sí vivimos una emergencia nacional, ha decidido continuar en la lógica obradorista de la polarización, vía la descalificación a sus críticos, a la oposición, “a la derecha”. Y como bien lo han subrayado varios prestigiados analistas, sin conciliación interna, fruto del diálogo constructivo hoy inexistente, no podrá haber jamás ningún acuerdo de unidad con esta presidenta.
No sólo eso. Ella insiste en sacar a como dé lugar una reforma electoral que conduzca al aniquilamiento de la autonomía e independencia del INE, a la reducción del papel de los partidos opositores y eliminar su legítima representación en el legislativo, con el falso argumento de que las elecciones cuestan mucho y que “los plurinominales no representan al pueblo” (por cierto, Monreal y Adán Augusto, entre muchos otros, son pluris).
Y digo “falso argumento” porque ellos siguen solapando la corrupción por la vía del “huachicol fiscal” (que le costó al país 600 mil millones de pesos) y de las inútiles obras faraónicas de estos gobiernos, entre muchos otros escándalos; además, a nadie han metido a la cárcel pese a pruebas presentadas y continúan protegiendo a narcogobernadores al mismo tiempo que se sigue perdiendo soberanía al facilitar que los grupos delictivos controlen cada día más territorios.
¿A caso nos daremos por vencidos y ya no hay nada por hacer? Ojalá y que, con la urgencia que la situación lo exige, se pueda conformar un gran movimiento social y político para evitar esta contrareforma, que podría ser el último clavo sobre el ataúd de la democracia y que haría de México una dictadura estilo Maduro en Venezuela. Urge que conformemos una iniciativa para recuperar la república democrática, que sume a liderazgos de la sociedad civil, empresarios y dirigentes políticos.




