De frente y de perfil
El umbral donde las normas se desvanecen
Como siempre, el sol se levanta sobre las calles, pero su luz ya no ilumina con la misma claridad. En este país, donde la historia se ha escrito y reescrito tantas veces que sus bordes se han borrado, el escenario está definido: un partido, Morena, que desde que surgió está bajo sospecha, señalado por voces que crecen cada día más fuertes, se prepara con determinación para permanecer en el poder en las elecciones de 2027 y lo hace sabiendo que el precio que debe pagar —y que obliga a pagar a toda la sociedad— es el abandono progresivo de los principios y reglas que alguna vez se establecieron como garantía de todos. Como el pacto social.
Desde el punto de vista filosófico, asistimos a una inversión lenta pero profunda de los valores que sostienen la convivencia. Lo que antes se consideraba fin último —la justicia, igualdad ante la ley, respeto a la voluntad colectiva— pasa a ser tratado como un simple instrumento.
Cuando el objetivo principal se convierte únicamente en conservar el control, la distinción entre lo permitido y lo prohibido empieza a difuminarse. Se construyen justificaciones: “es necesario para mantener el orden”, “nadie lo haría mejor que nosotros”, “el fin justifica cualquier medio”. Pero como bien advirtieron pensadores desde Aristóteles hasta Arendt, cuando se rompe el vínculo entre poder y ética, no solo caen las personas o las instituciones: se debilita la propia idea de lo que es correcto. La sociedad deja de compartir un mismo suelo moral y cada quien empieza a construir su propia versión de la verdad. Se instala una duda silenciosa: ¿si las reglas valen solo cuando convienen al que manda, para qué sirven realmente?
En el plano social, los efectos se sienten en cada rincón y en cada relación humana. Se abre una brecha que se hace más ancha día tras día. Por un lado, quienes apoyan el proyecto —ya sea por convicción, por interés o por miedo— reciben señales de que su posición está protegida. Por otro, quienes cuestionan o simplemente piensan distinto perciben cómo se reduce su espacio: en los medios, en las instituciones, en la posibilidad de ser escuchados sin consecuencias. La confianza, ese tejido invisible que une a una comunidad, se deshilacha. La gente deja de hablar abiertamente en espacios públicos; las conversaciones se vuelven más bajas, más cautelosas.
Surge también, en el pueblo, una sensación de desamparo ante las normas: si quienes deben hacerlas cumplir son precisamente quienes las adaptan, modifican o ignoran según su conveniencia, la ley pierde su carácter neutral y se convierte en una herramienta más de dominio. Esto genera dos reacciones contrapuestas: la resignación pasiva de quienes creen que nada puede cambiar, y la resistencia —a veces organizada, a veces dispersa— de quienes entienden que renunciar a las reglas es renunciar a su propia libertad.
Sin embargo, en medio de este paisaje donde parece que todo se cede, también se manifiesta otra realidad: el sacrificio de principios nunca es un acto único ni definitivo; es un proceso que se va edificando paso a paso. Y por eso mismo, también puede ser detenido o revertido. La sociedad observa, reflexiona y toma nota. Aunque hoy el partido en cuestión, Morena, crea haber asegurado su permanencia a costa de romper el marco común, la historia enseña que el poder que se sostiene solo sobre la debilidad de las normas termina por quedarse sin base sobre la cual asentarse.
Al final, lo que está en juego no es solo quién gobierna durante un tiempo, sino qué tipo de país queda: uno donde el poder se impone por encima de todo, o uno donde incluso quien gobierna sigue estando sujeto a aquello que se acordó como justo para todos.




