Descomplicado
Nunca se fue del país. No cruzó fronteras peligrosas ni refugios ajenos. Al bajar los peldaños de Palacio, cambió de morada, se trasladó al rancho que dice que le heredaron sus mayores. Y allí, con previsión minuciosa, construyó su refugio: lujo silencioso, adelantos y gadgets de toda índole, comodidades que apaciguan los días y aseguran su estancia sin carencias ni sobresaltos. Un retiro de solaz, si, pero pendiente de todo.
Porque de la política nacional no se ha retirado ni un ápice. Y la razón es elemental, como la raíz que no suelta la tierra, sus hijos. A quienes abrió las puertas del enriquecimiento sin límite y de gozo sin freno ni medida, y ellos lo entendieron como la entrada libre a la casa de Aladino: todo al alcance de la mano, sin vigilancia, sin cuenta que rendir.
Hoy, cuando las bases frágiles de su partido Morena comienzan a crujir bajo el peso de sus propias fisuras, era natural que saliera de la luz pública de su refugio para hacerse presente. Regresó no solo para observar, sino para exigir, para encontrar la manera de asegurar que su sucesora, la secretaria que dejó al frente, volviera a jurarle lealtad perenne, como se jura a un rey o a un profeta.
Pero sus movimientos, calculados para ordenar el caos, lograron lo contrario. En lugar de calmar las aguas, revolvieron la marea hasta el fondo. Agitaron las aguas procelosas de su propia organización, donde las corrientes ocultas ya no obedecen solo a una voz. El viejo caudillo creyó que con un gesto bastaba para restaurar el orden. Y halló, en cambio, que el río que él mismo alimentó ya no regresa a su cauce.




