Gobierno de odios
Por si hiciera falta algo más para que el mundo comprendiera la perturbada personalidad del ocupante de la Casa Blanca, Donald Trump convirtió su intervención ante la Asamblea General de la ONU en un espectáculo escandaloso y vituperable. El 22 de septiembre de este año, durante el primer día del debate general de su 81º periodo de sesiones, en Nueva York, excedió el tiempo concedido y profirió graves amenazas contra el pueblo iraní: “o hacemos un trato o los aniquilo; los llevo al infierno; ¿se hará un trato con Irán que le permita reconstruir y crear un país mucho más grande que nunca antes? ¿O aniquilo la República Islámica y lo hago rápido, sin darles nunca la oportunidad de matar y destruir de nuevo?”. A estas expresiones añadió otras lindezas contra Cuba y México, muy a su particular y abominable estilo.
Dos días después, el 24 de septiembre, Benjamín Netanyahu pronunció otro extenso discurso ante la misma Asamblea General, en una sala casi vacía por el abandono de numerosas delegaciones diplomáticas. Llamó cobardes a quienes salieron del recinto y sostuvo que las instalaciones nucleares iraníes estaban destruidas y que esa nación representaba “la barbarie”. También justificó la destrucción de Gaza, criticó a los países que reconocieron recientemente a Palestina y afirmó que la ONU se encontraba en “bancarrota moral”.
Aunque los pronunciamientos de ambos mandatarios no son nuevos, sí constituyen una flagrante violación de los principios de la Carta de las Naciones Unidas, firmada el 26 de junio de 1945 en San Francisco, California. Su preámbulo expresa la determinación de los pueblos de preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra. Entre sus propósitos están mantener la paz y la seguridad internacionales, fomentar relaciones de amistad entre las naciones y cooperar en la solución de problemas económicos, sociales y humanitarios.
En ese contexto, resulta moralmente inaceptable que Estados Unidos acuda al principal foro internacional para formular amenazas de aniquilación contra el pueblo persa o justificar la apropiación del petróleo venezolano. Para ello recurre a argumentos amañados, como la supuesta fabricación de armas nucleares por parte de Irán o la existencia del llamado “Cártel de los Soles” en Venezuela. A esto se suma el apresamiento de Nicolás Maduro, presidente constitucional de ese país hermano, y de su esposa, Cilia Flores. Son pretextos que, desde su fundación, Estados Unidos ha utilizado para saquear al mundo y sostener su condición de imperio.
Desde esta perspectiva, quien realmente gobierna Estados Unidos es el denominado deep state, o Estado profundo: un entramado de funcionarios de carrera, mandos militares, burócratas, organismos como la CIA y el FBI, el Pentágono, grupos de presión y sectores de las grandes industrias, entre ellas la armamentística, la farmacéutica y la tecnológica, incluida la dedicada a la inteligencia artificial.
Ese entramado influye en las decisiones del magnate en el poder, las modifica o las posterga según sus intereses, hasta convertirlo en un mero títere de la política estadounidense. Para alcanzar sus objetivos económicos y financieros, dicta las políticas que el gobierno debe obedecer.
Ese mecanismo explica, desde esta lectura, la persistencia de las guerras en distintas regiones del mundo. Es el caso del conflicto que la OTAN —Organización del Tratado del Atlántico Norte—, con Estados Unidos como actor principal, libra contra Rusia mediante Ucrania. Al intentar extender su presencia hacia la frontera rusa, utiliza convenientemente a ese país de Europa oriental, lo despoja de sus enormes recursos y expone a su población al matadero.
Todo indica que Rusia está ganando esa guerra y que sería cuestión de tiempo para que Kiev capitule, antes de que Europa se rearme y dé rienda suelta a su ancestral rusofobia, con consecuencias desastrosas para sí misma.
Por lo que respecta a la guerra contra Irán, en el telón de fondo aparecen Rusia, China y Corea del Norte, con su apoyo tecnológico, armamentístico, logístico y de inteligencia, así como con su capacidad industrial.
A ello se suma la expansión de mecanismos internacionales como los BRICS —grupo integrado originalmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica—, el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). En conjunto, estas instancias contribuyen a tejer redes comerciales, energéticas y diplomáticas que diversifican las rutas marítimas —incluida la del Ártico—, terrestres y ferroviarias, así como el acceso a puertos estratégicos.
También amplían los apoyos financieros a las naciones del sur global y promueven sistemas de pago que buscan prescindir del dólar. Esa transformación reduciría la capacidad de Estados Unidos para imponer sanciones a diestra y siniestra mediante el predominio de su moneda y de sus mecanismos bancarios. A este proceso se añaden alternativas tecnológicas, incluso en los sistemas satelitales de geoposicionamiento.
Poco a poco emerge, afortunadamente para el mundo, un esquema de multilateralismo que podría revertir la barbarie propiciada por la unipolaridad estadounidense, cuya persistencia amenaza con provocar una catástrofe de proporciones inimaginables.
Ante ese panorama, cabe preguntarse si Trump y Netanyahu, en su afán desmedido de conservar el poder, recurrirán a alguna argucia para aplazar o anular los próximos procesos electorales: aquellos en los que podrían afianzar su dominio o recibir de los votantes el rechazo que los aparte del poder.




