Indicador político
Hace tiempo, mi querido Francisco García Davish me presentó a un todavía joven Alfonso Martínez, después de su primera gestión como presidente municipal de Morelia. Fue en el hotel que entonces tenía cerca de la calzada de San Diego.
—Métele —me dijo Francisco—, sé que eres aventurero.
Yo, que para entonces ya había satisfecho suficientemente mi presupuesto aventurero, no lo hice.
Tiempo después volvimos a coincidir en charlas, reuniones y alguna que otra francachela. Alfonso siempre invitándome a conocer y acompañar su proyecto; yo, más bien un hombre de centro, lo veía entonces demasiado cargado hacia la derecha y sistemáticamente declinaba.
Pero la política, como la vida, también está hecha de encuentros que nos obligan a revisar nuestras propias percepciones.
Hace algún tiempo ocurrió uno que para mí tuvo un significado especial. Mi madre, admiradora suya, enfermó de cáncer. Alfonso tuvo entonces un gesto que no olvido: le grabó un video cercano, afectuoso y profundamente empático. No tenía obligación alguna de hacerlo. Fue simplemente un detalle humano con una mujer que atravesaba un momento difícil y con un hijo que, naturalmente, lo agradeció mucho.
Ayer volví a encontrarme con él y debo reconocer que me sorprendió muy gratamente.
Yo vengo de acompañar un proyecto de izquierda junto a Fabiola Alanís y hoy mi circunstancia política está de ese lado. Precisamente por eso creo que uno debe conservar la capacidad de mirar al de enfrente sin prejuicios y reconocer lo que encuentre.
Y encontré a un político sobrio, completo, con oficio y con una lectura amplia de lo que sucede en Morelia, en Michoacán y en México.
Pero también hubo espacio para hablar fuera de la política. Platicamos de vino, un tema que ambos conocemos, que él disfruta y del que sabe. Entre copas, regiones y algunas historias quedó, además, un pendiente que habremos de cumplir.
Quizá esas conversaciones dicen también mucho de las personas. Más allá del discurso y del personaje público, aparece el hombre que conversa, escucha, sabe y disfruta una buena sobremesa.
Poncho es afable, sencillo y campechano en el trato. Y eso, en política, conquista.
Hoy por hoy estoy en otro lado. Eso no cambia.
Pero estar en otro proyecto no debería impedirnos reconocer capacidades en quien está enfrente. Al contrario: hacerlo es indispensable para entender el terreno político con seriedad.
Alfonso Martínez tiene trayectoria, oficio y atributos políticos que sería un error ignorar.
Si los astros acomodan las circunstancias y algún día nuestros proyectos terminan frente a frente, habrá batalla política. Y una buena batalla empieza por conocer y respetar las fortalezas de quien tienes enfrente.
Ese es, quizá, el apunte más importante que me dejó la conversación de ayer y uno que, desde mi perspectiva, bien haría en razonar el cuarto de guerra de Carlos Torres Piña:
Nunca hay que subestimar al adversario.
Reconocer el talento ajeno no disminuye las convicciones propias.
Las obliga a ser mejores.




