Teléfono rojo
Las marchas 2026 del Orgullo LGBTTTIQ+ realizadas en Pátzcuaro, Uruapan y Tacámbaro reflejan tres realidades distintas, pero profundamente complementarias. Sostengo que no deben medirse únicamente por el número de asistentes, sino por el significado político, social y cultural que representa que las personas de la diversidad sexual ocupen y se apropien el espacio público con dignidad, libertad y esperanza, ejercicio de sus derechos humanos para un trato digno.
En Pátzcuaro se llevó a cabo la sexta Caminata del Orgullo y a la cual asistí en mi condición de ciudadano, recipiendario de la Presea Vasco de Quiroga y además como Fiscal Especializado en Materia de Derechos Humanos y Libertad de Expresión. Aunque el contingente fue reducido, su presencia tuvo un profundo valor simbólico. En un Pueblo Mágico de reconocimiento internacional, cuya identidad cultural e histórica constituye uno de los principales referentes de Michoacán y de México, caminar con los colores de la diversidad significa resignificar el espacio público como un espacio diverso donde nadie queda atrás, nadie queda afuera, todos en la centralidad del mismo generando respuesta a la opresión, las ideologías y la violencia. Significa afirmar que la historia, la cultura y el patrimonio también pertenecen a quienes durante mucho tiempo fueron invisibilizados; que nos quede claro significa comunidad, significa territorio, porque en el vivimos y en el generamos nuestro proyecto de vida, de derecho al libre desarrollo de la personalidad.
La participación institucional de la Secretaría de Salud y de la Fiscalía General del Estado, a través de la Fiscalía Especializada en Materia de Derechos Humanos y Libertad de Expresión, representa un mensaje relevante: la protección de los derechos humanos no puede depender únicamente del activismo social, sino que requiere instituciones comprometidas con la igualdad, la no discriminación y el acceso efectivo a la justicia.
Por su parte, Tacámbaro vivió igualmente una marcha de dimensiones modestas, pero con un enorme significado comunitario, estuvieron ahí los que comprendieron que era importante tomar el espacio público y generar un proyecto de visibilidad y lucha contra la opresión. Y es que, nos quede claro, que en municipios donde las relaciones sociales suelen ser más cercanas y las normas culturales más conservadoras, hacer visible la diversidad implica desafiar estigmas, romper silencios y abrir espacios para nuevas formas de convivencia. Cada persona que decidió marchar realizó un acto de valentía cívica y se asumen como constituyentes de un proceso social que ya permea a todo Michoacán.
En contraste, Uruapan mostró una expresión consolidada del movimiento que se ha venido construyendo entre sociedad civil organizada sexodiversa y las autoridades municipales. Un contingente numeroso, organizado y acompañado por el Gobierno Municipal permitió observar cómo la colaboración entre sociedad civil e instituciones puede traducirse en mejores condiciones para el ejercicio de los derechos. La participación responsable de diversas dependencias y de servidoras y servidores públicos envía un mensaje importante: el Estado tiene la obligación de garantizar que todas las personas puedan ejercer sus libertades en condiciones de seguridad, respeto e igualdad.
Las tres marchas comparten una misma convicción: el orgullo no constituye un privilegio. El orgullo surge como respuesta a siglos de discriminación, criminalización, exclusión y violencia. Es una forma de reivindicar la dignidad humana frente a las estructuras sociales que históricamente negaron derechos a las personas por su orientación sexual, identidad o expresión de género.
Pese a ello, el verdadero desafío comienza cuando termina la marcha, porque el orgullo no puede reducirse a una celebración anual ni a una agenda exclusivamente simbólica. Debe convertirse en agendas sociales y empujar procesos para convertirlas en políticas públicas permanentes que garanticen educación libre de discriminación, acceso igualitario a la salud, oportunidades laborales, investigación y sanción de los crímenes de odio, atención integral a las personas trans y mecanismos eficaces para prevenir todas las formas de violencia, así como el trabajo para la participación política, es decir, medir el índice de inclusión de la comunidad sexodiversa en la progresividad de los derechos humanos.
Por otro lado, me parece importante reconocer el significado de que perfiles destacados de la vida pública, académica, cultural, artística, institucional y social de Michoacán decidan acompañar estas movilizaciones. Su presencia no representa un acto de protagonismo; constituye un ejercicio de responsabilidad pública. Cuando personas con reconocimiento social participan en favor de la igualdad, contribuyen a desmontar prejuicios, legitimar el diálogo horizontal y enviar un mensaje de respaldo a quienes todavía viven con miedo al rechazo, dicho de otra manera con mecanismos de opresión.
No obstante, esa participación también conlleva una responsabilidad ética: transformar la solidaridad expresada en las calles en acciones concretas que impulsen cambios institucionales y culturales. La visibilidad debe traducirse en incidencia, la representación en marcos normativos, formación ética de servidores públicos, protocolos de actuación y políticas públicas y el acompañamiento en compromisos verificables, transparencia y rendición de cuentas, sobre todo en la participación política.
En ese sentido, resulta pertinente fortalecer el involucramiento de los gobiernos municipales, particularmente en Pátzcuaro y Tacámbaro. Su participación no debe limitarse a facilitar recorridos o brindar seguridad; puede convertirse en un eje para promover campañas permanentes de sensibilización, formación en derechos humanos, prevención de la discriminación, fortalecimiento de los servicios públicos y creación de espacios seguros para las poblaciones de la diversidad sexual.
La construcción de una cultura de paz exige reconocer que la diversidad no amenaza la cohesión social; por el contrario, la fortalece; de ahí la importancia de trabajar en la quinta generación de paces, la paz diversa. Las sociedades que se construyen en democracia no se distinguen por la ausencia de diferencias, sino por su capacidad para garantizar que todas las personas puedan vivir con libertad, igualdad y dignidad.
Las marchas de Pátzcuaro, Uruapan y Tacámbaro dejan una enseñanza común: ocupar el espacio público es ejercer ciudadanía. Cada paso representa la afirmación de que ninguna persona debe ser excluida por ser quien es. El orgullo, entonces, no es el punto de llegada; es el punto de partida para construir un Michoacán donde el respeto, la tolerancia y la inclusión dejen de ser consignas y se conviertan en una realidad cotidiana; reitero mi posicionamiento como miembro de la comunidad sexodiversa, el orgullo no es privilegio es respuesta a la opresión, ideologías y violencias que se viven de manera recurrente.
Gracias Emilio y Erika de Vida de Perro. Gracias Gabriel Argenis, gracias Juan Luis Contreras, así como a Nestor Cedillo Huerta, quien de manera colaborativa ayudo a estos trabajos de análisis desde Uruapan. Gracias a todos, todas, todes, los que hacen posible el proyecto más importante de la humanidad, el respeto a la vida como lucha social.




