Palabras y juicios irredentes
Hay batallas cuya injusticia resulta imposible de comprender. La que libra mi madre contra el cáncer es una de ellas. Cada día la veo enfrentarse con un valor que no sabía que habitaba en un ser humano. Y, sin embargo, por más admiración que despierta su coraje, no deja de parecerme profundamente injusto que tenga que demostrarlo una y otra vez.
Hay días de pequeñas victorias. Un estudio alentador, una sonrisa recuperada, una comida que vuelve a saber a hogar o una tarde en la que el malestar concede una tregua. Son triunfos modestos, pero inmensos. Los celebramos con la esperanza de quien cree ver el final del túnel.
Pero esta guerra tiene algo cruel: cuando parece que una batalla ha sido ganada, vuelve a abrirse la puerta del infierno. Regresan las quimioterapias y, con ellas, el cansancio, las náuseas, el malestar y esa lenta erosión que provocan los medicamentos destinados a salvarla. Los mismos remedios que combaten la enfermedad también la disminuyen, la agotan y la obligan a pagar un precio que ningún ser humano debería pagar.
Y es descorazonador. Duele verla regresar de cada combate más cansada, más frágil, más menguada físicamente, pero con una dignidad que permanece intacta. Porque el cáncer puede arrebatar fuerzas, apetito y sueño, pero no ha logrado tocar lo más importante: su espíritu.
A veces me pregunto de dónde saca tanto valor. Y entonces la miro y comprendo que el heroísmo no siempre se encuentra en las grandes gestas. A veces se encuentra en una mujer que, aun exhausta, vuelve a levantarse para enfrentar otro día; en una madre que sonríe cuando todos quisiéramos llorar; en alguien que, golpeada por una guerra que nunca eligió, se niega a rendirse.
Por eso, cuando la veo, no pienso en la enfermedad. Pienso en el privilegio de haber compartido la vida con una mujer valiente. Y aunque esta batalla sea injusta, aunque duela verla sufrir y aunque haya días en que la esperanza parezca flaquear, hay algo que el cáncer jamás podrá derrotar: el amor inmenso que ha sembrado en quienes hemos tenido la fortuna de cruzarnos en su camino.
Porque cada quien la llama de una manera distinta. Algunos, mamá; otros, hermana. Para muchos ha sido amiga, maestra o jefa. Y no falta quien la conozca simplemente como la señora Delfina. Pero quienes hemos recibido algo de su amor, de su carácter y de su ejemplo, sabemos que detrás de cualquiera de esos nombres habita una mujer extraordinaria.
Una mujer que no escogió esta guerra, pero que la enfrenta con una entereza que conmueve. Una mujer cuya grandeza no se mide por las batallas que gana o pierde, sino por la forma en que, aun en medio del dolor, sigue enseñándonos todos los días el significado del amor, la dignidad y la esperanza.




