Teléfono rojo
El deterioro de la democracia en México no es algo que solamente estemos denunciando quienes la vivimos y padecemos dentro de nuestro país, sino que ya está a la vista del mundo entero. Durante la última reunión de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL), que reúne a varias decenas de partidos políticos democráticos de la mayoría de los países de nuestro subcontinente, efectuada a inicios de la semana en la Ciudad de México, el punto de vista común es que México dejó de ser un régimen político democrático y ahora es clasificado como un “régimen híbrido”.
Dicho de otra manera, no somos una dictadura en el sentido clásico porque todavía tenemos formalmente elecciones y una división de poderes en la letra de las leyes y la Constitución, pero todo está controlado por el poder ejecutivo, por la Presidencia de la República. Peor aún, ahora señalado este régimen político como un narcoestado debido a sus alianzas con el crimen organizado.
En México ya no están vigentes los preceptos básicos de la gobernanza y la gobernabilidad democráticas -cuyo sustento es el respeto al Estado de Derecho, a la pluralidad política y la libertad de pensamiento- ni el derecho al voto libre e informado, el acceso a la información pública, como tampoco la división de poderes ni el control constitucional de ningún órgano autónomo sobre los actos y excesos del gobierno.
Esas libertades, que fueron conquistadas gracias al esfuerzo de varias generaciones hasta lograr la transición democrática, han dejado de existir en los hechos, aunque formalmente pareciera que nada ha cambiado. Paulatinamente, uno tras otro, nos han ido arrebatando derechos. Grado tras grado, la temperatura autoritaria de corte dictatorial ha ido subiendo para que la sociedad “no se queje” y que vaya creyendo que esto no va a empeorar, que no llegaremos a ser como la Venezuela de Chávez y después Maduro.
Pero resulta que ya estamos en eso. Mucha gente piensa que, como tenemos medios de comunicación que funcionan, una conferencia mañanera presidencial diariamente y que como no tenemos a los militares patrullando las calles, como en los gobiernos dictatoriales, no hay motivos para preocuparse. Pero eso es mera fachada. No caigamos en los engañamos con las “postverdades” gubernamentales, que no son otra cosa que la tergiversación de la realidad para decirnos que lo que es negro es blanco, que ya no hay inseguridad ni corrupción, que no hay inflación ni desempleo, ni desabasto de medicinas, ni abandono de la educación, ni estancamiento económico, ni nada de eso, sino que “vamos muy bien” y que por eso la gente más necesitada sigue recibiendo sus programas sociales.
Estas postverdades gubernamentales ocultan, para engañar, que a los militares ya los tenemos hasta en la sopa y ahora hasta en las cervezas del Tren Maya. Y bajo el demagógico discurso de la defensa de la soberanía, ante las exigencias del gobierno de los Estados Unidos de que el de México cumpla con los tratados de extradición y detenga a Rocha Moya, se oculta la inmoral y condenable alianza del obradorismo (con Morena y Claudia Sheinbaum a la cabeza) con el crimen organizado para ganar elecciones a cambio de entregarles casi la mitad del territorio nacional.
Estas son algunas muestras del por qué en México tenemos una “gobernabilidad autoritaria”, un régimen político híbrido, como lo consideran en la mayoría de los países latinoamericanos y del mundo. Esto nos avergüenza. Y no debiera continuar.




