La opción
Agradezco la invitación para presentar Buenos días, General, una obra escrita por Julio Moguel a partir de la voz, los recuerdos y conversaciones sostenidas con Amalia Solórzano Bravo. Esta forma de construcción, es decir, la escucha del recuerdo a través de la memoria, es importante para comprender el libro que escribe Moguel, producto de una investigación en la que contrasta, conversa, reconstruye y escribe; Amalia aporta una memoria vivida, una mirada íntima sobre Lázaro Cárdenas y al mismo tiempo, una parte de su propia historia. Los materiales que sustentan la obra incluyen los Apuntes del General, la autobiografía de Amalia, testimonios familiares y conversaciones con personas cercanas. El resultado es una narración donde la historia recupera cuerpo, lugar y voz.
Empiezo con una pregunta: ¿Qué sucede cuando un personaje histórico deja por un momento el monumento y vuelve a ser una persona? Es ahí donde inicia el resultado más interesante de este libro. Del General Lázaro Cárdenas conocemos sus grandes decisiones: la Reforma Agraria, la organización de trabajadores y campesinos, la educación, la expropiación petrolera, la defensa de la soberanía, el apoyo a la República Española y a los refugiados, así como su participación posterior en distintos procesos de la vida política nacional. Nació en Jiquilpan en 1895, se incorporó a la Revolución en 1913 y su muerte ocurrió en la Ciudad de México el 19 de octubre de 1970. Pero las fechas y los cargos apenas esbozan quién fue. Para acercarme a su vida me pregunto cuáles experiencias la formaron, qué sentido fue adquiriendo para quien la vivió y cuál fue la relación que existió entre sus convicciones y las decisiones que tomó.
Un momento decisivo es el inicio del libro: el joven Lázaro Cárdenas se incorporó a la lucha revolucionaria en 1913 a los dieciocho años. Tal experiencia le permitió tener contacto directo con las comunidades campesinas que padecían directamente el despojo de sus tierras. Desde una perspectiva Sociológica se observa lo que después destacaría su trayectoria: su formación política ocurre desde abajo, en contacto con quienes padecían las consecuencias de las estructuras sociales de su tiempo. Sus primeras experiencias militares las vivió en un país marcado por la desigualdad, la disputa por la tierra y una fractura entre quienes tenían poder y quienes vivían sus consecuencias. Ahí ubico que el joven Cárdenas encontró el sentido que después orientó su manera de vivir, de gobernar y de entender el servicio público.
Desde la Psicoterapia de Viktor Frankl me formulo la pregunta: ¿cómo adquiere sentido una vida cuando las circunstancias que la rodean son difíciles? Frankl sostuvo que el ser humano conserva la posibilidad de asumir una posición frente a las circunstancias y orientar su existencia hacia un sentido. Sin atribuir retrospectivamente a Cárdenas una teoría de Frankl, utilizo esta perspectiva para leer su trayectoria. Las experiencias de guerra, la cercanía con campesinos y trabajadores y el conocimiento directo de la desigualdad se convirtieron en elementos de una conciencia política. La experiencia adquirió una clara forma de concebir el ejercicio del poder: escuchar, servir, transformar y propiciar mejores condiciones de vida para otros.
Una de las preguntas filosóficas más importantes de la vida de Cárdenas es: ¿qué hace una persona con aquello que la vida puso delante de ella? Sartre habló de la libertad y la responsabilidad en el centro de la existencia. Toda persona está situada en circunstancias que no eligió pero tiene que responder por las decisiones que toma dentro de ellas. Con esta perspectiva, interpreto la trayectoria de Cárdenas como un conjunto de decisiones tomadas en circunstancias históricas concretas. La Revolución fue el escenario que encontró; la responsabilidad frente a lo que ese escenario significaba fue construyéndose en sus elecciones. Por ello, es posible seguir el trayecto por el cual una experiencia histórica se convirtió en una orientación vital y posteriormente en su práctica política.
Hay una frase del propio General que, para mí, denota la base y el fondo de su extraordinaria filosofía para el ejercicio del poder “La única forma de enseñar y de servir a las masas es convirtiéndose en discípulos de ellas”. Vale la pena detenernos aquí: Un gobernante que se considera discípulo, primero escucha y reconoce que el conocimiento social no se encuentra únicamente en las oficinas de gobierno, en los especialistas o en las instituciones; se encuentra en quienes trabajan la tierra, viven una injusticia, quienes conocen una necesidad desde la experiencia cotidiana. La escucha toma entonces una orientación política. Y desde aquí, planteo a la ética de la escucha como uno de los rasgos que caracterizan el cardenismo: gobernar supone acercarse a la realidad, aprender de ella y convertir ese conocimiento en responsabilidad pública.
