La opción
La visita del Papa León XIV a Francia ha puesto de relieve una realidad que atraviesa la identidad contemporánea de las democracias liberales: la urgente necesidad de conciliar el ejercicio de las libertades fundamentales —pensamiento, conciencia, expresión y religión— con un principio de laicidad que, en su versión más rígida y anacrónica, ha amenazado con confinar la fe al ámbito de lo privado; pero que, en su dimensión más amplia y moderna, reconoce y promueve la manifestación y participación de lo religioso en el ámbito social y cultural de los pueblos. Francia, como cuna de la laicidad moderna —y de sus pantagruélicas desviaciones—, ha mostrado que la identidad religiosa no puede permanecer encerrada en casa o en los templos, ni en los libros o en las historias antiguas, sino que es capaz de movilizar cientos de miles de personas en las calles y entonar vívidamente cantos milenarios que se creían olvidados.
Pasó igual hace pocos meses en España con la visita pontificia: cientos de miles de ciudadanos —muchos de ellos jóvenes— sorprendieron a propios y extraños al tomar el espacio público para expresar los perfiles de su fe: su celebración litúrgica, su clamor orante y su testimonial silencio. La idea de una Europa totalmente laicizada y descristianizada parece que se ha quedado sólo en ciertos movimientos políticos y en las élites mediáticas, mientras las calles dan cuenta de otra realidad.
El Papa ha acudido a Francia principalmente para conocer de primera mano este escenario cultural: hoy, después de dos o tres generaciones de padres que no bautizaron a sus hijos, decenas de miles de adultos piden para sí el Bautismo y la instrucción cristiana; hoy, los fenómenos editoriales y de entretenimiento galos muestran un creciente interés en temas espirituales católicos e histórico-religiosos; hoy, ante la inmigración y la multitudinaria presencia de otros credos en los barrios —principalmente de musulmanes—, las familias francesas vuelven a preguntarse sobre su identidad de fe. Y en esa búsqueda, está la catolicidad francesa como “hija predilecta” de la Iglesia, con cientos de personajes y hagiografías cuyas ideas y obras trascienden fronteras.
Es por ello que las palabras de León XIV en Francia cobran un sentido profético; frente a las autoridades civiles en el Palacio del Elíseo, el pontífice defendió una “justa laicidad” que no excluya la religión o lo religioso de la esfera pública. Y aunque su planteamiento no reclama privilegios para la Iglesia católica –sino un espacio de interlocución donde las más diversas expresiones de credos y convicciones participen–, es claro que basta adentrarse sólo un poco en la historia francesa para identificar la riqueza cultural y social que el catolicismo ha provisto al pueblo y que, con esta visita, se ha exaltado.
Pero también, evidencia la urgencia que tiene la institución católica para participar de manera integral en los nuevos fenómenos religiosos en la nación gala: Si bien la pérdida de fieles católicos en el último cuarto de siglo en Francia ha sido mayúscula, con cerca del 30% de caída directa, el creciente número de catecúmenos (21 mil 400 jóvenes y adultos que cumplieron con la iniciación cristiana para acceder al Bautismo este 2026) ha llamado la atención incluso como fenómeno sociológico.
El presidente francés, Emmanuel Macron, ha secundado en parte el planteamiento pontificio: “La laicidad no es en absoluto la negación de la religión” y aunque quizá el mandatario tenga en mente sólo la participación del Estado en el mantenimiento y recuperación de templos históricos y turísticos —o los títulos eclesiásticos como la canonjía honoraria en San Juan de Letrán que él reclamó para sí como presidente de Francia–; en el fondo, hay un debate intenso sobre la participación social de la fe en la vida pública: en temas como la Natividad de Jesús en el espacio público, la presencia de símbolos religiosos en las instancias educativas y de gobierno, la financiación de eventos de tipo confesional, o la defensa de valores y principios cristianos ante legislaciones controversiales como la posibilidad de erradicar la vida humana bajo aparentes criterios de compasión, libertad y derechos invisibilizando su dignidad y sentido trascendente.
La masiva participación de personas y fieles en los eventos religiosos del Papa en París y en Lourdes evidencia que hay una renovada búsqueda espiritual que emerge en el seno de una sociedad secularizada, que se elige libremente a contracorriente del escepticismo institucional o del pragmatismo político. Sin embargo, frente a este dinamismo religioso no se puede ignorar el contexto multicultural y plurirreligioso de Europa de las últimas décadas. La migración ha modificado el paisaje espiritual del viejo continente, y el islam se ha vuelto a consolidar como una comunidad de fe extensa e intensa que también participa con pleno derecho del espacio público. Así, la justa laicidad no es sólo la posibilidad de que la identidad cristiana participe de la vida social y pública, sino que el resto de las religiones lo hagan también plenamente, dentro de un marco que garantice igualdad real para todas las confesiones y también para los no creyentes.
Por ello, esta justa laicidad no puede limitarse a complejos avances jurídicos o institucionales sino a un proceso cultural y ético en el cual la sociedad y los gobiernos reconozcan las oportunidades de la participación de los credos en la esfera pública, sin erigir favoritismos hacia religiones mayoritarias o culturalmente más arraigadas como parámetros de legitimidad. Como advirtió León XIV, la Iglesia tiene “derecho a ser escuchada en la plaza pública”, pero ese derecho debe extenderse a todas las comunidades de fe y, con igual fuerza, al derecho de quienes no creen.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe




