Itinerario político
A propósito de mi paso por Madrid en estos días, he tenido oportunidad no sólo de disfrutar una ciudad extraordinaria, sino también de observar cómo incluso figuras emblemáticas de la izquierda española no están exentas del escrutinio público. Las investigaciones y señalamientos que hoy rodean al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, independientemente de cuál sea su desenlace y respetando siempre la presunción de inocencia, me han llevado a una reflexión que inevitablemente termina por alcanzar a México.
Quienes nos identificamos con las causas progresistas y con la aspiración de construir una sociedad más justa deberíamos ser los primeros en entender que la honestidad pública no puede convertirse en una bandera útil únicamente para señalar a los adversarios. La congruencia exige algo más incómodo: aplicar los mismos principios cuando las dudas o los señalamientos alcanzan a los propios.
Cerrar filas por reflejo, asumir que toda acusación es producto de una conspiración o guardar silencio por disciplina política termina reproduciendo aquello que durante décadas criticamos. Ningún movimiento pierde autoridad moral por investigar a los suyos; por el contrario, la fortalece. Lo que verdaderamente erosiona la confianza ciudadana es sustituir la verdad por la lealtad y la rendición de cuentas por la complicidad.
La izquierda mexicana tiene ante sí una enorme responsabilidad. Si durante años sostuvo que la corrupción era uno de los principales males que impedían el desarrollo del país, entonces debería ser la primera en impulsar mecanismos que permitan esclarecer cualquier señalamiento de posibles actos de corrupción o incluso de eventuales vínculos con organizaciones criminales. No para alimentar linchamientos ni condenas anticipadas, sino para que la verdad prevalezca por encima de las conveniencias políticas.
La historia demuestra que los proyectos transformadores no fracasan por reconocer sus errores, sino por negarlos. La autocrítica no es una debilidad; es una condición indispensable para preservar la autoridad moral y evitar que las causas terminen subordinadas a los intereses de grupo.
Quizá esa sea una de las reflexiones que me deja esta estancia en Madrid. Las democracias no se fortalecen por la ausencia de escándalos, sino por la existencia de instituciones y de una cultura política capaces de investigar sin importar nombres, trayectorias o colores partidistas.
Al final, transformar una nación no consiste solamente en conquistar el poder. Consiste, sobre todo, en demostrar que los principios son más fuertes que las lealtades y que la justicia, para ser verdadera, no puede tener excepciones.
Son apenas algunas de las cavilaciones que me acompañan desde esta ciudad que, entre su historia y sus contradicciones, también invita a mirar hacia adentro.