La escucha también distingue la elaboración del libro. Julio Moguel escuchó a Amalia sin quitarle la voz durante años para escribirlo. Su trabajo al narrar una memoria ajena requiere de una disciplina particular: acompañar una voz sin sustituirla. Detrás de la fluidez de la narración existen años de búsqueda, entrevistas, documentos, viajes y conversaciones. De ahí encuentro una correspondencia entre la ética política que Cárdenas expresa al decir que quien sirve debe convertirse en discípulo de las masas y la metodología de Moguel: escuchar antes de escribir.
Por su parte, la historia de Amalia Solórzano contiene la grandeza de su voz. Tiempo atrás, las mujeres relacionadas con hombres de poder fueron vistas desde ser: esposa de, madre de, viuda de, compañera de. El Aparato Crítico del libro menciona esa dificultad historiográfica y resalta la dimensión moral, política, social e intelectual de Amalia, quien rebasa esas categorías. Aquí cito a Simone de Beauvoir, fundamental para comprender cómo las sociedades han colocado a las mujeres en posiciones donde su existencia se ha definido desde los proyectos, necesidades y vidas de otros. La historia de Amalia tiene una trayectoria diferente: vivió una relación amorosa y familiar ampliamente significativa, acompañó al General en momentos decisivos y de manera simultánea, desarrolló una acción social y una conciencia política propias.
Amalia tiene que ser escuchada como mujer de valor histórico propio. Su identidad política no dependió de ser la esposa del General. Su participación en varios eventos de mucha trascendencia política, su actividad social y su presencia posterior en causas públicas muestran una trayectoria que merece ser estudiada en sí misma.
Hay algo más: Amalia convirtió el cuidado en responsabilidad social. Desde la Psicoterapia y desde la Sociología de género es importante. El cuidado podría quedar recluido al ámbito privado, pero también puede transformarse en acción pública: en Amalia vemos esa transformación. Su vida mostró una manera única de tener acción a la vez que cautela y modestia, y su autoridad moral no dependió nunca ni del protagonismo ni de la exposición permanente. Sin duda hubo una fuerza política que mostró su capacidad de acompañar, escuchar, sostener, intervenir y permanecer. Su historia habla del ejercicio de una libertad como una práctica acotada: elegir dentro de una época, asumir las consecuencias y construir un espacio propio.
El relato se modifica cuando llega a los últimos meses de la vida del General. Julio Moguel reconstruye esos momentos a través de una minuciosa investigación: testimonios de médicos, personal de enfermería y personas cercanas a su atención. Y tomo otra fuente que modifica la relación con esa escena: Amalia nos narra la escena como si hubiésemos podido entrar en la habitación donde la vida del General se va extinguiendo: dejamos de hablar del Presidente, del revolucionario, del estadista, y estamos frente a un hombre que sabe que su tiempo termina y frente a una mujer que ha compartido con él gran parte de su existencia. La fecha histórica es el 19 de octubre de 1970 y registra que Cárdenas murió ese día a las 17:15 horas, a los 75 años. Y en el libro, Amalia nos cuenta ese momento desde la experiencia de quien se encuentra frente a la muerte de la persona con la que compartió una vida.
Aquí incorporo de nuevo a Frankl y su filosofía de sentido. En momentos donde la vida se extingue, el ser humano se pregunta por lo que hizo en y con su vida. Una existencia también podemos mirarla desde el sentido que logró construir a través de sus vínculos, sus decisiones y su responsabilidad. Cárdenas llegó a ese momento después de haber vivido la Revolución, el gobierno, la reforma social, los conflictos, el trabajo posterior a la Presidencia y una participación política que continuó durante décadas. El final de una vida plantea y resume todas esas experiencias en una pregunta valiosa: ¿para qué viví?
Después de la muerte del General, la historia continúa con Amalia y las generaciones posteriores. Desde mi perspectiva psicoterapéutica, es posible ubicar la transmisión inter y transgeneracional. Todas las familias transmiten relatos, valores, silencios, formas de entender la autoridad, maneras de relacionarse con el país y la manera de asumir la responsabilidad; esta transmisión no es mecánica: cada generación recibe una herencia y decide qué hace con ella. La transmisión implica apropiación, interpretación y elección.
El Ing. Cuauhtémoc Cárdenas recibió una herencia histórica y también construyó una trayectoria propia. Su participación en la lucha por la democratización del sistema político mexicano y los acontecimientos de 1988 fueron una respuesta generacional a una pregunta distinta de la que enfrentó su padre. El Ing. Cárdenas optó por la Democracia Ya y Patria para todos, para no repetir la convulsión en la que su padre le dio sentido a su futuro político y personal. Gracias a mis conversaciones y cercanía con el Ingeniero Cárdenas, reconozco en él cualidades que tienen un enorme valor político: la escucha y la templanza, y su convicción pensando en las consecuencias colectivas de las decisiones.
