La opción
Cuitzeo, ese bellísimo destino que el 13 de noviembre de 2006 obtuvo la distinción como Pueblo Mágico, es para mí un lugar emblemático de Michoacán, al que he acudido constantemente durante más de 20 años, desde que mi amigo, el inolvidable actor teatral Pepe Ortiz, me invitó a una representación de Don Juan Tenorio, obra de dramaturgo español don José Zorrilla, dirigida entonces por el maestro José Manuel Álvarez. Y mis visitas a esa cabecera municipal que le da nombre al lago que tanto defiende el Padre Pistolas siempre habían sido muy satisfactorias, hasta que el pasado viernes, 17 de octubre, lo encontré nauseabundo a causa de los ríos de agua de riñón que corrían por su centro histórico.
Sí, esta vez no pude estarme en esa tierra de mi inolvidable amigo Pepe Ortiz, por la hediondez que la invadía y, claro, la insalubridad evidente, por lo que no me atreví a degustar el rico elote asado que siembre engullo debajo de uno de los truenos que se alzan portentosos en su plaza de exquisites para la mirada y regocijos para el alma. No, hombre, qué iba a comer si esa tierra donde también nació el exgobernador Genovevo Figueroa y la historiadora Silvia Figueroa Zamudio apestaba a cantina de mala muerte, de aquellas en las que tras la puerta de acceso al tugurio había una lata mantequera repleta de orines de no se cuántos borrachos y días.
Tanta era la pestilencia que me tuve qué privar de ir a estarme un buen rato en el amplio y arbolado jardín donde se ubica la Biblioteca Pública Municipal, paradisiaco lugar en el que suelo (solía) sentarme a escribir algún poema o a leer, según anden las musas o, abandonado, me tengan los entes creativos. Así que tampoco fui ya al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, ni al Templo del Hospitalito, ni a la Capilla del Calvario, ni al Santuario del Señor de los Cerritos, ni a la Capilla de la Concepción, ni al Templo de San Pablo, ni al convento de Santa María Magdalena. Que iba a andar yendo con esa pinche hediondez que calaba hasta la mentada de eme.
Así que por esa asquerosidad me perdí también de una rica nieve de la que venden en un expendio que está al final de la calle de salida rumbo a la carretera que atraviesa el lago, porque ya los ascos eran tantos que traía la panza revuelta y unas ganas de devolver como si me cargara una cruda de esas que se sufren después de una noche de embriaguez que se meten los (las) polítiquillos (…llas), bien llamados “piojos resucitados”. Y mi lamento es grande porque no pude disfrutar esta vez de la esplendidez de esas edificaciones, ya mencionadas, de cortes renacentistas, neoclásicas y góticas. Por eso, aparte de la grima me atacó una frustración que me hizo proferir recordatorios a diestra y siniestra contra las autoridades a las que, seguramente, les vale una pura y dos con sal todo esto; digo, si no es que ellas mismas lo provocan.
Total, que hoy todavía traigo asco por la porquería que me tocó oler en el centro de Cuitzeo, ese lugar al que no pienso regresar pronto, porque no quiero encontrarme con otra asquerosidad que me provoque tanta repulsa como esa que me tiene aquí sacando a flote en estas líneas mis grimas y, sí, haciendo una catarsis porque lo cierto es que la pasé mal, muy mal, por culpa de ni sé cómo se llama quien tiene la obligación de engrandecer la actualidad de ese, todavía, Pueblo Mágico (no por la denominación oficial, porque esas se cancelaron en este país desde la llegada de ya sabes quién), que lo es por su belleza arquitectónica, esa que, ni modo que no, está en riesgo ante la abulia de esas autoridades municipales que, tal vez, ni siquiera son capaces de entender su grandeza y su valor.
Sí, salí asqueado de tan bello destino michoacano, al que no creo regresar, no vaya a ser que luego me tope con otra desagradable sorpresa de tal magnitud. Chin, así, Cuitzeo pasó de ser un Pueblo Mágico a un lugar de pestilencias intolerables. Chin, sí, chin. Porque, Cuitzeo, el viernes anterior, era lugar de tinajas pestilentes. Pena ajena y… Así sea.




