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Experto en gobierno y asuntos públicos.
México y España: La Realidad Frente al Odio
Aperreamiento: no se trata de un baile contemporáneo de movimientos extremos; ese es el famoso “perreo”. El aperreamiento fue una práctica deleznable perpetrada durante la Conquista y ordenada por Hernán Cortés. Consistía (según lo descrito en el Manuscrito del Aperreamiento, documento pictográfico del siglo XVI) en la brutal ejecución de los pobladores de Cholula mediante el ataque de perros de presa entrenados para desgarrar sus cuerpos hasta causarles la muerte. Una barbarie sanguinaria que ilustra, apenas, una de las tantas atrocidades cometidas durante la Conquista y la Colonia en Mesoamérica.
Evocar este pasaje no es gratuito. Hoy en día se ha revivido el debate sobre los claroscuros en la relación entre México y España. Se ha escrito demasiado al respecto, pero la verdad es que, en la dinámica contemporánea, los seres humanos solemos ser víctimas de nuestras circunstancias y de nuestro propio actuar. Al analizar el pasado, no podemos generalizar, como tampoco podemos juzgar bajo una visión sesgada o descontextualizada. Emitir opiniones a la ligera no abona a la formación de un criterio serio y profundo que engrandezca la discusión pública; al contrario, la empobrece.
La realidad es que el vínculo entre ambas naciones, incluso antes de conformarse como los Estados modernos que hoy conocemos, ha sido indisoluble. La influencia cultural recíproca es innegable: desde el trauma de la Conquista, el virreinato y la Independencia, pasando por el constitucionalismo de la "Pepa" (la Constitución de Cádiz de 1812), hasta llegar a la Guerra Civil Española, el exilio republicano, el entrañable episodio de los Niños de Morelia, la ruptura institucional durante el franquismo y, recientemente, la intensa cooperación económica y empresarial. Estos hitos han forjado una relación tan compleja como fascinante.
En mi caso, para dimensionar la profundidad de este lazo, tuve el privilegio de escuchar crónicas vivas de un querido y admirado amigo y maestro: el Ing. Alfonso Álvarez Miaja. Él fue un mexicano con sangre española que refrendaba diariamente su compromiso con nuestra patria haciendo el bien, generando empleos y prosperidad, pero sobre todo, construyendo ciudadanía. Hijo de españoles que migraron a México, heredó a su descendencia un profundo amor por esta tierra. El Ingeniero, descendiente del general Miaja, poseía un semblante serio que algunos confundían con dureza, pero detrás de esa fachada habitaba un hombre íntegro y noble; un padre amoroso que defendió las causas liberales en el entorno conservador que le tocó sortear.
Él me explicaba cómo los españoles llegaron en su momento a “hacer las Américas” y cómo, décadas después, arribaron huyendo del horror en el Exilio Republicano. Eran seres humanos que cruzaban el Atlántico con una maleta llena de nostalgias y esperanzas, dejándolo todo atrás. Esa migración enriqueció a México de forma definitiva; sus aportes son ya parte de nuestra identidad.
En su compañía tuve la oportunidad de estudiar otras culturas en latitudes lejanas, lo que me enseñó que en esta era globalizada somos naciones pluriculturales, y que la verdadera grandeza radica en la diversidad y en la altura con la que resolvemos nuestras diferencias. El actuar del Ing. Miaja representa la síntesis idónea de este vínculo: la riqueza que surge cuando las personas deciden hacer el bien sin anteponer el beneficio personal. Cuando se actúa sin ambiciones individuales o de facción, y se deja de lado el nacionalismo nefasto y las agendas ocultas, se construye comunidad.
No caigamos en la narrativa de élites políticas que encuentran en la polarización el campo fértil para sembrar encono y perpetuarse en el poder. No somos enemigos por decreto ni por herencia; no permitamos que el rencor histriónico secuestre nuestro presente.
El pasado es historia, el futuro es conjetura y solo el presente es realidad. La relación de España con México siempre será estrecha porque somos dos naciones compuestas por individuos que, en su mayoría, reconocemos que la dignidad humana es un valor intrínseco, inalienable e inviolable.
Superar el eurocentrismo no significa abrazar un nacionalismo inverso o estéril alimentado por el resentimiento. El verdadero reto radica en construir un diálogo transmoderno e intercultural; una relación en común donde ambas naciones, reconociendo con madurez los dolores del pasado, edifiquen un espacio pluricultural basado en la alteridad (reconocer a "otro" ser humano como un individuo distinto, con su propia identidad, cultura y perspectiva), la co-responsabilidad y el respeto absoluto a la dignidad de nuestros pueblos.
Es momento de revisar, desde la ciudadanía, cómo gestionamos el día a día y cómo afrontamos los retos del mañana; con qué actitud lo hacemos y qué país queremos heredar a las próximas generaciones. La inteligencia colectiva no se nutre de agravios añejos, sino de la tolerancia que nos engrandece, de la sensatez y, sobre todo, de la fuerza constructiva del humanismo.
"La especie más barata de orgullo es el orgullo nacional. Pues denota en quien adolece de él la falta de cualidades individuales de las que pudiera estar orgulloso, ya que, de lo contrario, no se aferraría a lo que comparte con tantos millones de sus semejantes".
— Arthur Schopenhauer




