La opción
Es imposible ignorar las tensiones crecientes en la relación bilateral de México con los Estados Unidos luego de las reiteradas presiones de Trump al gobierno mexicano para que actúe con mayor contundencia contra las bandas delictivas y las redes de protección oficial que les han permitido una penetración y control integral en extensas franjas de nuestro territorio, putrefactas redes de complicidad cuyo desmantelamiento será sumamente difícil y complicado dado el profundo enraizamiento que han tenido en los ámbitos económico, social y político.
La relación de Trump con Claudia Sheinbaum parece una ejemplificación muy puntual de la estrategia de “la zanahoria y el garrote”, según la cual se ofrece un discurso de una relación cordial con la presidenta, de la cual Sheinbaum presume triunfalmente, al mismo tiempo que aquel declara que ella “le teme a los cárteles que gobiernan México”. Además, ya es inocultable la presencia de elementos policiacos y militares estadounidenses que operan en nuestro país, aunque el discurso presidencial de “la soberanía nacional” lo niegue.
¿Qué podría seguir a unos meses de la Copa Mundial de fútbol, previos también al inicio de la posible renegociación del T-MEC? El momento es muy difícil y de gran incertidumbre como para construir escenarios con siquiera medianos niveles de certeza. No obstante, se pueden plantear algunas hipótesis.
Una de ellas es que, frente a un Trump envalentonado, con redoblados ánimos fascistoides e injerencistas a escala global, incremente sus exigencias a Sheinbaum para que le entregue “cabezas mayores” de capos narcotraficantes y narcopolíticos que militan en Morena. Esto metería a Claudia en una especie de callejón sin salida, ya que si quiere evadirlo tendría que actuar contra algunos de sus relevantes correligionarios que, como Rocha, Américo o Adán Augusto (para no insistir en López Obrador), ya resultan insostenibles y altamente costosos en términos políticos para la presidenta.
Dos: si ella asume esa decisión, la llevaría a enfrentarse con el responsable de la pudrición que hoy padecemos. Es decir, con su jefe político, el expresidente, quien podría aceptar ese nuevo escenario a condición de que a él ni a ninguno de sus hijos se les toque. Conociendo a Andrés Manuel, es capaz de eso y más. Sin embargo, eso significaría el principio del fin de Morena como partido gobernante. ¿Se atreverán a hacerlo? Ya lo veremos.
Y tres: en el caso de que Claudia insista en proteger a sus narcopolíticos bajo el falso discurso de “defensa de la soberanía nacional”, se correría el riesgo de una intervención norteamericana más directa, aunque muy probablemente lo más encubierta posible para aprehender a sus “objetivos prioritarios”, con o sin la colaboración de elementos mexicanos en esas operaciones.
Esto cambiaría significativamente el mapa político en nuestro país y en las relaciones con Estados Unidos, ya que se evidenciarían ante todo el mundo las complicidades del morenismo con la delincuencia, aunque al mismo tiempo podría acrecentarse el discurso patriotero del oficialismo y agudizarse la polarización política con la oposición.
Decíamos que todos esos hipotéticos e inciertos escenarios sucederían en medio de las posibles y deseables negociaciones del T-MEC, mismos que los representantes de Trump buscarán aprovechar para presionar a México y sacar un mayor provecho para Estados Unidos en medio de una enorme vulnerabilidad de este lado de la frontera.
Por eso lo deseable es que, ahora sí, Sheinbaum actúe con visión de estadista, cueste lo que cueste. Aunque tengo mis severas dudas de que lo haga, no puedo dejar de desearlo porque es México lo que está en juego.
Si llegara a presentarse este anhelado escenario, el de que la jefa del ejecutivo actúe como estadista y no como jefa de una facción, bien podría llevar a poner en pausa la contradictoria y retrograda reforma electoral en la que tanto ha insistido y que se encuentra entrampada por múltiples razones. También en esta materia, esperemos.




