Descomplicado
Comencemos por un hecho: México tiene a una de las presidentas mejor evaluadas del mundo. Y no lo digo yo; lo reflejan distintas encuestas internacionales.
En pleno siglo XXI, en este mayo de 2026, el machismo sigue siendo una realidad palpable en gran parte del mundo. Más aún cuando, a lo largo de la historia del continente americano, sólo ocho mujeres han logrado llegar a la Presidencia de sus países.
Ojalá pudiéramos comprender, como humanidad, que el género es únicamente una diferencia biológica, ni más ni menos. Y es precisamente ahí donde muchas mujeres feministas alzamos la voz para visibilizar la violencia que se ejerce contra nuestra máxima lideresa por el simple hecho de ser mujer.
Anticipadamente, sé lo que muchas personas dirán al leer esta columna: “Ahora resulta que por ser mujer no se le puede decir nada” o “si quería ser presidenta, debía asumir las consecuencias”.
Pero ese no es el punto.
Como escribió Sor Juana Inés de la Cruz: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…”
Regresemos a enero de 2026, cuando fue detenido Nicolás Maduro. Días después, María Corina Machado entregó un galardón en derechos humanos a Donald Trump, uno de los personajes más cuestionados por sus posturas antiderechos en la política contemporánea.
Mientras tanto, en México comenzaron a ocurrir hechos que no parecen aislados. Primero fue Michoacán, el primero de noviembre, cuando las redes sociales se conmocionaron por un personaje hasta entonces desconocido. Después Chihuahua, con el hallazgo de dos presuntos agentes vinculados a la CIA. Y ahora Sinaloa, con un listado de nueve personas presuntamente relacionadas con el narcotráfico.
Lo cierto es que tanto Andrés Manuel López Obrador como Claudia Sheinbaum han sostenido una lucha pública contra la corrupción y en defensa de la soberanía nacional. Por eso, independientemente de partidos políticos, quienes estamos en el servicio público debemos responderle al pueblo que nos eligió y rendir cuentas.
Si alguien es culpable o no, debe determinarse a partir de pruebas y de las acciones concretas de cada persona, no por intereses políticos o presiones externas. Como bien me decía mi papá: “Celeste, ya eres grande y responsable de lo que haces”.
Y aquí también vale una reflexión: las cosas ya no son como antes. La frase “no somos iguales” hoy cobra más sentido que nunca.
Porque lo que sí queda claro es que no podemos permitir el injerencismo de gobiernos extranjeros. Debe existir cooperación, sí, pero siempre con respeto, pruebas y soberanía.
Y esto ocurre en medio de otros acontecimientos polémicos: lo sucedido con la gobernadora de Baja California; el caso de un hombre que disparó en Teotihuacán con acento español; o las declaraciones posteriores de Isabel Díaz Ayuso, quien afirmó que Hernán Cortés “descubrió México”, negándose a reconocer el saqueo, la violencia y las atrocidades cometidas durante la Conquista. Acciones que, vistas desde los estándares modernos de derechos humanos, serían condenadas severamente.
La historia demuestra que, desde el siglo XIX, Estados Unidos ha buscado influir política y económicamente sobre México. La razón es evidente: nuestro país posee recursos estratégicos que muchas potencias desean controlar, como petróleo, litio, agua y minerales.
Durante décadas, muchos gobernantes mexicanos actuaron subordinados a los intereses de Washington. Hoy el escenario es distinto: el pueblo está al frente y se encuentra representado en un proyecto político encabezado por Claudia Sheinbaum. Por eso ya no pueden imponernos condiciones como antes.
Ahora la relación debe construirse con cooperación y coordinación, pero nunca más desde la subordinación.
En conclusión, la Cuarta Transformación defiende un país libre, soberano y con justicia social. De ahí que distintos sectores impulsen movilizaciones y exigencias de rendición de cuentas frente a cualquier acto que consideren contrario a los intereses de la patria.




