La opción
El caos municipal, futurista ciego
Son calles donde los baches se multiplican como cicatrices abiertas, es el drenaje saturado que cede, pestilente, las luminarias urbanas son ojos ciegos que no dan luz en el camino; la red del transporte se ha vuelto un pulpo de tentáculos duros, donde quien conduce impone su ley por encima del orden y la necesidad del pueblo.
El agua potable se vuelve un bien escaso, racionado gota a gota; la periferia se extiende como un erial, cinturón de miseria donde las chozas de lámina guardan familias que viven en la incertidumbre del mañana: allí van sus miembros hasta el basurero municipal, buscando una cobija raída o una prenda que los defienda de esos vientos invernales que ya galopan hacia la ciudad, blancos corceles que anuncian el frío que viene.
Esta postal se repite fiel -con honrosas excepciones- en los dos mil 485 municipios del país, desde Oaxaca que tiene 570, hasta Baja California, que apenas tiene siete.
Y mientras esto sucede, la agenda municipal parece tener desviado el rumbo: en lugar de atender estas llagas de la ciudad, se dedica a piruetas políticas, a esforzarse por agradar a quienes están arriba — un baile ya condenado al fracaso, porque la tierra y el pueblo esperan obras, no cortesías; esperan escucha, no precisamente de quedar bien con el poder.
La ciudad no pide música grupera, ni festivales con artistas afamados, pide que se atienda su dolor, que se cierren esas heridas antes de que el viento se lleve también la última esperanza.




