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Cada cuatro años ocurre un fenómeno que trasciende el deporte y que pocas expresiones sociales consiguen provocar: un país entero detiene, por unos instantes, sus diferencias políticas, económicas, religiosas y culturales para mirar hacia una misma dirección. Durante noventa minutos no juegan únicamente once futbolistas; juega una nación, juegan sus símbolos, sus esperanzas, sus frustraciones y, en buena medida, la forma en que millones de personas se perciben a sí mismas.
Desde la Sociología, el fútbol constituye uno de los fenómenos colectivos más significativos de nuestro tiempo. Émile Durkheim afirmaba que existen hechos sociales capaces de orientar el comportamiento de los individuos independientemente de su voluntad. La Copa del Mundo es uno de ellos. Durante un Mundial, millones de personas sincronizan emociones, conversaciones, rituales y expectativas. El "yo" cede su lugar al "nosotros". De pronto, expresiones como "ganamos" o "perdimos" revelan que la identidad individual ha sido sustituida, aunque sea temporalmente, por una identidad colectiva.
Esta experiencia confirma también la idea de Benedict Anderson de que las naciones son "comunidades imaginadas": millones de personas que nunca se conocerán personalmente, pero que comparten símbolos, relatos y un profundo sentimiento de pertenencia. La Selección Nacional se convierte entonces en mucho más que un equipo deportivo; representa la bandera, la historia, la cultura y el anhelo de reconocimiento de un país entero.
Desde la psicología de las masas, este fenómeno adquiere una dimensión aún más profunda. Gustave Le Bon explicó que, cuando las personas forman parte de una multitud emocionalmente unida, las emociones tienden a propagarse con rapidez. La alegría, la esperanza, el miedo o la frustración dejan de experimentarse de manera individual para convertirse en emociones compartidas. De forma semejante, Sigmund Freud sostenía que los grupos construyen vínculos afectivos mediante procesos de identificación; por ello, el triunfo de una selección puede vivirse como un éxito personal y una derrota como una herida colectiva.
Sin embargo, el análisis filosófico obliga a formular una pregunta más profunda: ¿realmente el valor de una nación depende del resultado de un partido? La respuesta es no.
Aristóteles entendía la excelencia como el desarrollo de las virtudes y del carácter; Martin Heidegger recordaba que la autenticidad consiste en asumir nuestra existencia más allá de las expectativas externas; Jean-Paul Sartre afirmaba que somos responsables de nuestras respuestas ante las circunstancias, no de las circunstancias mismas; mientras que Simone de Beauvoir advertía que toda identidad se construye dentro de una historia y de una cultura. Más recientemente, Peter Sloterdijk ha insistido en que las personas y las sociedades se transforman mediante prácticas constantes y no únicamente por acontecimientos extraordinarios.
Desde esta perspectiva, una victoria frente a Inglaterra tendría un enorme valor simbólico. Representaría la posibilidad de romper narrativas históricas de inferioridad deportiva, fortalecer el orgullo nacional y demostrar que México puede competir al más alto nivel. Generaría esperanza y reforzaría la confianza colectiva.
Pero una derrota no disminuiría el valor del país ni el de sus ciudadanos. Confundir el resultado de un encuentro con la dignidad de una nación significa depositar nuestra autoestima colectiva en un acontecimiento circunstancial.
La Psicoterapia enseña que la autoestima saludable no depende exclusivamente de la aprobación externa. Lo mismo puede afirmarse de las sociedades. Una nación madura celebra sus triunfos sin convertirlos en la única fuente de su identidad y afronta sus derrotas sin asumirlas como prueba de inferioridad.
México vale por la riqueza de su cultura, la creatividad de su gente, la fortaleza de sus familias, la profundidad de su historia, la solidaridad que emerge en los momentos difíciles y la capacidad cotidiana de millones de personas que trabajan, educan, investigan, crean y construyen comunidad. Ningún marcador puede aumentar o disminuir ese patrimonio humano.
Quizá por ello la mayor enseñanza que deja cada Copa del Mundo no sea únicamente deportiva. Nos recuerda que los seres humanos necesitamos símbolos compartidos, relatos que nos unan y motivos para sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. El fútbol cumple esa función de manera extraordinaria. Nos permite celebrar juntos, sufrir juntos y reconocernos como comunidad.
Pero también nos invita a reflexionar sobre una pregunta esencial: cuando el silbatazo final termina y el estadio se vacía, ¿seguimos creyendo en nosotros como nación o dejamos que nuestra autoestima colectiva dependa del resultado de noventa minutos?
Porque, al final, cuando juega México no sólo se disputa un partido. Se pone en juego, aunque sea por un instante, la manera en que una sociedad se mira a sí misma.
Y quizá el verdadero triunfo consista en aprender que el orgullo de pertenecer a un país no debe depender únicamente de ganar un encuentro, sino de la convicción cotidiana de que una nación se construye, sobre todo, con la dignidad, el esfuerzo y la esperanza de su gente.
¿Y si sí?




