Descomplicado
}Hay algo que he confirmado después de estos meses de volver a recorrer Michoacán: el pueblo es sabio, y quién mejor que ellos para saber lo qué se tiene que hacer si ellos son los y las especialistas de los lugares que habitan.
En cada comunidad hay una historia diferente, pero también hay preocupaciones que son una constante. La seguridad, el trabajo, el campo, la salud, las escuelas, los caminos, el agua. Y hay algo que se repite: las ganas de que las cosas mejoren, de sumarse para lograrlo y de que la transformación siga llegando a todos los rincones de nuestro estado.
He escuchado mucho durante estos recorridos. Y también he aprendido. Por eso, a partir de lo que he encontrado en el territorio, decidí poner sobre la mesa una propuesta para pensar cómo debemos gobernar Michoacán en los próximos años. No como un programa de una persona ni como una condición para nadie. Es una propuesta que puede servirle a quien tenga la responsabilidad de conducir el estado, porque las necesidades de Michoacán están por encima de cualquier candidatura, interés personal y coyuntura política.
La propuesta tiene un nombre que para mí tiene un significado especial: Kaxúmpekua. Desde nuestra raíz purépecha, Kaxúmpekua nos habla de una manera distinta de entender la autoridad. Quien gobierna no está por encima de la comunidad. Recibe de ella un mandato y tiene la obligación de responder. Servir a tu pueblo es el más alto honor que tendrás en la vida.
Parece sencillo, pero cambia muchas cosas. Porque entonces el presupuesto tiene que estar al servicio de las necesidades de la gente. Las decisiones no pueden tomarse solamente desde una oficina. Hay que preguntar, escuchar y regresar a las comunidades.
Eso es lo que intenté recoger en este decálogo. No inventar desde un escritorio lo que Michoacán necesita, sino poner en palabras muchas de las cosas que he escuchado caminando por el estado, porque las soluciones ahí están, sólo falta que cada quien desde su responsabilidad haga lo que le corresponde.
Me han hablado de la necesidad de vivir sin miedo, pero también de tener trabajo. De contar con un hospital cerca y con una carretera por la que se pueda llegar a él. De tener escuelas dignas y oportunidades para nuestros jóvenes. De que los productores reciban un precio justo por lo que trabajan. De cuidar nuestros bosques, nuestros lagos y nuestra agua, porque sabemos que si perdemos nuestro territorio, perdemos mucho más que recursos naturales: perdemos nuestra soberanía.
También he escuchado algo que para mí es fundamental: que los pueblos originarios quieren seguir participando en las decisiones que tienen que ver con nuestro propio futuro. Y eso implica respetar nuestras comunidades, nuestra cultura, nuestras lenguas y nuestra autonomía.
Todo esto tiene que ir acompañado de algo que no podemos soltar nunca: la honestidad. En Morena hemos hablado muchas veces de no mentir, no robar y no traicionar al pueblo. Para mí no son solamente frases. Son una forma de entender el ser representante popular. La austeridad, la transparencia y la rendición de cuentas tienen que seguir siendo parte de nuestra manera de hacer política. Y digo nuestra porque creo que esta transformación no termina en una elección ni pertenece a una sola persona.
Lo que estamos construyendo en el país y en Michoacán tiene que seguir avanzando. Y para hacerlo bien necesitamos escuchar qué está pasando en las comunidades, qué funciona, qué hace falta y qué podemos hacer mejor. Por eso no presento este decálogo como algo terminado. Lo pongo sobre la mesa como una aportación. Como una propuesta que puede discutirse, enriquecerse y, sobre todo, servir. Porque al final, más allá de los nombres y de las coyunturas políticas, hay una pregunta que debería acompañar cada decisión de gobierno: ¿esto realmente mejora la vida de la gente?
Si la respuesta es sí, hay que hacerlo. Si no, hay que escuchar nuevamente. Eso es, para mí, gobernar con Kaxúmpekua. Entender que la autoridad es un mandato, que el poder es una responsabilidad y que servir al pueblo no es un discurso, sino una obligación. Y quizá por eso, después de todo lo que he escuchado en estos meses, sigo pensando que una buena manera de empezar es recordar algo muy sencillo:
El gobierno no está para servirse del pueblo. Está para servir al pueblo.




