Al derecho y al revés
Hace unos días, el mundo entero fue testigo del atentado más infame del que se tenga memoria en la historia moderna de la que ha sido considerada “la democracia”, la democracia norteamericana. La irrupción violenta del pasado 6 de enero por simpatizantes del todavía presidente Donald Trump al Capitolio; es la expresión de un proceso de devaluación democrática, que no surgió de manera fortuita o espontánea, sino de un proceso progresivo y degenerativo que daña “desde adentro” las entrañas del sistema democrático.
Del mismo modo que desde el ámbito de la economía se utiliza el término devaluación, en referencia a la pérdida del valor de la moneda frente a otra extranjera y casi siempre asociado a momentos de crisis, en buena parte de los sistemas democráticos, principios y valores como la legalidad, el pluralismo y la deliberación, por mencionar algunos, no sólo han sido desestimados sino también remplazados por sus antípodas como la conducta pública orientada por las convicciones personales o el estilo personal, las visiones univocas en las que no hay cabida para la diferencia y por lo tanto, tampoco para el debate.
La intolerancia es sin duda un claro reflejo de este fenómeno de devaluación, que anula la acción política del otro, anulando con ello su propia existencia política, pues ahí donde no hay los “otros” como lo definiría la filósofa política Hannah Arendt no existe la esfera pública, no existe la política. Pero aún más peligroso, es cuando la intolerancia proviene del poder mismo, si bien envestido de la legitimidad de las mayorías, no es un cheque en blanco para deslegitimar o impulsar la eliminación de las minorías.
Por el contrario, reconocer y salvaguardarlas constituye una pieza clave en la permanencia del juego democrático, sin la cual, se cierra la posibilidad de que estas puedan eventualmente acceder al poder. Cosa menor, sí como se suele argumentar ésta es una minoría dañina, corrupta y movida por intereses contrarios al bienestar social; sin embargo, aun cuando lo fueran, cerrarles la puerta es dilapidar la democracia misma. Justo en este temor, el de la tiranía de las mayorías está fundado el diseño institucional nortemericano, de pesos y contrapesos a fin de que las pasiones e intereses fueran atemperados por los mecanismos constitucionales; que tal como observamos incluso ahí en democracias de larga tradición pueden verse tambalear.
Lo sucedido en el país vecino no debe ni puede explicarse sólo desde la mera presencia “populista” y su perniciosa conducta autocrática, manipuladora, polarizante, contraria a las leyes y la Constitución. Sino de un proceso más complejo, en el que son coparticipes también los otros, los que le antecedieron en el poder, los omisos, los intelectuales complacientes, los medios de comunicación, los poderes económicos preponderantes, que en su conjunto colocaron los ingredientes uno a uno, de la indignación y la desvaloración de lo que había sido símbolo de orgullo para el mundo occidental; el triunfo de la democracia liberal sobre los regímenes totalitarios.
Si bien no es reciente el desencanto democrático, el cuestionamiento a sus instituciones y la desafección ciudadana, basada en los resultados de gobiernos corruptos y sociedades cada vez más desiguales, ésta llegó en países como el nuestro, incluso antes de que la democracia como valor permeara en la sociedad y en la clase política más allá del mero acto de votar y del camino para acceder al poder.
En este proceso, desde luego no puede desestimarse el surgimiento de liderazgos antisistémicos, lo mismo de izquierda que de derecha, que más pronto que tarde, han incitado la descalificación e incluso provocado el declive institucional, logrando con ello capitalizar las promesas incumplidas.
En el caso mexicano, el ataque desde el poder a la autonomía de las instituciones de organismos como la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el Instituto Nacional de Trasparencia y Protección de Datos Personales o el Instituto Nacional Electoral, son un claro ejemplo de este proceso de devaluación, de aquellos que en el pasado fueron considerados logros de las demandas democratizadoras. Y cuyo funcionamiento, si bien puede contar con innumerables episodios controvertibles e incluso abiertamente contrarios al objetivo que dicen defender, absorber o devolver al gobierno sus funciones sería un gancho directo al avance democrático.
Otro botón de muestra, se aprecia en la no aceptación de la derrota por quienes asintiendo las reglas de origen del juego, acusan de fraude o no reconocen el triunfo de quien ha sido declarado ganador, nuestro ejemplo más cercano en Michoacán lo protagonizó el Senador Cristóbal Arias, quien incluso días antes de que la dirigencia nacional de Morena designara a Raúl Morón como su candidato, dijo no aceptar ni respaldar otro candidato que no fuera él; hoy después de iracundos discursos, es como bien sabemos el candidato a la gubernatura por el partido Fuerza Social.
Este proceso degenerativo por el que atraviesan nuestras democracias no es imparable, la respuesta aunque parece simple sigue estando en el control de la ciudadanía, en la cultura democrática, en la participación electoral pero no reducida a esta. Porque incluso ahí donde los ciudadanos han votado como castigo, con hartazgo e indignación, siempre que logremos preservar y desde luego mejorar las instituciones y las reglas mínimas democráticas, a la vuelta del siguiente proceso electoral tendremos también la posibilidad de redireccionar el rumbo, incluso de esas otras epidemias, que bien nos recuerda Peter Sloterdijk; las epidemias políticas.
Notas: La ruptura en Morena con la presencia del Senador Arias en la boleta electoral, es una buena bocanada de aire para la Alianza PRD-PRI-PAN que abandera Carlos Herrera; de estos dependerá la posibilidad de capitalizarlo.
Con la nominación inminente de Alfonso Martínez como candidato a la presidencia municipal de nuestra capital Morelia por la misma Alianza, este se suma a la lista de personajes como Pedro Kumamoto en Jalisco, al evidenciar el fracaso de los independientes, figura electoral que se agotó en menos de una década. Pero ese será tema de otra columna.




