Descomplicado
Este miércoles murió Elsa Aguirre, una de las últimas grandes figuras de la época de oro del cine mexicano. La noticia de su partida me hizo regresar de inmediato a aquella tarde en su casa de Cuernavaca, Morelos, cuando tuve el privilegio de entrevistarla y descubrir que, detrás de la estrella, habitaba una mujer amable, luminosa y profundamente humana.
Enfundada en unos modernos jeans de vestir, saco con blusa veraniega y balerina en el cabello, apareció ante mí la Divina y Eterna Elsa Aguirre. El nerviosismo de estar tan cerca de una leyenda del cine mexicano, pero, sobre todo, el hecho de escuchar de viva voz sus andanzas en el séptimo arte, su vida y sus pasiones, hicieron que aquellas horas que me dedicó se escurrieran como agua entre los dedos.
De entrada, mi primera impresión: Elsa Aguirre era un ser humano amable, humilde, que despertaba confianza inmediata. Era una hermosa mujer, de piel impecable y voz firme, en un tono bajo que rayaba en lo sensual. Elsa se reveló como una mujer inteligente, con una memoria asombrosa, que lo mismo rememoraba sus andanzas en el séptimo arte que recitaba poemas realizados por ella misma en su temprana adolescencia. Cito textual uno de ellos:
“Desde esa noche que solo una estrella brillaba en el cielo y la única en saber que por primera vez he dicho: Te quiero, ha hecho que nazca en mí algo supremo, en dicha incontenible decir a cada instante, te quiero, te quiero. Y ahora que la vuelvo a mirar, casi me ciega los ojos, es tan inmenso su brillar, como inmenso brillará mi amor ante tus ojos. Si supieras, oh estrella, lo que me haces soñar, nunca quisiera del sueño despertar”.
Mi segunda impresión fue preguntarme: ¿cómo un ser humano logra conseguir esta eterna juventud? A lo largo de la plática descubrí a una Elsa activa y sana, que había practicado durante más de 60 años la técnica milenaria del yoga. No solo como una actividad física, sino como un estilo de vida del cual fue promotora incansable, digna heredera de la Era de Acuario.
Esa niña, casi mujer, que a los trece años sufrió la fiebre de Malta, de la cual logró salir victoriosa, para después ganar, a los catorce años, un concurso de belleza organizado por una productora cinematográfica que la lanzó a la fama, se presentó ante mí como una mujer que, sin atisbo alguno de vanidad, atribuía sus dones en las artes escénicas al hecho de que, como ella misma lo mencionó: “Yo no actuaba, yo vivía las películas”.
Con más de 40 largometrajes, novelas, series y obras de teatro en su haber, ¿quién puede presumir que vivió y se enamoró perdidamente, dentro del celuloide mexicano, de hombres como Jorge Negrete, Pedro Infante, Arturo de Córdova e Ignacio López Tarso, entre tantos otros? Solamente Elsa Aguirre.
México le debe mucho a esta gran estrella del cine. La reivindicación de la profesión del actor es un tema de permanente trascendencia y, como sociedad, deberíamos pugnar por una cultura del agradecimiento. En particular, con aquellos artistas y profesionales que pertenecieron a la Época de Oro del Cine Mexicano y que ayudaron a construir una parte esencial de nuestra memoria colectiva.
Cabe recordar que parte de la construcción de la etérea identidad de la nación mexicana, y de esa mexicanidad que nos diferencia ante el mundo, comenzó en la década de los años veinte del siglo pasado, cuando la educación y las artes resultaron esenciales en los planes nacionalistas de personajes como José Vasconcelos y de grandes exponentes del arte, como Diego Rivera, quienes buscaban darle un sello a la naciente nación posrevolucionaria.
Ahí radica la importancia y la contribución de toda esa pléyade de artistas, directores, fotógrafos, tramoyistas y trabajadores que participaron en la producción y distribución de películas, particularmente durante las décadas de los cuarenta y cincuenta.
Cuando se piensa en “lo mexicano”, todavía aparecen aquellos motivos recreados por la cinematografía de la Época de Oro: el campo, el charro, las adelitas, la música ranchera. Fueron esas narrativas del celuloide nacional las que consolidaron en el imaginario social muchos de los sueños culturales de una nación que buscaba reconocerse frente al espejo.
Hoy Elsa Aguirre ya no está entre nosotros. Sin embargo, permanece su rostro en la pantalla, su voz, su belleza, su inteligencia y aquella manera serena de mirar la vida. Queda también la memoria de la mujer que me abrió las puertas de su casa y de su intimidad y me permitió escuchar y revivir, durante unas horas, otras épocas, otros mundos.
La Divina Elsa ha partido, pero las verdaderas estrellas no desaparecen. Se vuelven memoria, luz y patrimonio. Elsa Aguirre vivió las películas y ahora seguirá viviendo en ellas. Tal vez esa fue siempre su forma más profunda de detener el tiempo.




