Juego de ojos
Las personas adultas mayores representan uno de los pilares más importantes de nuestra sociedad. En ellas habita la memoria histórica, la experiencia acumulada y los valores que han dado forma a nuestras comunidades. Sin embargo, lejos de recibir el respeto, el cuidado y la protección que merecen, año con año se registran situaciones de violencia ejercidas desde el propio entorno familiar, particularmente por hijas e hijos, así como por otros miembros cercanos, lo que revela una profunda crisis ética y social; no he dejado de advertirlo en los diferentes foros a los cuales tengo acceso.
La violencia contra las personas adultas mayores adopta múltiples formas: violencia patrimonial, económica, física, emocional y psicológica, así como el abandono y la negligencia. Estas prácticas no solo vulneran sus derechos humanos, sino que generan graves afectaciones a su salud emocional, deterioran su autoestima y ponen en riesgo su bienestar integral. En muchos casos, estas violencias se normalizan o se invisibilizan bajo la lógica de la dependencia o la “carga familiar”; duele observar el abuso que viven muchos adultos mayores, hombres y mujeres, que bajo la discreción prefieren no denunciar o presentar quejas sobre la atención que reciben de sus hijos o hijas o familiares cercanos.
Situación de mayor impacto viven los adultos mayores de la población LGBTTTIQ+, a lo largo de mi acción como defensor de los derechos humanos me a tocado observar situaciones muy desagradables, que el apego y la incertidumbre de qué harán de no estar los familiares, prefieren aguantar una situación de desprecio y exclusión, en ocasiones invisibilidad.
Pero igualmente, y de manera alarmante, son las mujeres adultas mayores quienes enfrentan las mayores formas de violencia y vejaciones. A ellas se les despoja con mayor frecuencia de bienes, se les limita el acceso a recursos económicos y se les somete a dinámicas de sobrecarga de cuidados, obligándolas a atender a nietas, nietos y otros integrantes de la familia, aun cuando su propia salud física y emocional se encuentra comprometida. Bajo una mirada de interseccionalidad, esta realidad refleja una doble y triple discriminación: por edad, por género y por condición económica.
Diversas reflexiones teóricas han advertido sobre esta problemática. Simone de Beauvoir, en su obra La vejez, denuncia cómo las sociedades modernas marginan a las personas mayores, reduciéndolas a la invisibilidad y negándoles su plena condición de sujetos de derechos. Para la autora, la forma en que una sociedad trata a sus adultos mayores revela su verdadero nivel de humanidad. En esta misma línea, pensadores como Norbert Elias, en La soledad de los moribundos, Zygmunt Bauman, desde su análisis de la fragilidad de los vínculos en la modernidad líquida, y Martha Nussbaum, con su enfoque de las capacidades humanas, subrayan la necesidad de garantizar una vida digna en todas las etapas del ciclo vital, incluida la vejez.
Frente a este escenario, resulta urgente trabajar de manera permanente —y no solo en fechas conmemorativas de Navidad y Año Nuevo, que se agravan los hechos de violencia— en la creación y desarrollo de una conciencia social, que reconozca el valor de las personas adultas mayores y promueva relaciones familiares basadas en el respeto, la corresponsabilidad y el cuidado, si la ética del cuidado como lo expresa Bernardo Toro. El fortalecimiento de la inteligencia emocional, tanto a nivel individual como colectivo, es una herramienta fundamental para prevenir la violencia, gestionar los conflictos familiares y fomentar vínculos intergeneracionales sanos, de ahí mi insistencia como director general de la Fundación El Sol para la promoción de una cultura de paz, que genere competencias y habilidades para la vida, que aporte la construcción de diálogo.
Proteger a las personas adultas mayores es una obligación ética, social y jurídica. Implica respetar su dignidad humana, garantizar sus derechos humanos y reconocerlos como sujetos activos, no como cargas. Cuidar de quienes nos precedieron no es solo un acto de gratitud, sino una responsabilidad colectiva que define el tipo de sociedad que somos y la que aspiramos a ser. Porque una comunidad que honra y protege a sus adultos mayores es una comunidad que se reconoce a sí misma en su historia, en su presente y en su futuro.
Hace unos meses en septiembre de 2025, organice y participe en la Tercera Cumbre Mundial por la Paz “Sin salud mental, no hay Paz” y trabaje en Oreamuno, Costa Rica y en Cartagena de Indias, Colombia, con población adulta mayor, con ellos, generé las sinergias para realizar una gran cruzada de deconstrucción metacongnitiva con los integrantes de la familia para lograr garantizar a los adultos mayores como sujetos activos y no como cargas sociales.




