Abanico
“Jamás tuve problemas con las drogas, los problemas eran con la policía.”
Keith Richards
Para gran parte de la gente, hablar de drogas es hablar de carteles, cobros de piso, policías, militares, retenes, decomisos y cárceles, sobre todo si eres michoacano. Hablar de adicciones, en cambio, debería ser hablar de salud, de familias rotas y de oportunidades perdidas. Pero en México, desde hace casi dos décadas, ambas conversaciones se fundieron en una sola: la de la guerra.
Llevamos años declarando la lucha contra las drogas, contra el narco, contra las adicciones. El vocabulario mismo nos delata. El Estado se ha pensado a sí mismo como combatiente, y al adicto, casi siempre, como enemigo o, en el mejor de los casos, como daño colateral. Los resultados están a la vista de cualquiera que viva en nuestro país, y no me dejarán mentir: la violencia no cede, el consumo no desaparece y las cárceles no curan a nadie.
Mi tesis es sencilla, aunque sé que a algunos les parecerá incómoda: México no necesita continuar la lucha contra las adicciones; necesita entes y políticas públicas de apoyo a las personas con adicciones. Sinceramente, la criminalización no ha dado los resultados deseados.
No es una ocurrencia. Hay un país que recorrió ese camino antes que nosotros y que no tiene fama de laxo ni de improvisado: Suiza.
A finales de los ochenta y principios de los noventa, Zúrich vivió una de las peores crisis de heroína de Europa. En el parque Platzspitz, detrás de la estación central, miles de personas se inyectaban a plena luz del día; el lugar pasó a la historia con el triste mote de Needle Park. La primera respuesta fue la que en México conocemos de sobra: en 1992 la policía cerró el parque, y los usuarios simplemente se mudaron a otro sitio. El problema cambió de domicilio, no de tamaño.
Fue entonces cuando los suizos hicieron algo que a nosotros nos cuesta mucho: aceptar que la estrategia no funcionaba. Desde 1991 construyeron la llamada política de los cuatro pilares: prevención, terapia, reducción de riesgos y represión. Y en 1994 dieron el paso más audaz: abrir centros donde personas con dependencia grave a la heroína la recibían con receta médica, bajo supervisión y acompañadas de atención psiquiátrica y social.
Conviene puntualizar, para que nadie nos acuse de vender humo. Suiza no legalizó las drogas. El tráfico se sigue persiguiendo, la represión es uno de los cuatro pilares y el programa de heroína está reservado a casos severos, con requisitos estrictos: años de consumo diario y varios tratamientos fallidos. Lo que cambió fue la mirada sobre el consumidor, que dejó de ser un delincuente para convertirse en un paciente.
Los resultados son lo que más debería interesarnos. Los criminólogos Martin Killias y Denis Ribeaud evaluaron durante años a los participantes del programa. Encontraron que su participación en asaltos se redujo alrededor de 70 % y en tráfico de drogas duras más de 80 %; sus contactos con la policía cayeron 76 % desde los primeros meses de tratamiento. Y no se trató de una policía más condescendiente con ellos: los estudios descartaron expresamente esa explicación.
La lógica es casi obvia cuando se dice en voz alta. Quien recibe su dosis en una clínica no necesita robar para comprarla, no necesita al vendedor de la esquina y, poco a poco, recupera una rutina, un empleo, una familia. Hay además un efecto que a mí me parece todavía más valioso: al medicalizarse, la heroína perdió su aura de rebeldía y se volvió poco atractiva para los jóvenes.
Sé que no es una receta mágica. Cerca de la mitad de los pacientes había abandonado el programa a los cuatro años, y hoy Zúrich enfrenta un problema creciente con la cocaína. Pero el modelo suizo no tiene que compararse con la perfección; tiene que compararse con nuestro fracaso.
¿Qué tendría que pasar en México? No propongo copiar al pie de la letra; nuestra realidad es otra. El problema mexicano no es solo el consumo, sino la violencia de quienes producen y trafican, y frente a ella el Estado debe seguir actuando con toda la fuerza de la ley. Lo que propongo es separar los frentes: perseguir al criminal y atender al enfermo.
Un servidor tuvo la oportunidad de ser Juez Cívico en el Municipio de Morelia, de los primeros del país, por cierto, y aprendí ahí que sancionar no es lo mismo que resolver. La sanción castiga la conducta, pero deja intacto aquello que la provoca. Con las adicciones pasa exactamente eso: el arresto, la multa o el proceso penal no tocan la dependencia, y la persona vuelve, tarde o temprano, al mismo lugar.
Llevamos más de veinte años preguntándonos cómo ganar una guerra, cuando quizá la pregunta correcta siempre fue otra: cómo cuidar a nuestra gente. Suiza nos enseña que el pragmatismo no es claudicación. Es, simple y llanamente, tener el valor de cambiar de rumbo cuando las cosas no funcionan.
En fin, dicen los “de los otros datos” que ya superamos a Dinamarca en los servicios de salud, ahora nos toca superar a Suiza en el tema de las adicciones.
Otrosí: Feliz cumpleaños (6 de noviembre) a mi querido primo Arturo Gil Jácome, el orgullo de la familia; quien pone cada día en alto a su tierra y a su alma mater, el Tecnológico de Morelia, en el valle del silicio.




