Nada personal
No crecí imaginando que algún día tres pequeños seres de cuatro patas ocuparían una parte tan importante de mi vida. Mucho menos pensé que aprendería a distinguir sus miradas, sus estados de ánimo, sus maneras distintas de pedir cariño o que terminaría organizando parte de mis días alrededor de ellos.
Primero Milo, el mayor. Bonachón, noble, tranquilo. Él ya no necesita morderme de emoción cuando llego: me lame, mueve todo el cuerpo y encuentra la manera de hacerme saber que está feliz de verme. Milo tiene esa serenidad del hermano mayor que parece observar el caos de los otros dos con cierta paciencia.
Mi consentido. Y sí, lo digo sin pudor, aunque trato de que sus hermanos no se enteren. Lucca tiene algo especial conmigo. Cuando me ve, la emoción le gana: brinca, busca mis manos, da esos pequeños mordiscos que no lastiman y pelea por conseguir un lugar privilegiado cerca de mí.
Y finalmente está Theo, el más pequeño.
Theo no escucha. Pero eso no le ha impedido encontrar otras maneras de entender el mundo y de comunicarse con nosotros. Observa, siente, aprende. También se emociona cuando me ve y también compite con Lucca por mi atención. Su sordera no lo hace menos; simplemente hace que su manera de relacionarse con la vida sea distinta.
Lo maravilloso es que los tres tienen personalidad propia.
Y quizá eso sea lo que más me ha sorprendido de compartir la vida con ellos. Uno comienza creyendo que tiene mascotas y termina descubriendo individuos: con carácter, preferencias, celos, rutinas, temores y formas particulares de demostrar afecto.
Los he visto crecer desde bebés. He aprendido sus gestos. Sé cuándo quieren jugar, cuándo buscan protección y cuándo simplemente necesitan estar cerca. Y ellos, estoy seguro, también han aprendido los míos.
Hay un gesto de Milo y Lucca que me conmueve especialmente. A veces van a buscar su juguete favorito, ese que para ellos parece tener un valor especial, y vienen a depositarlo frente a mí.
Me gusta pensar que es su pequeña ofrenda.
Traerme algo que quieren, algo que consideran suyo, para compartirlo conmigo. Quizá para cualquiera sea solamente un juguete mordisqueado; para mí es una de las demostraciones de confianza y cariño más bonitas que recibo.
Milo, además, desarrolló su propia manera de reclamarme. Cuando considera que ya fue suficiente de teléfonos, conversaciones o cualquier otra cosa que esté robándole mi atención, levanta una pata y comienza a rascarme. No con violencia: con insistencia. Como diciéndome: “Aquí estoy. Ahora me toca a mí.”
Y casi siempre tiene razón.
A mis cincuenta años descubro que algunas de las experiencias más profundas de la vida llegan sin haberlas planeado.
Yo no sabía que podía querer así a tres perros.
No sabía cuánto podía preocuparme cuando alguno enfermaba, cuánto podía alegrarme una travesura o cuánto consuelo podía caber en la simple presencia de tres cuerpos pequeños acomodándose junto a mí.
Tampoco sabía que podían enseñarme algo tan elemental: el cariño no siempre necesita palabras.
Theo, quizá, me lo recuerda mejor que nadie. No necesita escuchar mi voz para saber que estoy ahí. Milo no necesita explicaciones para acercarse. Lucca no requiere discursos para hacerme saber que quiere ser el primero en recibir una caricia.
Ellos simplemente aman.
Y uno aprende a corresponderles.
Hoy, cuando los veo juntos, entiendo que ellos, mi pareja y yo formamos nuestra pequeña y hermosa familia.
Una familia seguramente imperfecta, ruidosa, llena de pelos, carreras, ladridos —aunque alguno no pueda escucharlos—, mordisquitos, celos, juguetes convertidos en ofrendas y disputas por un lugar en el sillón o junto a mí.
Pero es la nuestra.
Tal vez por eso me conmueven tanto las historias de perros. Porque ahora entiendo algo que antes sólo podía mirar desde fuera: ellos pasan una parte de nuestra vida con nosotros, pero nosotros somos prácticamente toda la suya.
Y esa certeza obliga.
A cuidarlos. A respetarlos. A darles su espacio, su lugar y su atención. A entender que cada uno necesita ser querido de manera distinta.
Yo no era de perros.
Hasta que tres bulldogs franceses llegaron a enseñarme que algunas familias no se planean.
Simplemente llegan, se acomodan en la casa…
y terminan quedándose para siempre en el corazón.




