Modalidad 40: ¿el Waterloo de Luisa Obrador?
En el campo de la psicología clínica y el psicoanálisis, la experiencia sexual en la pareja rara vez puede entenderse como un simple acto biológico o una búsqueda de descarga orgásmica. S. Freud decía que la vida amorosa del ser humano exige la convergencia de dos corrientes fundamentales: la corriente de la ternura (el afecto, la escucha y el reconocimiento del otro) y la corriente sensual (el deseo pulsional y la búsqueda de placer).
Cuando estas dos corrientes se disocian y solo se prioriza la demanda física ignorando la dimensión afectiva, el encuentro íntimo pierde su función estructurante y se convierte en una vivencia vacía o defensiva, es decir, si manifiestas o quieres satisfacer tu deseo sexual sin que haya una conexión emocional y/o acercamiento emocional, la relación se conflictúa al grado de que la pareja se siente en soledad.
Cuando quieres con tu pareja tener intimidad y no hay respuesta positiva, pero sí el reclamo del abandono emocional, es importante que no te anticipes a pelear por la falta de sexo o te molestes; es necesario hacer una revisión de la forma en que han sido esos encuentros íntimos.
Tu pareja necesita sentir que no solamente es un objeto sexual. Desde la teoría de las relaciones objetales (Winnicott, Bion), la mente humana requiere de un espacio de "sostén" (holding) y de un proceso de digestión emocional (función alfa). En la vida en pareja, la escucha activa y empática actúa precisamente como esta matriz contenedora.
Antes de acceder a la entrega corporal, el sujeto necesita sentirse reconocido en su singularidad, validado en su sufrimiento y alojado en la psique del otro, como si fuese ese sentido de pertenencia o se pensara que el otro me pertenece, y no precisamente hablo de que el otro sea de mi propiedad, sino de las emociones que el otro ve que puedo generarle para que venga ese encuentro.
Si el acercamiento sexual ocurre sin haber establecido previamente esta contención emocional, la psique lo percibe no como un ofrecimiento de amor, sino como una instrumentalización del cuerpo, es decir, el cuerpo solo es para satisfacer y se entiende entonces que la pareja solo sirve para satisfacer al otro.
El acto genital consumado bajo la indiferencia afectiva bordea lo traumático: el sujeto se siente usado como un objeto de satisfacción narcisista para el otro, lo que desencadena inhibiciones defensivas (como la anhedonia sexual, la eyaculación precoz, la disfunción eréctil o el vaginismo); hay un paulatino repliegue del deseo.
Cuando se busca el contacto físico omitiendo el diálogo interno del compañero, se activan mecanismos de escisión donde la pareja es dividida entre "objeto de uso" y "sujeto distante".
La insistencia en mantener una relación ligada exclusivamente a la exigencia genital sin contención emocional conlleva severos riesgos clínicos y vinculares:
Escuchar a la pareja no debe ser un acto formal de cortesía, sino la vía por la cual el lenguaje atraviesa el cuerpo para hacer posible la verdadera erotización. Hospedar la palabra del otro, atender sus miedos y ofrecer una presencia afectiva real es la antesala indispensable del gozo compartido.
Atender primero lo emocional transforma el acto sexual en una genuina reunión de dos subjetividades, protegiendo al vínculo de la desconexión y garantizando la salud mental de la pareja.




