Indicador político
El problema de hablar mucho hace inevitable el error. En el poder el acierto importa menos que el resbalón; a veces un natural traspié, otras veces, delator de un estado de ánimo impropio o de una idea inconveniente. El populismo o el autoritarismo con adhesión social requieren de propaganda y de un protagonismo verbal de quien es su referente. Sucede en todas partes. Ya se ha dicho, la mesura o la prudencia cayó en desuso. Lo de ahora son las palabras y es tal el abuso de éstas, como Trump, el hombre más poderoso del mundo, que se vuelven tan irrelevantes que dejan de ser tomadas en serio.
Los actuales políticos debieran aprender de la institución milenaria con más influencia, la Iglesia Católica. La palabra se abre camino con cuidado a grado tal que el latín había sido refugio hasta que la necesidad de comunicar propia de la modernidad, la alcanzó. Los curas a lo largo de la jerarquía tienen claridad del valor de la palabra y bien se sabe que, así como redime, el descuido condena.
En su visita a Sinaloa, la presidenta Sheinbaum dejó pasar la oportunidad para definir los términos de la responsabilidad del Estado mexicano frente a la violencia y el crimen. Una oportunidad para ella, para Sinaloa y para el país por todo lo que ha sucedido y la tempestad que se hizo presente con el frustrado regreso del gobernador Rocha Moya. Las palabras de la presidenta exhibieron dos cosas sumamente delicadas: su validación a la pax narca y su deriva antinorteamericana. Ésta ya es costumbre y ratifica la tesis del líder moral: los yanquis alteraron la santa paz de la aldea con su injerencismo (sic).
La vena antinorteamericana le orilla a validar, una vez más, lo que no ha sido probado, incluso desmentido de diversas maneras por las autoridades norteamericanas: que la sustracción o secuestro de El Mayo Zambada fue promovido y diseñado por una agencia norteamericana. Las pruebas de la presidenta son endebles: que el avión del traslado fue a parar a un museo del FBI. Exhibirlo no es prueba; además, después de algún tiempo se comprobó que el piloto era mexicano, al servicio de los Chapitos y para colmo, fue enviado a EU con aprobación del Gabinete de Seguridad, después de estar detenido en México.
La violencia explícita y visible cobró fuerza con el secuestro de El Mayo y disparó la disputa entre dos facciones del cártel más poderoso del mundo. Antes, en octubre de 2019, Culiacán se vistió de sangre y fuego en el operativo frustrado de detención de Ovidio Guzmán. Se entiende que el presidente López Obrador, quien vio en el narco una variable más en el horizonte de la negociación política, al recuperar la tranquilidad después de lo ocurrido con el hijo de El Chapo Guzmán se sintiera ratificado en su convicción de los abrazos no balazos que, para efectos prácticos, representó un elogio a la pax narca.
Efectivamente, antes del secuestro de El Mayo, Sinaloa vivía una convivencia y coexistencia social, económica y política entre las autoridades y el narcotráfico. Violencia implícita, administrada por un Estado ausente, pero a la vuelta de la esquina. El secuestro lo describe: el narco mayor acompañado de su ahijado (hijo del otro narco mayor detenido en EU) como mediador para resolver una diferencia política por el control de la universidad estatal entre un diputado federal exrector y un gobernador, también exrector. Sólo faltaba el señor obispo o un prominente empresario para atestiguar el acuerdo. No se necesita probar que el gobernador no se presentó, suficiente la convicción de El Mayo de que estaría presente, lo que quiere decir que era práctica o al menos ya había sucedido.
Hay un tercer elemento en las palabras de la presidenta Sheinbaum que se refiere al futuro, no al presente ni al pasado: su vehemente interpelación a la soberanía nacional con un doble efecto: votar por Morena es hacerlo por México si no es traición a la patria, terreno propio de los opositores que van al extranjero a buscar, como los conservadores del siglo XIX, el apoyo que el pueblo mexicano les negaba.
Segundo, la defensa de Rocha Moya y coacusados, más los que vengan de Sinaloa o de cualquier otra parte se inscribe en esta disputa. No importan la ley, el tratado ni las pruebas. El país está de por medio. La extradición significa un ardid del enemigo extranjero que a nadie engaña. Para el régimen Entregar a Rocha Moya es ceder soberanía nacional.




