Indicador político
El contexto y significado negativo que se le ha asignado a la palabra populismo, ha generado una especie de dogma construida maliciosamente bajo dos premisas; que las personas que más tienen son injustamente utilizadas como instrumento para generar beneficios a la clase pobre y, que ser pobre obedece primordialmente a una elección negligente de estos mismos.
La utilidad del término ha sido explotado atacándolo sistemáticamente, descalificándolo como oportunismo político absurdo e inequitativo, así como para captar simpatía de un grupo importante en la sociedad, aquella, que se encuentra en la denominada clase económica media y alta, así como a quienes sin serlo, tienen la falsa idea de pertenecer a estas.
La retórica impacta, apasiona y conquista, pero ¿Cuáles son los temas en que debería estar basada la plataforma de cualquier político actualmente?, ¿no acaso debería ser primordial el interés en generar estrategias que permitan el acceso a oportunidades de personas y en especial de aquellas más pobres, desprotegidas y/o vulnerables?, ¿No deberían preocuparse por prevenir y erradicar los abusos del poder, consagrando las libertades, la seguridad, la propiedad y la igualdad como ejes principales y trasversales de cualquier actividad pública?
Los tiempos actuales peculiares y extraordinarios pueden provocar la postulación electoral y elección de candidatos como en una especie de proceso de patentes y/o concesiones de un circulo muy cerrado, donde quedan más que nunca relegados los ideales, las propuestas y los principios, poniendo en jaque la incipiente democracia efectiva en México, al no considerar a las clases más pobres una máxima prioridad que debe interesar a la colectividad, por los efectos indirectos benéficos para todas las personas que integran la sociedad.
En palabras de Luigi Ferrajolí en su obra “Poderes Salvajes. La crisis de la democracia constitucional”, la democracia implica dos dimensiones; una formal que busca regular los procedimientos para identificar y ejercer la voluntad del pueblo, y otra sustancial integrada por derechos fundamentales, que la nutre, ya que resguarda las necesidades y libertades de cada uno de sus integrantes basadas en la dignidad humana, pero al mismo tiempo privilegia a los más débiles, así como limita las decisiones populares de mayorías cuando conllevan a excluir o segregar a los desprotegidos.
Utilizando la perspectiva anteriormente descrita, pareciera que nos encontramos en el momento más complejo respecto al ejercicio de la democracia sustancial, en el que existe mínimo o nulo contenido; pero tampoco parece ser exigido, trasladándonos más bien a ejercicios estériles que buscan popularidad y simpatía, pero sin principios o fundamentos, y al mismo tiempo una población cada vez más complaciente, superficial, apática o negligente. El término populismo entonces, cobra importancia.
Pero, que acaso ¿No debería priorizarse mediante acciones y políticas de gobierno, que la niñez y los jóvenes reciban acceso no solo a educación, sino a una de calidad?, ¿No se considera fundamental reforzar el respeto a los grupos históricamente desprotegidos, evitando la discriminación y garantizando el ejercicio de presupuestos incluyentes? ¿no se debería comprometer a una lucha frontal en favor de los derechos de las mujeres desde un plano de igualdad sustantiva, sin discriminación y violencia de género? ¿no deberían velar porque los trabajadores tuvieran una verdadera voz, a través de su unión y con esto proteger sus derechos y ser exigidos en desarrollar la eficiencia que demandan las necesidades contemporáneas?
¿No deberían impulsar mecanismos que permitan una recaudación equitativa de impuestos, permitiendo que aquellos que se beneficiaron más de las oportunidades ofrecidas por la sociedad, paguen proporcionalmente en aras de permitir que personas menos afortunadas tengan acceso a lo básico, ¿no deberían ocuparse en impedir que personas y/o empresas aprovechándose de tecnicismos legales evadan el pago de obligaciones fiscales a través de equipos de abogados y contadores que la mayoría de ciudadanos no tienen?, ¿No tendría que ser ferio defensor de la necesidad de la transparencia en el uso y ejercicio de recurso públicos como eje fundamental del sistema democrático de rendición de cuentas?
¿Cuántas personas se ocupan en llegar a una posición política como un fin en sí, y no un medio para mejorar las condiciones de la población? La democracia formal parece funcional, pero aquella sustancial diseñada por Ferrajolí pareciera quedar prácticamente en el olvido, o bien relativizada de tal manera que resulta inexistente.
Acaso una persona que nunca se ha preocupado por las clases desprotegidas y vulnerables, por la infancia, por la violencia en todas sus expresiones, por la pobreza, por la justicia social, por el acceso a la salud, en algún momento; por ejemplo, al ser elegido a un cargo de elección popular, ¿comenzara a hacerlo? Sera que generar posturas controvertidas en un periodo de elecciones para ganar votos ¿es un acto valiente o más bien cínico?
Quienes obtengan cargos de elección popular deberían estar condicionados a sus propuestas de campaña, la sociedad es responsable de castigar y despreciar el oportunismo político. Reconsiderar el populismo como la preocupación sincera de mejorar las condiciones de vida y acceso a oportunidades para todas las personas que integran el país, validando la necesidad de fomentar el impulso a quienes tienen menos, como el motor de una sociedad más justa y equitativa pero además con beneficios indirectos para todas las personas que la integran entonces no resulta absurdo.
Las anteriores son solo algunas preguntas y razonamientos que lamentablemente visibilizan un precario proceso democrático que debería estar ya superado; lo preocupante es que las estrategias para lograr verdaderos cambios quedan en el después, probablemente en el nunca.