Con Lázaro Cárdenas Batel tuve oportunidad de conocer su sensibilidad y capacidad de escucha; esta última establece el vínculo con aquella frase del General sobre convertirse en discípulo de las masas. Tres momentos históricos producen respuestas distintas, pero queda una pregunta que cruza por la familia: ¿para qué sirve el poder? En Lázaro Cárdenas del Río la respuesta estuvo vinculada con la transformación social y la soberanía; en Cuauhtémoc, con la democratización; en Lázaro Cárdenas Batel, con los problemas y responsabilidades de su propia generación. La continuidad está en la responsabilidad pública; la forma de ejercerla pertenece a cada tiempo.
Es importante volver a mencionar a Julio Moguel, quien escuchó una memoria, investigó sus contextos, confrontó con documentos y convirtió todo en una narración. Recurrió a los Apuntes de Cárdenas, a la autobiografía de Amalia y a conversaciones con ella y con otras personas cercanas. Su trabajo tiene sin duda, una metodología fundamental: ¿cómo se escribe la historia cuando una parte esencial de esa historia vive en la memoria de una persona? La respuesta de Moguel está en la combinación entre investigación, escucha y reconstrucción narrativa. Esto también explica la singularidad del título. “Buenos días, General” es una frase cotidiana, propia del momento en que una persona saluda a otra al comenzar el día.
Aquí tomo a Paul Ricoeur, porque su reflexión sobre memoria, historia y narración permite comprender la naturaleza de esta obra. La memoria busca conservar una relación con aquello que ocurrió; la narración organiza esa experiencia y le proporciona sentido. Una vida puede volverse más clara cuando podemos contarla. En Buenos días, General, la historia de Cárdenas adquiere un nuevo enfoque porque Amalia la cuenta desde el vínculo y Moguel la convierte en relato. La memoria, entonces, no sustituye a la historia; dialoga con ella.
Yo también llego a este libro desde un lugar particular. He tenido el privilegio de conversar con Doña Amalia. He compartido reflexiones y caminos con el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. He conocido la sensibilidad y la capacidad de escucha de Lázaro Cárdenas Batel. Y he compartido con Julio Moguel conversaciones largas sobre México, su historia, sus conflictos y sus posibilidades. Por eso estas páginas me interpelan de una manera que trasciende mi formación profesional. Hay nombres que pertenecen a la historia de México y que, para mí, pertenecen también al campo de la conversación, del aprendizaje y del afecto.
Desde la Sociología, en este libro encontré la relación entre individuo y sociedad; desde la Filosofía, en la libertad, la responsabilidad, el sentido, la finitud y la coherencia; desde la Psicoterapia, en la memoria, el vínculo, el duelo, la transmisión inter y transgeneracional y la posibilidad de construir significado a partir de la propia experiencia. Las tres miradas terminan encontrándose en una misma idea: una vida adquiere trascendencia histórica cuando sus decisiones tienen consecuencias para otros, pero también cuando puede ser narrada y comprendida por quienes vienen después.
No quiero cerrar esta presentación con una conclusión sobre el General Lázaro Cárdenas. Prefiero dejar algunas preguntas: ¿Qué hizo aquel joven de dieciocho años con la experiencia de la Revolución? ¿Cómo convirtió el contacto con la desigualdad en una concepción del servicio público? ¿Qué significa para un gobernante escuchar y aprender de quienes pretende gobernar? ¿Cómo puede una mujer permanecer cerca de un hombre de enorme poder histórico y construir, al mismo tiempo, su propia voz? ¿Qué recibe una generación de la anterior y qué decide transformar? ¿Qué hacemos con una herencia política cuando las circunstancias históricas han cambiado? ¿Qué permanece de una persona cuando muere? ¿Y qué puede hacer la memoria para que una vida siga conversando con quienes todavía estamos aquí?
La pregunta que el libro me deja, es sencilla pero difícil: ¿qué haremos con la historia que hemos recibido? Cada generación recibe un país construido por otras generaciones; al mismo tiempo, tiene la responsabilidad de decidir qué conservar, qué transformar y qué país entregar a quienes vienen después.
Al cerrar estas páginas, puedo volver al título: Buenos días, General. Ese saludo no pertenece solamente al pasado, porque es una forma de mantener abierta la conversación con una vida que todavía nos hace preguntas.
Buenos días, General. Buenos días, Michoacán.




