Las víctimas: todos los nombres, un nombre
Experto en gobierno y asuntos públicos.
La felicidad no es el destino, es el camino.
“Todos los caminos llevan a Roma”. Este célebre dicho ilustra, de cierta forma, la trascendencia histórica de las vías de comunicación. La red de caminos que el Imperio romano construyó a lo largo de Europa, Asia y África (y que confluía en la capital italiana) fue una pieza clave para el avance de su civilización. Esas rutas permitieron desde el intercambio de bienes y mercancías hasta el despliegue estratégico de sus tropas por vastos territorios.
La historia de la humanidad es, en gran medida, la historia de sus rutas. Los marineros trazaban con precisión sus cartas de navegación para descifrar las corrientes marítimas y no perderse en la inmensidad de los dominios de Poseidón. Siglos después, se emprendió la titánica travesía de tender las vías del tren en el salvaje Oeste (un territorio indómito, marcado también por la barbarie y el despojo colonial). Siempre ha existido ese esfuerzo por crear vías para movernos. Y es que la movilidad no es solo una extensión de la libertad; es, ante todo, un motor indispensable para el desarrollo.
En años recientes, la movilidad ha dejado de ser vista como un asunto meramente técnico para entenderse desde perspectivas antropológicas y jurídicas, consolidándose formalmente como un derecho humano. En nuestro país, el artículo cuarto constitucional establece el derecho de toda persona a trasladarse bajo condiciones de seguridad vial, accesibilidad, eficiencia, sostenibilidad, calidad, inclusión e igualdad. De este mandato derivó la Ley General de Movilidad y Seguridad Vial, un marco nacional que distribuye competencias y homologa criterios. Hasta hoy, 23 entidades federativas han armonizado sus leyes locales con este precepto; restan 11 estados pendientes de cumplir con esta obligación constitucional para garantizar que el desplazamiento de las personas sea seguro y digno.
Regresemos a la tierra, a nuestros caminos. En México, la conectividad ha sido una exigencia histórica de los pueblos. Nuestro país no solo es grande por su gente, sino inmenso en su geografía: cerca de dos millones de kilómetros cuadrados donde conviven comunidades aisladas, separadas por ocho o diez horas de trayecto en terracería del centro urbano más cercano. Peor aún, existen rincones donde los senderos no son aptos para vehículos y el acceso solo es posible a pie o a lomo de bestia. Imaginemos lo que ese aislamiento significa cotidianamente para el acceso a la salud, la educación y los servicios más básicos.
Es justo hacer un alto en el camino para reconocer que México ha avanzado de forma significativa en la transformación de sus vías de comunicación. El esfuerzo institucional ha sido colosal y, en pocos años, la red carretera se ha expandido visiblemente. Más allá de la frialdad de las cifras, los resultados de diversos programas gubernamentales están a la vista. Atrás van quedando los tiempos en que viajar entre ciudades por las carreteras "libres" era una odisea. Detrás de este logro hay ingenieros y especialistas apasionados que han dedicado su vida a trazar puentes y asfaltos, ganándose el reconocimiento internacional. A ellos les debemos gratitud.
Desde luego, el panorama no es perfecto. Aunque el Estado ha cumplido en ampliar la infraestructura (y el actual impulso a la red ferroviaria promete transformar la dinámica social), el desarrollo vial también ha sido el escenario de la nefasta corrupción. Empresas rapaces, tanto nacionales como extranjeras, y mercaderes sin escrúpulos se han enriquecido a costa del presupuesto público, aprovechando las debilidades institucionales.
Sin embargo, el valor social de la ruta prevalece. Ayer mismo, mientras transitaba por la carretera, me topé con un bloqueo. Pobladores de una comunidad indígena protestaban con justa indignación por el asesinato de algunos de sus miembros a manos del crimen organizado. Ante la interrupción, tuve que desviarme por rutas alternas; recorrí varios tramos secundarios y, para mi sorpresa, todos se encontraban en buen estado de conservación.
Al caer la tarde, tras una jornada larga de trabajo, agotado y sin probar bocado, me vi transitando entre caminos escoltados por hermosos pinos y cedros. En medio del cansancio, mi mente solo anhelaba llegar a casa. No obstante, al mirar el paisaje y reflexionar sobre la realidad del país, me invadió un profundo sentimiento de agradecimiento por la simple posibilidad de desplazarme con libertad y seguridad. Comprendí, en ese instante de silencio, que el sentido de la vida no se encuentra al final del trayecto. Al final del día, efectivamente, la felicidad no es el destino, es el camino.




